España, 15-12-2017

ONGs y la industria de las víctimas: “Las agencias simplemente aparecen y declaran la emergencia”

Bernard Hours (2/12/2008)
¿Es víctima el sujeto de la ayuda o el objeto? La mayor parte de la gente se ven a si mismos como individuos que se enfrentan a una crisis. Es el mundo exterior el que los ve como víctimas.

Las malas experiencias de la organización francesa de caridad El Arca de Zoe a principios del último año (1) han abierto finalmente el debate sobre los motivos y la moralidad de las agencias de ayuda. Por primera vez, una organización fue criticada en los medios de comunicación y no aplaudida por sus buenas intenciones. El éxito de la industria humanitaria hizo inevitable que abusasen de su poder. Desde el tsunami del sudeste asiático en 2004, la gente ha comenzado a preguntarse si las organizaciones no gubernamentales tienen las competencias necesarias para administrar la gran cantidad de dinero que recibieron.

La ideología detrás de la ayuda humanitaria depende de tres principios. Deben existir derechos humanos universales, una valiosa pero problemática premisa. Creas las victimas que pueda salvar. Es entonces cuando reafirmas el derecho de acceder a estas víctimas.

Los derechos humanos universales, a la salud, a la educación y a la seguridad, hacen que la ayuda humanitaria sea legítima. Pero ¿quien encarna estos derechos? No es el ciudadano político de la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789, sino un cuerpo físico que debe ser salvado del hambre, las epidemias y los desastres naturales. Este cuerpo es el objetivo de la ayuda de emergencia (Médecins sans Frontières, MSF) se ha convertido en un símbolo internacional. El derecho a la vida es un producto de finales del siglo 20, la “era humanitaria” que comenzó con la presencia de la Cruz Roja/Media Luna Roja, pero que se ha desarrollado en los despolitizados y moralizantes años 80.

¿Hasta qué punto es víctima el sujeto que ayuda o el objeto? La dignidad de una víctima es abstracta y depende de una situación (vivir en un campo de refugiados, por ejemplo). Un ser humano tiene una posición pero ser una víctima es simplemente un estado. Las víctimas son anónimas e intercambiables, son jugadores pasivos en la campaña emotiva de panfletos de las ONGs. La relación entre los rescatadores y los rescatados es, por su propia naturaleza, desigual.

La mayor parte de la gente no se ven a sí mismos como víctimas sino como individuos que se enfrentan a una crisis. Los filipinos arrasados por tifones o los bangladesíes que se abren camino entre las riadas están tratando con una crisis que ellos ven que forma parte de su destino como seres humanos; son gente decente que vive en una zona peligrosa del planeta.

Son otros los que los ven como víctimas. Las ambulancias se acercan solamente cuando las llamas: las agencias simplemente se presentan allí y declaran la emergencia. Ellos salvan vidas pero según sus propios conceptos.

Es interesante fijarse en cómo la cantidad de víctimas de cualquier desastre está calculado, o estimado a grandes rasgos, o centrarse en cuanto la intervención está justificada. Los países de Latinoamérica tienden a sobrevalorar para hacerse un hueco en la agenda global humanitaria, como en el caso del ciclón Mitch que ocurrió en Centroamérica en 1998. Burma, y China después del terremoto de este año, hacen todo lo contrario.

Los trabajadores de ayuda humanitaria aseguran que tienen derecho a intervenir y piden acceder sin restricciones a las víctimas. Pero este “derecho a intervenir” se ha convertido más en un problema político para los gobiernos que una victoria para la humanidad. Surge al final de los 80, en un momento en el que el ideal occidental de democracia podría haber parecido. Pero ahora no sigue siendo así. No es tan fácil exportar los ideales occidentales ahora que el crecimiento económico ha cambiado de hemisferios. En China o en Rusia, con sus regímenes autoritarios, y en muchos otros países, la intervención humanitaria se percibe como una injerencia política. Los trabajadores humanitarios son tomados como los responsables del descontento local, particularmente donde los estados son débiles y sujetos a supervisión internacional. En Haití, la gente tira piedras en protesta de los extranjeros bien pagados que conducen sus 4×4, o los secuestran para pedir rescates.

