España, 11-12-2017

Cada frase de apoyo equivale a una bala

mujeres-saharauisSáhara Occidental
Antonio de Torre (17/10/2010)
Es lo que ha repetido ya varias veces el conductor que el Frente Polisario nos asignó para la visita al muro. Vemos que se trata de una pared no muy alta, construida con la misma tierra a la que pretende cizallar, delimitándola entre el Sáhara liberado y el usurpado.

Tras la acalorada intifada que hemos protagonizado a pocos metros de las alambradas y del campo minado próximos, buscamos una mínima sombra, al pie de una acacia, y nos sentamos a comentar nuestras sensaciones. Con un té, por supuesto.

Entre jarreo y jarreo, sin alterar lo más mínimo el ritmo de la infusión vertiéndose sobre la espuma de cada vasito, Bashid únicamente alza la voz cuando nos recuerda categóricamente que falta poco para dejar a un lado las palabras y pasar a la acción.

Es un veterano de la guerra que su país libró contra Marruecos y Mauritania entre 1975 y 1991. A su edad, indescifrable si nos basamos en las arrugas de su cara o en la agilidad del cuerpo de quijote casi negro que cubre sus huesos, Rashid es padre de un niño de menos de doce años para el que desea un futuro diferente, en la tierra de sus abuelos, la que termina en el mar. Nuestro guía del desierto se empeña en convencernos de que ni él ni sus hermanos saharauis lo dudarán cuando llegue el momento. Cada vez está más cerca la hora de la verdad.

Sin embargo, tanto él como su pueblo saben muy bien lo que es una guerra. El recuerdo de la suya está demasiado reciente y aún trata de confiar, malamente, en soluciones menos desgarradoras. Está harto de negociaciones anquilosadas, de onus, de uniones europeas, de políticos ¿cuánto tiempo debemos esperar? ¡La paciencia tiene un límite! ¡No vamos a escuchar más!

«Una frase en los periódicos es como una bala que se dispara contra el rey ‘muhamad’», dice otra vez. Id a vuestros pueblos y contad lo que habéis visto. Cuanta más gente sepa lo que pasa aquí, más fácil será la batalla final, ésa que sólo ganan los que tienen la razón de su parte, no los que tienen aviones, ni los que se besan en las visitas a gobernantes civilizados y democráticos al norte del Estrecho.

Casi doscientos mil soldados marroquíes vigilan día y noche esa pared que tiene el mismo color que el desierto. Se trata de que los expulsados desde hace tres décadas y media olviden que en su cara oeste aún viven familias que esperan su regreso. El intento es infructuoso, obviamente. Para recordar a los saharauis que no están solos en la lucha, cada año miles de personas se acercan, como nosotros, a gritarles a los soldados del rey dictador que la herida aún está abierta, que de quien tienen que defenderse es de su propio jefe, ése que se lleva cantidades indecentes de dinero procedente de España, de

Europa y de Estados Unidos, para luego matar de hambre a su gente, con la excusa de que ya mantiene controladas la inmigración, la droga y las pateras.

Marruecos gasta anualmente una buena porción de su PIB en mantener los límites de lo que un conocido líder socialista describía hace poco como «el espacio para la democracia más amplio que puede verse en un país árabe». Los destacamentos del muro están compuestos mayoritariamente por personas que no encuentran otro futuro laboral en su país que alistarse para defender algo que muy pocos de ellos ni siquiera entienden.

Por su parte, en este lado del muro la propaganda nos cuenta que los puestos de vigilancia son como un colador para traficantes de droga, y que los soldados se pasan el día aletargados por los estupefacientes, a falta de una mejor ocupación bajo el durísimo sol sahariano.

Con el segundo té, el que es dulce como el amor, Bashid nos cuenta que está seguro de que los hijos de su patria, los que han mamado leche saharaui del desnutrido pecho de sus madantonio-de-torreres, aún están listos para el combate, para repetir las gloriosas victorias que forzaron a Marruecos a firmar el alto el fuego del 91. Nos dice que sabe cómo entrar y salir del muro por lugares secretos, sin que nadie lo vea, que ya lo demostró hace poco a unos periodistas que temblaban de miedo; que podría sorprender a cualquiera de los vigilantes, llegando hasta sus posiciones desde el interior y darles un susto antes de que tuvieran tiempo de ponerse el casco. No lo hace porque es disciplinado y porque aún cree que es posible lograr la victoria sin sangre, como hizo la valiente Aminetou.

Y llegamos al tercer té, el definitivo, ése que según la tradición es suave como la muerte. Pocas palabras nuevas le quedan a Bashid. Tampoco nosotros tenemos réplica. Nos refugiamos en el sonido del líquido aireándose incansable, llenando nuestra reflexión. Saboreamos la suave amargura que aún le queda a nuestro vaso y nos llevamos la munición a nuestra tierra. Aquí termina esta ráfaga.

N. de la R.
Antonio de Torre Álvarez
es traductor, periodista y escritor. Y a partir de ahora esperamos -nos encantaría- contar con su colaboración.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826