España, 17-12-2017

Democracia, ¿para quién…?

javier-perote-con-un-amigo-saharauiJavier Perote (24/1/2009)

“No tengo donde ir; estoy en la calle”. En el 091 me dicen que llame a emergencias, pero tampoco allí me pueden decir que ha sido de la muchacha; que llame al 091 me dicen. Yo sólo quería saber si al fin había ido una ambulancia a socorrerla.

 

Cuando la vi estuve un rato dudando qué hacer… Al fin paré un coche de la policía. Los policías le preguntaron si le pasaba algo, pero sus labios amoratados por el frío apenas podían pronunciar palabra: “tengo mucho frío”, es lo más que decía. Los policías insistieron: “¿quieres algo, te llevamos a algún sitio?”  “No, déjenme, tengo mucho frío”. Los policías se volvieron hacia mi: “si ella no quiere, no podemos hacer nada…”.

 

La poca gente que había,  sin acercarse demasiado, satisfacía su curiosidad mirando de soslayo, como si no se dieran cuenta de nada para no comprometerse.  Me pareció que debían haber insistido un poco más. En las condiciones en que se encontraba la muchacha, dudo que ella misma  supiera lo que quería; y así se lo dije a los policías. “No podemos hacer nada, lo sentimos”, y se marcharon; tenían prisa.

 

Yo seguí insistiendo: “¿quieres que te acompañe a algún sitio?“No, no -balbuceaba. No tengo donde ir, estoy en la calle”. La volví a tapar la cabeza con su chaquetilla y siguió encogidita encima del banco. Los autobuses pasaban y la gente subía y bajaba en la parada, mirando, pero sin darse cuenta de nada aunque lo único que tapaba la chaquetilla era la cabeza  y el resto se veía claramente que eran unas piernas y por sus zapatos se adivinaba que era una  mujer. ¡Es tan fácil no darse cuenta! El desamparo no hace ruido.

 

Llamé al 091. “¿Donde dice que está?” Repetí la dirección. Me llamaron ellos al poco rato. “Así que dice usted que está en un banco de la parada del autobús”, querían  asegurarse  desde el otro lado del teléfono. “Si, sí  en la calle…repetí los datos que ya había dado antes. “¿Y que tiene frío?”; “Sí,  sí, tiebancone frío, mucho frío, y no tiene donde ir”

 

Con motivo del 32 aniversario de la matanza de los abogados de Atocha, la fundación que lleva su nombre, concedía hoy los premios a la lucha por la libertad. Entre otros, se han acordado de  la  Unión Militar  Democrática; la  UMD. Allí estábamos unos cuantos “húmedos”, que es  como nos  llamaban entonces.

 

El salón hasta la bandera, y muchos oradores. Por parte de los “húmedos” hablaron  los de siempre. La gente aplaudía, y en un momento determinado me pareció  oír la música de Grándola Vila Morena, y que se  cantaba la “Internacional”  y, ¡cómo no!, se oía la voz fuerte de Labordeta“habrá un día en que todos al levantar la vista…” ¡bueno!, ésta nunca falta.

 

Pero yo ya no estaba en el  acto. Sin querer, poco a poco, mi cabeza se dejó ganar por el recuerdo de la muchacha. Y seguían los discursos… “ésta democracia que hemos conquistado…”, bla, bla… “una Constitución que garantiza la libertad…” bla, bla… los derechos, los derechos, l o s  d e r e c h o s…”. Si, claro, los derechos, y también los de la muchacha…

“Habrá un día en que todos al levan…”, seguía la música.

 

Se  me iban mezclando recuerdos y no sé cómo me vino a la cabeza, como si lo estuviera viendo allí mismo, aquel guardia municipal que desde la plataforma del tranvía (entonces en Vigo funcionaban los tranvías), contemplaba tranquilamente  la bronca en que se  habían enzarzado el tranviario y el conductor del coche con el que había chocado.  El tráfico parado, los coches pitando, la gente desesperada porque tenía prisa, los tíos  dándose de tortazos, y  el guardia sin inmutarse.

 

La gente le chillaba y le pedían  que interviniera, pero el tío cara se disculpaba diciendo que su servicio ya  había  terminado. Yo le dije: “sí,  su servicio habrá terminado, pero usted todavía no se ha quitado el uniforme para poder viajar gratis en el tranvía”.

 

Seguro que la muchacha seguirá allí acurrucadita, muerta de frío, porque los guardias respetaron el derecho constitucional que tiene a seguir en el banco de la parada del autobús…

 

¡Si al menos hubiera sido un parque o un jardín!, pensaba. Sí, un jardín, un jardín con una fuente de las que dejan resbalar por el borde un fina capa de agua donde se posan los pájaros para beber, y en vez del banco del autobús uno de esos soleados bancos donde se sientan los viejos a tomar el sol y echar un pitillo, y donde los chiquillos no paran de corretear  con la alarma de sus mamás corriendo detrás de ellos. ¡Un banco de autobús! “Estoy en la calle. No tengo donde ir…” 

 

“¡Habrá un día en que todos veremos una tierra que ponga libertad, libertad,  libe…!”

 

Pero ese jardín tiene jardineros que lo cuidan, lo riegan, podan los rosales y cortan el césped, “arriba parias de la tierra  en pié  famélica legión  es el fin de la opresión opresión,  opresión…  Estos militares ganaron la democracia… democracia… democracia… democracia… Democracia es mi jardín.  Si mi jardín tuviera  jardineros que  lo cuidasen, los rosales darían flores y habría pajaritos que beberían en la fuente y niños jugando y la muchacha podría  tumbarse en un banco al sol…

 

Pero si la democracia no tiene jardineros que la cuiden se llenará de cacas de perro, los rosales sin podar no darán rosas, el césped sin regar se secará, y las bandas de gamberros y los yonquis se apoderarán  de él.

 

En ese jardín sólo podrán vivir los bandidos, los ladrones y los aduladores dispuestos siempre  a aplaudir a  los más poderosos. A  los que no aplaudieran no les dejarían  vivir tranquilos.

 

Pero hace treinta años que no hay jardineros en esta democracia. Y la muchacha no tiene más que su derecho constitucional  a morirse de frío en el banco de una parada de autobús.   

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826