Trabajadores humanitarios en el blanco
Este año, dos miembros de Acción Contra el Hambre (Action internationale contre la faim, ACF) fueron secuestrados en Afganistán, y tres voluntarios de Comité de Rescate Internacional (IRC) fueron asesinados, junto a su conductor. Muchos trabajadores de la ACF fueron también ejecutados en Sri Lanka en 2006 y voluntarios de MSF han sido secuestrados en Daguestán y en la República Democrática del Congo durante los últimos tres años. Estos ataques suelen tener lugar en zonas conflictivas cuando las ONGs trabajan al lado de las fuerzas militares o de las misiones de paz. Ser un trabajador humanitario ya no garantiza la seguridad en los Territorios Palestinos, Eritrea, Sudan, Yemen, Sri Lanka o Darfur. La situación es peor en Irak o en Afganistán.

El problema es que a este tipo de intervención le falta legitimación política. Presupone que una sociedad civil global imaginaria da una orden a los grupos para intervenir y que estos grupos no tienen nacionalidad, ideología o agenda propia. Niega el hecho de que los humanos son seres territoriales, políticos, que viven en estados soberanos.

La crisis financiera del capitalismo global hace a los estados más fuertes. Es posible que esto debilite en un futuro el “derecho a intervenir” de las ONGs, especialmente porque son los estados fuertes los que proveen la ayuda humanitaria y los que la reciben son los estados débiles.

Las contracciones continúan. La farsa del Arca de Zoe subraya el papel central del pretexto de salvar la vida, que en este caso era mentira. Y esto muestra la absurdez de los líderes políticos que trataron de hacer una capital política de eso. Aunque la mayoría de las personas involucradas sean desinteresadas, la industria humanitaria abusa del espectáculo de la desgracia ajena. Los jóvenes se plantan fuera de las estaciones de metro promocionando ONGs y obras de caridad agresivamente, como si fueran marcas de pasta de dientes. Pero el público está sufriendo el cansancio de los donantes, después de que se haya tirado a menudo de los hilos de sus corazones por tantas causas.

El Estado interviene
Durante un largo periodo, el trabajo humanitario estuvo controlado por ONGs como MSF, Médecins du Monde, y ACF. Pero en los noventa, los gobiernos se involucraron directamente, terminando de manera inocente con el sector voluntario. Claude Malhuret, alcalde de Vichy por el partido de centro-derecha de Sarkozy, el UMP, y Bernard Kouchner, ahora ministro de exteriores, se convirtieron en los primeros ministros franceses con responsabilidad para la acción humanitaria (en 1986 y 1988 respectivamente). Desempeñaron el papel de ONGs oficiales e institucionalizadas. Ambos estuvieron presentes, como doctores médicos y en nombre de los derechos humanos, en la lucha contra el totalitarismo soviético en Afganistán.

Pero el final de la guerra fría significó que nadie podía pensar en los derechos humanos como concepto apolítico: con el colapso de la Unión Soviética, se dio a conocer que los Estados Unidos habían financiado muchos grupos pro-democráticos y anti-totalitarios de manera secreta (2). Cuando se convirtieron en ministros del gobierno, Kouchner y Malhuret habían cambiado su retórica. Desde entonces, la industria humanitaria ha mostrado menos celo a la hora de hacer campaña para involucrarse con problemas en países no democráticos. Incluso así, los desastres recientes en Burma y China y los sucesos en Tíbet (3) muestran la persistencia de intentar exportar la democracia occidental.

