España, 15-12-2017

“Sigo pensando que el 11-M fue un típico atentado de servicios secretos, del que deben saber algo en Rabat y muy probablemente también en la famosa Piscina parisina, sede de los espías galos”

B. P. (3/9/2008)
En esta web, no es la primera vez que hemos mostrado nuestras dudas sobre la autoría del atentado del 11-M, así como acerca de la muerte del responsable del CSID (CNI), a la puerta de su residencia en Bagdad, en  el año 2003; más tarde, la de siete agentes del CNI, también en Bagdad, en una extraña emboscada, acaecida pocos meses después. Y  en 2004, en la “operación Leganés”, la muerte del GEO, Fernando Javier Torronteras, que aunque la sentencia no dice ver nada raro en ello, no es menos cierto que no hace alusión -al menos que sepamos- a la extraña, inexplicable e inexplicada muerte del agente Torronteras, pero sobre todo  a la profanación de su tumba días después.

Estos hechos, para mi tristemente encadenados, me han venido a la memoria tras las dos medallas otorgadas en esta semana al juez Gómez Bermúdez por el ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba.

Vamos a retroceder hasta 2004. El lunes 19 de abril de ese año, en el cementerio Sur de Madrid, la tumba de Torronteras fue, como decimos, profanada. Allí, unos desconocidos sacaron su cadáver del nicho donde se encontraba y lo trasladaron cientos de metros (700), donde le prendieron fuego. Hasta ahora no se ha sabido más de este macabro asunto. Sobre ese cadáver, totalmente calcinado, si se hizo la autopsia, pero no antes.

De este macabro asunto nadie ha vuelto a decir nada. Ni tampoco el juez Bermúdez lo ha hecho ahora.

Pues bien, mientras en España parece que para unos la sentencia del 11-M confirma lo que ellos siempre han opinado (PSOE), “islamismo radical”; para otros (PP), los de la supuesta teoría de la “conspiración”, es que los “intelectuales” de esa masacre están por descubrir, nos encontramos con que la prensa extranjera considera que las sentencias han sido mínimas y que los “autores intelectuales” brillan por su ausencia.

En relación con este asunto, recordamos un artículo del periodista Jesús Cacho, publicado en su confidencial, titulado “Buen trabajo, señor Bermúdez, pero la “mano negra” sigue sin aparecer”, donde además de afirmar que el juez Bermúdez ha asumido las tesis oficiales “sobre la masacre, fiándose a pies juntillas de las pruebas que le han sido presentadas por el aparato policial, sin interrogantes ni conjeturas”, arremete contra el PP y el director del diario “El Mundo”.

Pero lo más interesante del artículo, entre lisonja y lisonja, aparte de resumirnos la rápida ascensión a la judicatura de Bermúdez, es que la sentencia no “ha despejado la incógnita de la autoría intelectual, deja abiertas todas las puertas al misterio de la identidad de esa mano negra que diseñó y dirigió unos atentados que han cambiado de raíz la Historia de España, sin duda porque se ha limitado a juzgar de acuerdo con el material probatorio aportado por un sumario mal instruido, y no está en la naturaleza del trabajo de Bermúdez y sus compañeros de terna realizar una investigación que era competencia del patético Del Olmo.

Las interrogantes del periodista son las siguientes: “La pregunta sigue en pie: ¿Quién decidió atentar? ¿Quién movió los hilos? ¿Quién manejó a los asesinos? ¿Por qué eligió hacerlo, con precisión de relojero suizo, tres días antes de las elecciones generales del 14 de marzo de 2004? Sigo pensando que el 11-M fue un típico atentado de servicios secretos, del que deben saber algo en Rabat y muy probablemente también en la famosa Piscina parisina, sede de los espías galos”.

Finaliza Cacho su artículo con esta frase paradigmática: “Buen trabajo señor Bermúdez, pero la “mano negra” sigue sin aparecer…”

Nosotros, como Cacho, en este caso, opinamos que se juzgó a la “mano de obra”, a algunos de los “currantes” de ese macabro trabajo, pero nada se sabe de los “intelectuales”, de los “contratistas”. Lo que si nos parece intolerable, ignominioso y, también, una auténtica vergüenza nacional, es que nuestros servicios secretos y de información no traten de averiguar quiénes fueron esos “autores intelectuales”. Y si lo saben, ¿van a actuar en consecuencia?

 

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826