España, 18-12-2017

Kagame y las claves del genocidio de Ruanda

Ana Camacho (19/7/2010)francoise-miterand
Las matanzas de Ruanda de 1994 siguen siendo un enigma sin resolver que levanta grandes ampollas. No hay más que ver la polvareda que ha levantado la visita a Madrid del polémico presidente ruandés Paul Kagame. Las ONG que se han movilizado para que Zapatero no reciba a Kagame acusan al dirigente ruandés de ser un genocida impresentable. Pero la historia no es así de simple.

Paul Kagame, evidentemente, no es un angelito y Zapatero debería aprovechar sus reuniones con él para seguirle pidiendo explicaciones sobre quién asesinó a los nueve españoles (misioneros y cooperantes) que se convirtieron en testigos incómodos. Pero dicho esto, un ángel no lo hubiese tenido fácil para sobrevivir a una guerra que se desencadenó con la matanza de tutsis y (no lo olvidemos) también hutus, que en abril de 1994 se llevó en pocos días a millón y medio de vidas, la mayoría a golpe de machete. A partir de ahí lo que se suele simplificar como un conflicto tribal (es, decir, una guerra civil) traspasó las fronteras del pequeño país de las mil colinas y se convirtió en un conflicto internacional que se extendió como una mancha de aceite a los países vecinos e implicó a otros, no fronterizos (Burundi, Uganda, el ex Zaire, Tanzania, Angola, etc.). Pero, aunque esta es todavía una historia con muchos interrogantes, una cosa es segura: convertir a Kagame en el único responsable del genocidio ruandés (como dan a entender los resumidos antecedentes del “todoscontrakagame“) es mucho simplificar. Es más, tener la certeza absoluta de que así fue, supondría acabar con el enigma.

Lo que sí es seguro es que la matanza ruandesa fue el punto de partida de un conflicto generalizado en el que llegó a ser difícil aclararse con el quién estaba con quién y que puso sobre la mesa, una vez más, ese desmembramiento del Congo (ex Zaire) que ya había hecho su primera intentona sobre el telón de fondo de la guerra fría en los años sesenta (justo estos días se han cumplido los 50 años de aniversario de la independencia de este gran país).

En menos de cuatro años, hubo cinco millones de muertos aunque, desgraciadamente, nadie hablaba de ello mientras en España todo el mundo se echaba a la calle electrizado con el “no a la guerra” por la intervención americana en Irak. Porque, sea dicho de paso, este Fuenteovejuna contra Kagame es una iniciativa de la sociedad civil inédita y sorprendente no sólo por la época del año poco propicia a las protestas callejeras, como por el tema, un conflicto de escenario africano en el que no hay americanos por medio (o eso parece).

paul-kagame-presidente-ruandaEl caso es que ahora la opinión pública española está más concienciada e informada sobre los largos tentáculos de los intereses de grandes empresas no africanas y su capacidad para mover los hilos de los odios tribales que en ciertas partes de África están tan a flor de piel como en los Balcanes, siempre a punto de prenderle la mecha a lo que es un polvorín. Ahora ya hablamos con cierta soltura de la guerra del coltán aunque todavía se deja en segundo plano o se obvia completamente (¿por ignorancia?) ese otro gran enfrentamiento que larvó el conflicto de Ruanda que fue la rivalidad entre EE. UU. y Francia por el control de África y sus recursos.

En ese trágico ajedrez de guerras africanas el Frente Patriótico Ruandés (la guerrilla tutsi que lideraba Kagame) y la Uganda del presidente Yoweri Museveni (con el que Kagame había luchado cuando también él no era más que un jefe guerrillero) se convirtió con sus aliados ugandeses en el núcleo duro de una alianza anglófona y proamericana. O al menos así lo veían los que culparon a la guerrilla de Kagame de haber lanzado el misil contra el avión de los presidentes que desató la venganza de los extremistas de la etnia hutu que detentaba el poder en Kigali, que desembocó en una de las más matanzas más terribles de la historia reciente.

Precisamente porque esta cuestión de las amistades tiene un doble reverso, Kagame siempre ha negado que fuese él el culpable del atentado y siempre ha puesto su dedo acusador marcando hacia París, señalando al ya fallecido presidente Mitterrand y otros altos dirigentes franceses (Eduardo Balladur, Villepin, Vedrine) como cómplices de los responsables materiales de la matanza que había comenzado a prepararse mucho antes de que el misil se llevase por delante al presidente de Ruanda hutu, su colega de Burundi y los acuerdos de paz firmados en Arusha.

A partir de ahí, además de la guerra y nuevas matanzas, estalló una guerra mediático-judicial entre París y Kigali, con cada uno de los bandos buscando responsables del genocidio en el contrario. Desde luego, sin este genocidio Kagame no hubiese tenido el pretexto que necesitaba para tomar el asalto definitivo al poder. Pero, a la vez, está probado que si los extremistas hutus fueron tan eficientes segando vidas fue porque el plan de limpieza étnica había sido planificado minuciosamente y con mucha antelación, esperando sólo la señal de partida para ponerse en marcha. Quedan otros misterios por resolver como el por qué, al último momento, el presidente ugandés se bajó del avión bombardeado (salvando así la vida milagrosamente) o dónde fue a parar la caja negra del avión derribado que la prensa francesa publicó fue recogida por las fuerzas francesas que participaron la operación Turquesa.

No es un secreto que Francia fue en buena medida responsable del torpedeo con el que se favoreció la inacción de la ONU para evitar una catástrofe que se veía venir. Tampoco lo es que ayudó y alentó a la facción extremista hutu del entonces gobierno ruandés (francófono y muy en la órbita francesa) en su campaña racista y xenófoba con la que animaron a su gente a empuñar el machete contra el vecino. Y también es sabido que a Kagame no le falta razón cuando dice que la operación Turquesa, con el pretexto de crear una zona de seguridad con fines humanitarios, la utilizó Francia para facilitar la retirada de sus protegidos hutus, incluyendo los responsables del genocidio, que se colaron entre las hileras de refugiados que marcharon a países vecinos con el amparo de la ONU.

ana-camachoEl caso es que no hay certezas sobre cuál es la cuestión clave, es decir, quién fue o quiénes fueron los responsables de la matanza que luego le sirvió a Kagame de pretexto para iniciar su propia guerra de venganza que le llevó hasta el vecino Congo y que, a su vez, aprovechó como coartada para el saqueo y la rapiña de las inmensas riquezas mineras del vecino.

Va a ser difícil que se haga la luz porque este drama africano ha salpicado a demasiados frentes. Ni siquiera la Iglesia católica, ni las iglesias Metodistas Libre, Presbiteriana, Bautista de séptimo Día (hutus/católicos frente a tutsis/protestantes) se han librado del reparto de culpas.

N. de la R.
Este artículo, y fotografía de portada, se publica con la autorización de Ana Camacho, periodista, activista intelectual y física, de los derechos humanos, que también se puede leer en su blog enarenasmovedizas

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826