Los gobiernos ven la ayuda humanitaria como un campo de batalla estratégico dónde sus fuerzas militares pueden operar al lado de los médicos, para desgracia de estos. Organizaciones multilaterales, como la Unión Europea, financian programas de largo alcance; los fondos de las Naciones Unidas para las operaciones de mantenimiento de paz. Todos estos actores ahogan a los países más pobres, superponiéndose y fallando en coordinarse con el otro, creando caos más que orden.

Los gobiernos y las organizaciones multilaterales no pueden permitir que las organizaciones de voluntarios tengan el monopolio de la solidaridad y generosidad. Así, el trabajo humanitario se ha convertido en un mundo de políticos populistas; de cansados profesionales preocupados; de proveedores de fondos internacionales atrapados en unos fundamentos burocráticos y financieros; y donantes sospechosos o indiferentes que prefieren causas locales. El circo le sigue al concierto -la desgracia de otros- un producto mediático que nunca estuvo tan solicitado.

Blanqueamiento de beneficios
La industria humanitaria es primordial para la actual ideología de la globalización. El capitalismo global debe blanquear los beneficios de su explotación. Las duras demandas de este mundo desreglado -trabajo infantil, aumento de la producción, horas extras sin salario- deben ser disimuladas. La gran cantidad de personas que sufren por estas formas de violencia social son raramente identificadas como víctimas. Los gobiernos, los negocios y los donantes están pagando un impuesto moral, intentando reclamar que son parte de una humanidad moral, a través de sus plegarias de moralidad, pseudo-transparencia y caridad.

El mundo de la ayuda humanitaria es post político. Las ONGs están en el negocio de la moralidad, produciendo medidas simbólicas para apaciguar la conciencia. El siglo XX estuvo afectado por cuestiones sociales. El XXI tendrá que tratar con las víctimas de los desastres naturales, y el rechazo social de la economía de mercado. Los trabajadores profesionales y voluntarios intentan tapar las goteras de este barco que se hunde. Lo que hacen es útil y generoso, pero no es la solución. El trabajo humanitario, centrándose en la lucha contra la pobreza, ha eclipsado en parte a su desarrollo. Es como usar primeros auxilios en el tratamiento de una enfermedad.

La ideología de la ayuda usa la aflicción para enmascarar la injusticia y ofrece una precaria existencia, un poco por encima de la supervivencia, dónde solamente el moribundo recibe ayuda. ¿Esto es moral o inhumano? Contrariando las aspiraciones de la Ilustración, legitima la idea de un mundo dividido entre los exitosos y los débiles. Esta manera de manejar el desastre contribuye a un apartheid global dónde las personas están sujetas a un orden moral global.

En el norte, se utilizan imágenes constantes de desastres como una herramienta política para animarnos a olvidar las luchas sociales del pasado. Vivimos en un mundo de sentimiento que parece eclipsar cualquier sentido real de justicia: el vencido puede rebelarse, pero son las víctimas quienes te hacen llorar; están en peor condición que tu. La compasión produce un poco más que la indignación, y obstruye la rebelión.

Notas:
(1) El Arca de Zoe se formo para ayudar a las víctimas del tsunami en Asia en diciembre de 2004. Seis de sus trabajadores fueron acusados de secuestro de niños después de intentar sacar de Chad a 103 niños.

(2) Nicolas Guilhot, The Democracy Makers, Human Rights and the Politics of Global Order, Columbia University Press, New York, 2005.

(3) Ver Slavoj Zizek, “Tibet: dream and reality”, Le Monde diplomatique, edición inglesa, mayo 2008.

N. de la R.
Bernard Hours es antropólogo y director de investigación en el Institut de Recherche pour le Développement y coautor, con Niagale Bagayoko Penone, de «Etats, ONG et production des normes sécuritaires dans les pays du Sud (L’Harmattan, Paris, 2005).
Este artículo se publica gracias a la gentileza de Funsur  (Fundación Sur), y de “Le Monde Diplomatique”. La traducción es de Iluminada Armas, para el Departamento África de la Fundación Sur.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826