España, 27-09-2016

De águilas, réptiles, políticos y…

Mi Columna
Eugenio Pordomingo (11/3/2005)aguila
Un proverbio de autor desconocido, aunque yo lo atribuyo a Sancho Panza, el escudero de Alfonso Quijano, conocido en estos lares como Don Quijote de La Mancha, afirma que los puestos eminentes son como las cimas de los peñascos, sólo pueden llegar a ellos las águilas y los reptiles.

El proverbio, la reflexión, la cita, o como lo queramos llamar tiene su enjundia y mucho de sentido común. Pero la distancia en el tiempo nos obliga a la adecuación de lo de “puestos eminentes”. En general, se puede decir que son aquellos que otorgan poder, que se traduce en capacidad de decidir, de modificar, de alterar… Los eminentes suelen tener tanto poder que hasta consiguen alterar el Medio Ambiente y lograr que cada día mueran 30.000 niños de hambre en el mundo o que las guerras no cesen. Y no para ahí la cosa.

Ahora se han propuesto reducir, poco a poco, la población de África. Y lo están consiguiendo, aunque sibilinamente: no bajando el precio de los retrovirales, que son algo así como la aspirina a la gripe, pero que controlan el Sida. O, lo hacen, apoyando a regímenes corruptos que no les ponen trabas para que esquilmen las riquezas naturales de los pueblos que tiranizan.

Esos puestos eminentes son ocupados por personas que, lógicamente, adquieren automáticamente todo ese poder. Cuanto más eminente es el puesto más poder tiene la persona que lo detenta. Y aquí se produce un fenómeno que estudio un tal Laurence Peter, que más tarde se denominó Principio de Peter. Del mencionado estudio se deriva la siguiente conclusión: cuanto más eminente es el puesto más incompetente suele ser la persona que lo ocupa. Hombre, hay excepciones…

Pero los eminentes, eso sí, son listos y se basan a veces en un sistema que llaman democracia, que no es el que existía en la antigua Grecia, pero bueno… A veces acontece que cuando la elección de eminentes no les ha gustado, se sustituye el Sistema por otro. Y en castigo, para que aprendan, no se les deja elegir durante largo tiempo.

Los eminentes tienen en su haber muchas cosas. Por ejemplo, arrasan un país tras otro en aras de la defensa de los Derechos Humanos o de implantar un sistema político, o con la argucia de imponer la llamada democracia. Claro, que se olvidan que en su propia casa, detrás de la VI Avenida: tienen gentes sin hogar, durmiendo entre chapas y cartones, espaldas mojadas y afroamericanos, con los estómagos vacíos y la piel llena de pupas. Ese modelo se está transplantando a marchas forzadas a Europa.

Entre los eminentes los hay de distinto rango y status. No todos se comportan igual; algunos son inteligentes, miran por el bien común y hasta son honrados. En general, se les caracteriza, además de tener poder, por lo que se denomina alto poder adquisitivo. No suelen viajar en transporte público. Lo hacen en potentes máquinas de cuatro ruedas que algunos pilotan ellos mismos. Otros, con más rango en la escala, tienen conductores que maniobran en su lugar. Incluso los hay que se hacen seguir por dos, tres o más vehículos, cuyos ocupantes cuidan porque los que no son eminentes no les insulten ni agredan. Entre esos que no son eminentes, los hay muy brutos que intentan acabar con ellos, pero son una minoría.

Otra característica de estos eminentes es que se suelen reunir a escondidas, en lugares fuertemente vigilados. Allí diseñan el futuro de la Humanidad; deciden a quien hay que castigar, que hay que consumir; los programas de televisión que se deben ver. Y encima, esas reuniones clandestinas y los fastos, se los pagan entre los que no son eminentes.

Los eminentes deciden por los que no lo son, para que no se molesten en pensar, que es una actividad neuronal muy molesta y peligrosa. Pensar es malo, ya que provoca conflictos entre la categoría de los no eminentes.

Los eminentes sufren eso que se llama stress, y no quieren que los mass media lo padezcan. Por eso se encargan de asignarles un salario, una categoría laboral -algo así como los galones o las estrellas en el Ejército. A veces suele surgir algún descontento entre los no eminentes, pero, los que lo son, se preocupan de hacerle entender la situación. El mensaje, muy estudiado, suele ser el siguiente: si percibes más salario desequilibras el Sistema, provocarás déficit, aumentará el paro lanoral, habrá guerras y mil calamidades más. Si la protesta es canalizada por unas estructuras que llaman sindicatos (algo así como colchones para apaciguar las protestas y reconducir las crisis), pues negocian con ellos. Si los que protestan no aceptan, entonces entra en juego la siguiente fase.

La historia es muy larga, las situaciones variopintas. Pero lo que más llama la atención de este proceso sociológico (ahora todo es sociología) es que entre todas las especies de eminentes, destaca una denominada clase política.

Los políticos, hay excepciones, son eminentes que suelen laborar para otros eminentes de más rango. Son, algo así, como los centuriones de la época moderna. Y al igual que a ellos, todas sus prebendas las sufraga el contribuyente.

Pero el Sistema es muy inteligente. Todo está pensado. Dentro de los contribuyentes también hay categorías. Así se consigue que entre ellos se peleen por alcanzar mayor nivel e, incluso, lograr acceder a eminente, pero de grado inferior. Sobre el eminente mayor no se puede ni se debe hablar. Hay como una especie de pacto de silencio…

Las categorías de eminentes, dentro de la subespecie política, son las de concejales, alcaldes, diputados y senadores. Fuera de la política, está representada por la del ejecutivo, que es un antropoide que está siempre atareado aunque no haga nada, y que cada dos por tres, suelta frases en el idioma inglés, que es el vehículo de comunicación del Imperio.

La diferencia entre la denominada clase política y el resto de la gente, es que los primeros casi nunca son amonestados y sancionados; ni son condenados a la cárcel, que es una especie de jaula similar a la de los simios.

Los simios son una especie superior que nunca quiso ponerse calzoncillos ni bragas, ni sostén, ni traje, ni corbata; se negaron a meter sus pies en zapatos y a morir en la carretera, escuchando bacalao y cargados de cocaína . El simio no quiso ser eminente cuando tuvo oportunidad, pues para ello tenía que estar dispuesto a apretar el botón de la guerra.

El simio no es reptil ni águila ¿entienden?


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826