España, 14-12-2017

La política exterior de México, en la encrucijada

Luciano Anzelini (24/5/2008)

LOS MANDATARIOS de Estados Unidos (George W. Bush), México (Felipe Calderón) y Canadá (Stephen Harper) concluyeron su participación en la cuarta cumbre de América del Norte a finales de abril con una cerrada defensa del pacto comercial que los une desde el uno enero de 1994 (Tratado de Libre Comercio de América del Norte o TLCAN).

El encuentro, celebrado en Nueva Orleans (Estados Unidos), permitió que los presidentes de los dos primeros países debatieran asuntos claves de la agenda bilateral como la seguridad y las migraciones.

Lo discutido vale como de punto de partida para reflexionar acerca de los dilemas que enfrentará la política exterior mexicana en el futuro cercano.

EL ESTANCAMIENTO DEL PROCESO DE INTEGRACIÓN COMERCIAL

Más allá de la defensa enérgica que hicieron los mandatarios del tratado comercial que los vincula, lo cierto es que el TLCAN está siendo centro de múltiples cuestionamientos. “La apuesta de México por la globalización económica se ha complicado a tal grado que se requieren ajustes a la estrategia original en materia comercial y de integración regional”. Por el lado de Estados Unidos, los precandidatos demócratas Hillary Clinton y Barack Obama han planteado que, de ganar en noviembre, impulsarán una renegociación integral del mismo. Del lado mexicano, buena parte de la dirigencia política, los analistas y la opinión pública han empezado a percibir un fuerte desgaste del proceso iniciado hace más de catorce años.

Entre los factores que llevan a pensar en la necesidad de cambios en materia comercial y de integración se cuentan aspectos tanto globales como regionales. Cabe señalar, entre ellos, el estancamiento de las negociaciones multilaterales en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC); el fracaso de las negociaciones hemisféricas para un Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA); los nuevos acuerdos bilaterales de comercio firmados por Estados Unidos con América Central y otros países de América Latina; y el rápido avance de China en el mercado estadounidense, que ha desplazado a México como segundo socio comercial de Washington. “Se ha gestado un incipiente proceso de securitización del narcotráfico y otras actividades delictivas en la frontera binacional mexicano-estadounidense”.

Como afirma el Centro de Investigación y Docencia Económicas de México (CIDE), en su informe México y el Mundo 2006: La apuesta por la globalización económica en la que se embarcó México en los últimos quince años se ha complicado a tal grado que se requieren ajustes a la estrategia original en materia comercial y de integración regional. No hay condiciones para impulsar una relación más estrecha de integración económica con Estados Unidos y Canadá. El país ha perdido competitividad, ha quedado al margen de los procesos de integración en América del Sur (como el Mercosur y la Comunidad Sudamericana de Naciones) y los beneficios iniciales del acceso preferencial al mercado norteamericano que le abrió el TLCAN se han diluido ante el avance del bilateralismo comercial de Estados Unidos.

INICIATIVA DE MÉRIDA Y SECURITIZACIÓN DE LOS CONFLICTOS FRONTERIZOS

“La intención de los agentes securitizadores es obtener poderes especiales para hacer frente a esa amenaza específica, escapando de reglas que hubieran constreñido su accionar”. Paralelamente a la pérdida de competitividad de México en el plano comercial se ha venido gestando en los últimos años un incipiente proceso de securitización del narcotráfico y de otras actividades delictivas que tienen lugar en la frontera binacional mexicano-estadounidense. ¿Qué significa que los asuntos bilaterales se securitizan? Conviene ser precisos en este punto, dado que el uso del neologismo securitización se ha generalizado en los últimos tiempos, y no siempre del modo apropiado.

Barry Buzan y, miembros de la llamada Escuela de Copenhague en Relaciones Internacionales, entienden a la securitización como el proceso de construcción, a partir de la percepción de los actores, de una amenaza existencial con efectos políticos sustanciales. Para estos autores, la intención de los agentes securitizadores (es decir, los actores que definen a un fenómeno como amenaza) es obtener poderes especiales para hacer frente a esa amenaza específica, escapando de procedimientos y/o reglas que de otra manera hubieran constreñido su accionar.

En otra palabras, y ciñéndonos al caso que nos ocupa, los gobiernos de Estados Unidos y México (agentes securitizadores) impulsan la aprobación de medidas extraordinarias (las reformas comprendidas en la Iniciativa de Mérida) para hacer frente a las amenazas del delito transnacional que se expanden por la frontera compartida. “A los retrocesos recientes experimentados por México en materia comercial, se suma el hecho de que la seguridad ha pasado a dominar la agenda bilateral”.

En este contexto, y con características similares al proceso que culminó con el diseño del Plan Colombia hace siete años, el presidente mexicano Calderón viene acicateando una reforma penal que incluiría juicios orales, una policía nacional y una figura legal como la extinción de dominio, que permitiría que los bienes del narcotráfico pasaran a manos del Estado sin juicios de por medio. En esta línea, el Procurador General mexicano, Eduardo Medina Mora, afirmó recientemente que la experiencia colombiana es un referente obligado en la lucha contra la delincuencia organizada para la reconstrucción de las capacidades del Estado.

En definitiva, la Iniciativa de Mérida vendría a completar un cuadro sombrío que comenzó con el endurecimiento de las medidas de seguridad y control fronterizo y con el estancamiento del debate legislativo sobre la reforma a las leyes migratorias vigentes en Estados Unidos. De este modo, a los retrocesos recientes experimentados por México en materia comercial, se suma el hecho de que la seguridad ha pasado a dominar la agenda bilateral, lo que tendrá efectos ostensibles sobre el futuro de la política exterior mexicana.

