España, 20-07-2018

Garzón y los beneficios del gas enervante

Ana Camacho (18/5/2010)ana-camacho
No resulta nada higiénico que al juez Garzón lo vayan a crujir por prevaricador justo por la llamada causa de los crímenes del franquismo y no sólo porque no sea cristianamente defendible negar a los muertos digna sepultura. Es que, además, todo lo que tenga que ver con lo que ahora se llama “la memoria histórica” desprende un poderoso gas enervante-cabreante que hace estragos incluso entre quienes tienen la enorme suerte de no saber quién fue ese Generalísimo que se empeñan en resucitar algunos políticos. Da igual que la bomba caiga del lado de la izquierda o de la derecha. Si la población afectada por el proyectil lleva burka ideológico, basta una mínima inhalación del tóxico para que acabe siendo víctima de una parálisis de las terminaciones nerviosas que controlan el raciocinio y que dispara la realidad virtual de la dialéctica ideológica.

En este diario ya lo recordé en unos apuntes del pasado 20 de abril que, a través de la puerta de la madre África (lo que se aprende allí de política española) unos cuantos ingenuos tuvimos la oportunidad de llevarnos una gran y alarmante decepción sobre el buenismo del superjuez: grande porque no sirve eso que dicen sus defensores a ultranza de que el haber empurado históricamente a Pinochet le de bula a Garzón para hacer distinciones entre casos A (prioritarios) y casos B (sacrificables) en materia de violaciones de los derechos humanos. Alarmante, porque al fin y al cabo, estamos ante la gestión de la Justicia y eso de que los derechos humanos valgan para unos y para otros no, refleja un doble rasero propio del ilusionismo político pero nunca de un juez.

Hay que reconocer, sin embargo, que Garzón tiene una enorme suerte. Si su carrera dependiese sólo de las acusaciones relativas a su extraña relación epistolar con el propietario del Banco de Santander y la financiación de sus cursos en Nueva York, su caso se limitaría a las vulgares coordenadas del cohecho y la prevaricación. Tampoco habría lugar a que se pudiese escudar en la coartada del martirologio, por definición injusto, si las dudas sobre su integridad o capacidad para administrar la Justicia se limitasen a la nada estética sospecha de sumisión partidista que desprende su intervención en el caso Faisán.

Todo estaría más a la vista, incluyendo el papel que está jugando en ese supuesto acoso y derribo urdido desde la ultraderecha, la progre ex secretaria de estado de Felipe González, Margarita Robles, como una de las principales impulsoras de la suspensión de Garzón. También reluciría con más brillo el dato de que el juez Luciano Varela, el supuesto acosador del juez de los indefensos y las víctimas, es miembro de la progresista Jueces para la Democracia que se ha puesto del lado de… Garzón.

En cambio, acusar al juez estrella por prevaricar con una causa que ha catapultado al estrellato a una Manos Limpias con tufillo a naftalina y un señor que dice ha promovido la querella contra Garzón en nombre de un partido falangista, reúne todos los elementos que garantizan la eficacia de la poderosa arma del gas enervante-cabreante que convierte en caballo de batalla entre dos supuestas Españas (que no son las divididas por la frontera del paro), hasta la lista de la compra. Basta con que alcance la pituitaria que una pequeña dosis de este compuesto produce en los afectados un súbito estado de excitación febril, mareo y desorientación que induce una distorsión de la perspectiva y rumbo.

El justiciacaso Garzón se convierte así en la prueba palpable de que hay un acoso a los frutos de la Transición y de que estamos en peligro por el auge del fascismo que todo lo corroe como un cáncer que está a punto de copar el vulnerable organismo de nuestra democracia (especialmente en Madrid, por lo visto) y que, hoy le toca a Garzón o el rector Berzosa, pero mañana podría tocarle a Perico el de los palotes. Cualquiera que capte estos llamamientos a la alerta roja desde Marte, diría que estamos al borde de una nueva Guerra Civil. Afortunadamente, el burka debe estar en desuso en España porque ni se tienen noticias de levantamiento de barricadas en la izquierda y, en cuanto a la supuesta pujanza de este franquismo que nos sobrevuela (en palabras del José Manuel Caballero Bonald), cuando toca que el falangismo demuestre su poderío en la calle manifestándose contra Garzón, no llegan en Madrid al centenar ni poniéndoles servicio de autobuses desde el resto de España con bocadillo incluido.

