España, 15-12-2017

El Sáhara, España, la roja y la rojigualda

Ana Camacho (1472010)islote-de-perejil
Tal como lo contaban, daba la impresión de que la rojigualda había sido un invento de Franco para simbolizar con tres franjas de color el triunfo de su “cruzada”, su idea de patria y los logros de sus “40 años de paz”. Quizás por eso, en una de esas marchas con las que todos los años se recuerda el escándalo sin resolver de los acuerdos de Madrid de noviembre de 1975, al coronel Javier Perote tres jovencitos muy airados le arrebataron una de esas banderas que ahora andan agotadas en los chinos y se la dejaron hecha jirones, que el más grande era del tamaño de una tirita.

Menos mal que un admirador de los escritos y la perseverancia del coronel en la cuestión del Sáhara vio desde lejos la escena y acudió a tiempo para que la rabia de los jóvenes no tuviese alguna extraña ocurrencia con el asta de la insignia. Evidentemente ninguno de esos ejemplos de mala furia española sabían que el coronel tiene un historial que siempre le hizo ir de marciano por la vida, incluso en la confusion de los prolegómenos de la Transición, ni que él lleva en la causa del Sáhara, desgraciadamente para los saharauis, más años de los que el mayor de ellos podía llevar en la vida. De hecho, si a este coronel con alma de poeta se le había ocurrido ese día romper tabúes y llevar a una manifestación plagada de banderas saharauis, extranjeras y españolas (pero nunca una de la que debería ser la de todos), era precisamente porque eso le parecía un terrible contrasentido, además de un tremendo error estratégico para sumar apoyos a la causa del pueblo saharaui que es, al fin y al cabo, de lo que debía de tratar este tipo de actos solidarios.

Claro que ese día no estaba el horno para bollos porque también se le había ocurrido a algunos diputados del PP sumarse a la manifestación (todavía estaba vigente el giro prosaharaui de Aznar que había desembocado en el golpe de efecto de Mohamed contra el Perejil). En vez de alegrarse, algunos organizadores de la marcha procedentes del PSOE y UGT más purista, habían fruncido el ceño y se habían puesto muy nerviosos. Y en lugar de acogerles con un “ya era hora”, sólo les faltó expulsar a los recién llegados con un “fuera de aquí que esto es NUESTRO y no estamos para compartir causas con nadie”. Así que era normal que el mismo que, cuando vio a uno de los peperos aparecer (creo que era Moragas, ¿no?) y soltó lo de “¿pero y qué hace éste aquí?”, no hiciese nada a favor de la tolerancia ni del respeto de las canas y la libertad de expresión. Vio al coronel en apuros pero se limitó a un lavado de manos verbal de lo más contundente: “esa no es mi bandera”, le dijo a Perote.

Él tampoco debía de haber consultado la Wikipedia porque incluso ahí cuentan que la rojigualda no fue una creación artístico-patriótica del “Generalísimo”, sino que ya tenía más de 151 años cuando algunos generales organizaron su alzamiento contra la República en 1936 y que el Real Decreto que en 1785 aprobó el diseño que hoy causa furor gracias a la Roja ni siquiera arrancó de un deseo de exhibir grandeur, imperio o patriotismo sino de una necesidad de orden tan eminentemente práctico como era que no se confundiesen a los buques mercantes y de la armada (que llevaban un pabellón de armas reales sobre paño blanco) con los de Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia. Todas estas naciones (Italia todavía no existía) llevaban entonces una insignia muy parecida por eso de que en cada una de ellas reinaban ramas de los Borbones y que el color blanco era seña de identidad de esta casa real. Así que Carlos III no dudó en pasar del blanco justificándolo así:

“Para evitar los inconvenientes y perjuicios que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa Mi Armada Naval y demás Embarcaciones Españolas, equivocándose a largas distancias ó con vientos calmosos con la de otras Naciones…

Por cierto, que también en la Wikpipedia podían haber leído los que tanto envidian a la bandera francesa que, a pesar de tanta revolución y guillotina contra la nobleza, en 1794 dejaron en la franja central el blanco no como símbolo de alguna pureza ideológica sino como lo que siempre había sido, el color de la monarquía. Cualquiera lo diría con un diseño que se aprobó un 27 de pluvioso de la I República…”

El caso es que el pobre coronel Perote debe estarse preguntando si esos jóvenes puristas no serán de los que ahora andan buscando vuvuzelas rojas como locos. Dicen que la mayor parte de los que todavía no las tienen no se conforman con los argumentos con que en los chinos de Lavapiés están intentando hacer frente a su imposibilidad de responder a la demanda (ya llevan días agotadas), reciclando los poderosos rompetímpanos que les sobraron a los colegas de Italia con el pretexto de que nuestros héroes de la selección hoy van con de azzurros y no de rojos.

Pase lo que pase hoy, ojalá en las próximas marchas el coronel no tenga que mirar con envidia, por ejemplo, a los portugueses que, a pesar de sus generales y sus muchos más años de dictadura amiga de la de Franco, a la manifestación de diciembre para celebrar el triunfo de Aminetu vinieron a Madrid con una vistosa insignia nacional. Yo, por si las moscas, pregunté si formaban parte de una representación gubernamental. Un señor que era el portavoz de la Associação Amperoteizade Portugal Sahara Occidental me dijo riendo que no, que en el grupo había representantes de la asociación solidaria, fuerzas políticas y sindicales de derecha, centro e izquierda que apoyan la causa saharaui en Portugal y que esa que llevaban con mucho orgullo es la bandera que, a pesar del salazarismo, les representa a todos.

En fin, que yo cruzo muchos los dedos para que gane la Roja porque, entre otras cosas es lo menos que puede hacer una que, además, tiene un trocito de alma en África. Porque, no nos engañemos, en el primer mundial en continente africano lo único africano (y a mucha honra) que quedó allí desde que fue eliminada Ghana, somos los españoles. Y no apetece nada que en el deporte de los oprimidos durante el aparheid, el que jugaban los presos de Robben Island como Mandela, les vayan a ganar en casa los descendientes de los inventores del credo que puso en práctica el régimen de la discriminación racial…De hecho, a los que todavía no la hayan visto, aconsejo no se pierdan Invictus, la película de Clint Eastwood sobre Mandela, la minoría afrikaaner (holandesa) y el dilema de cómo hacer una nación con el rugby, el deporte de los racistas blancos…

N. de la R.
Este artículo, y fotografía de portada, se publica con la autorización de Ana Camacho, periodista, activista intelectual y física, de los derechos humanos, que también se puede leer en su blog enarenasmovedizas

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826