EL QUIEBRE DEL VIEJO CONSENSO EN POLÍTICA EXTERIOR

La política exterior mexicana durante casi todo el siglo XX (desde la Revolución hasta la década de 1990) estuvo dominada por una serie de principios de carácter nacionalista-defensivo. “La firma en 1992 del TLCAN por parte del gobierno de Salinas implicó un quiebre sustancial con los principios tradicionales de la política exterior mexicana”. Como se indica en el mencionado informe del CIDE: Esta visión, que dominó el período anterior a la firma del TLCAN, concibe la política exterior como un dique de contención frente a los múltiples problemas que se derivan de un entorno mundial esencialmente hostil e inseguro.

El núcleo duro de esa política exterior comprendía, entre otros aspectos, una visión del sistema internacional y una identidad nacional construidas desde el Sur; un distanciamiento crítico (siempre que fuera posible y realista hacerlo) del poder omnímodo de los Estados Unidos; una participación acotada en los foros multilaterales; y una acérrima defensa de los principios de la soberanía nacional y la no intervención.

Sin embargo, la firma en 1992 del TLCAN por parte del gobierno de Carlos Salinas de Gortari (y su puesta en marcha a partir del uno de enero de 1994) implicó un quiebre sustancial con los principios tradicionales de la política exterior mexicana. “El triunfo de Fox condujo a la revisión de los postulados nacionalistas herederos de la Revolución. Se tejió así una política exterior activa en la promoción de los derechos humanos y de la democracia”.

Si bien la visión nacionalista y defensiva (que cultiva una soberanía fuerte) se mantuvo inalterada en materia de derechos humanos y seguridad, en el plano económico comenzaron a aplicarse de manera acelerada las recetas de apertura hacia el Norte. El comercio floreció (las exportaciones mexicanas a Estados Unidos aumentaron en un 400 por ciento) y también treparon las inversiones (México recibió 120.000 millones de dólares en inversiones estadounidenses en los últimos catorce años, un promedio anual cinco veces superior al que recibía antes de la firma del tratado).

Las transformaciones de la política exterior mexicana no quedaron limitadas a la apertura comercial en el marco del TLCAN. Seis años más tarde, el histórico triunfo de Vicente Fox, del Partido Acción Nacional (PAN), tras setenta años de predominio priísta, condujo a la revisión de los postulados nacionalistas y defensivos herederos de la Revolución. De este modo, se tejió una política exterior activa en la promoción de los derechos humanos, la defensa de la democracia y una participación extendida en los foros multilaterales.

COYUNTURA CRÍTICA Y NUEVOS DESAFÍOS

Pese a los cambios experimentados en los últimos años en materia de inserción internacional (muchos de ellos, sin duda, positivos), lo cierto es que la estrategia mexicana pareciera haber encontrado un límite en lo comercial, y renovados desafíos políticos y de seguridad. Se trata, en definitiva, de un círculo complejo que se realimenta con consecuencias impredecibles.

“Está la discusión acerca de con qué regiones debería México fortalecer sus vínculos. Esto es, el debate de la diversificación de los vínculos externos”. El endurecimiento de las medidas de seguridad en la frontera binacional, el estancamiento de la reforma migratoria en Estados Unidos y la securitización del narcotráfico y otras actividades delictivas han reducido notoriamente las posibilidades de profundizar el proceso de integración iniciado en 1994. Los temas de seguridad han pasado a dominar la agenda bilateral, complicando así el futuro de la relación entre los países.

En este contexto, tres asuntos asoman como prioritarios en la agenda del presidente Calderón. En primer lugar, la alternativa de profundizar o renegociar el TLCAN, cuestión que dependerá, en grado sumo, de quién sea el candidato que triunfe en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en noviembre.

En segundo lugar, despunta el debate acerca de la identidad y los valores que orientan la política exterior. En este sentido, la experiencia liberal del PAN (proactiva en lo que hace al intervencionismo humanitario) ha renovado la polémica sobre el principio de no intervención. En otras palabras, se trata de la tan mentada discusión sobre soberanía absoluta versus soberanía limitada.

Finalmente, está la discusión acerca de con qué regiones debería México fortalecer sus vínculos. Esto es, el debate (que muchas veces fue simplificado con la opción mutuamente excluyente de la mirada puesta en el Norte o en el Sur) de la diversificación de los vínculos externos. Así pues, fuertemente limitada como está la profundización de las relaciones con América del Norte, cabe preguntarse acerca de si podrá México acoplarse a las experiencias australes del Mercosur o la Unión Sudamericana de Naciones.

Las respuestas a estos interrogantes no son sencillas ni están exentas de disyuntivas. Todo lo contrario, en el interior del debate está la más axial de las cuestiones de la política internacional: el dilema de cómo combinar valores e intereses en un mundo incierto y hostil.

N. de la R.

Luciano Anzelini es Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Máster en Estudios Internacionales por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Es docente e investigador de la UBA y ha sido becario de la Fundación Ford de los Estados Unidos y de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica en proyectos de investigación sobre las relaciones Estados Unidos-América Latina. Además es como consultor en un programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y como analista internacional en diversos medios.

Este artículo se publica gracias a la gentileza del autor y de Safe Democracy.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826