Como dijo el filósofo Fernando Savater en una reciente tertulia televisiva, lo curioso de este temible ascenso de la amenaza fascista que nos echan en cara incluso desde Francia, es que en España no hay ni un diputado de extrema derecha como los suele haber en cambio en los parlamentos del resto de Europa, empezando por el de París donde incluso acaban de doblar su presencia robándole el terreno a Sarkozy y la izquierda. Eso sí que es auge y lo demás son tonterías.

Pero el gas enervante es un arma poderosa que entraña grandes beneficios para Garzón. De momento, poco se habla de gestión de la justicia de un juez. El debate ha sido desviado a otras coordenadas, las de si los crímenes del franquismo pueden o no juzgarse, enzarzándose en la diatriba de si se debe o no remover la historia para perderse en el pantanal de la génesis de la Guerra Civil. A partir de ahí todo viene rodado porque, en ese entorno donde reina la espesa niebla, es relativamente fácil que el Tribunal Supremo se convierta en un órgano “vomitivo” (ultrafacha) que vuelve el mundo del revés, que Varela pase a ser un “Torquemada del fascismo” que desconoce la legalidad internacional y protege a los verdugos frente a las víctimas y, de paso, que el PP de Rajoy, al que se ha atribuido la conspiración, pierda toda posibilidad de haberse convertido en un partido de la derecha civilizada para asimilarse al “machartismo” y su terrible caza de brujas. Qué bien para Zapatero.

Garzón también puede estar satisfecho. Porque, mientras el gas enervante siga trastornando a la opinión pública, su salida de la Audiencia Nacional nada tendrá que ver con la defenestración del juez Javier Gómez de Liaño, su antiguo amigo al que traicionó y al que los mismos que defienden al superjuez se encargaron de que no recuperase el honor ni siquiera cuando desde Europa se certificó que su expulsión había sido fruto de la mala salud de la justicia española. Gracias a la sobrereacción generada por el gas enervante, subirá el cache de Garzón que, con su aureola de juez castigado por querer meterse contra el franquismo, podrá seguir dando cursos en la Universidad de Nueva York sobre los riesgos que acechan a los paladines de la Justicia Universal.

P.D.
Precisión sobre Garzón versus Polisario. Aprovecho la ocasión para añadir una aclaración al comentario de 20 de abril. El profesor Carlos Ruiz Miguel me recuerda que decir que el juez Garzón “admitió” la querella contra el Polisario no es correcto, que Garzón amagó con investigar las supuestas víctimas del Polisario pero que acabó archivando el caso entre otras cosas porque, en Marruecos mucho ladrar pero sus propios tribunales no abrieron ninguna investigación sobre el asunto.

Ebermejo-y-garzon-de-caceriafectivamente, como dice el profesor en este artículo de su blog que adjunto (siempre valiosísima su aportación para deconstruir el argumentario promarroquí) no es jurídicamente correcta la palabra “admite” por mi parte, como no lo es la de “aceptar” con la que desde Rabat se ha hecho lo posible por confundir al personal haciendo creer que la cosa era definitiva y apuntalar así la tesis de que los representantes del pueblo saharaui son una banda de impresentables que no merece ninguna simpatía ni apoyo.

Dicho lo cual, la imprecisión no afecta a la chicha de a lo que iba y es que resulta sorprendente que el campeón de las causas justas considerase la hipótesis de que, quizás, el Polisario sea culpable de crímenes contra la humanidad pero, nunca, se le haya ocurrido considerar que pudiese ser objeto de delito las sacas de los republicanos.

De acuerdo, la culpa de todo la tuve el golpe de estado que trastocó el orden de las cosas y hundió el país en un caos fratricida pero, entonces, ¿no debería valer lo mismo para el Polisario, representante del pueblo saharaui agredido por un invasor ilegal (Marruecos)?

La precisión de Ruiz Miguel también resulta muy esclarecedora de cómo aprovecha la propaganda marroquí cualquier resquicio para arrimar el ascua a sus sardinas. Y qué curioso resulta que así como se dio mucha publicidad en la prensa española a que el juez considerase la posibilidad de que el Polisario pudiese haber cometido graves crímenes (la confusión fue tal que hubo un dirigente saharaui que casi no viaja a España temiendo lo peor), en cambio, nada se haya dicho de que decidiese archivar. El resultado a efectos prácticos es que la iniciativa de Garzón ha servido para que se aireen argumentos y tesis que descalifican al Polisario y dan alas a las tergiversaciones del rey Mohamed.

Moratinos debe estar de lo más satisfecho por la discreción con que un juez tan mediático no ha evitado la confusión en los titulares periodísticos.

N. de la R
:Este artículo se publica con la autorización de Ana Camacho, periodista, activista intelectual y física, de los derechos humanos, que también se puede leer en su blog enarenasmovedizas.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826

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