España, 14-12-2017

La Argentina que soñó Sarmiento

Iberoamérica
Marcelo Gullo (17/2/2011)domingo-faustino-sarmiento
Este año Argentina festeja el bicentenario del nacimiento del “Maestro de América”, don Domingo Faustino Sarmiento. Para cualquiera persona, en cualquier parte del mundo que quiera comprender a la Argentina y, su problemática, le sería muy útil conocer, aun hoy día, el pensamiento y los sueños del presidente Sarmiento pues su pensamiento y sus sueños son los de una parte muy importante de la sociedad argentina.

“Sarmiento el soñador, sigue soñándonos”, escribió en una ocasión Borges, quizás, porque el país que imaginó Sarmiento en el siglo XIX, era el mismo que Borges quería ver restaurado en pleno siglo XX, luego de la caída, en septiembre de 1955, del  “segundo tirano”. Pero, con qué país soñó el ilustre sanjuanino. Dejemos, en lo posible, que el mismo  Sarmiento nos lo relate

Fue Domingo Faustino Sarmiento quien preguntándose qué cosa era “civilización” y qué “barbarie”, definió que “civilización” era el idioma inglés y, “barbarie” el castellano. “Barbarie” era, para “el Maestro de “América”, todo lo autóctono, por el solo hecho de serlo y, por supuesto -y he ahí el punto que más le interesaba a Inglaterra- “civilización” era la aceptación a rajatabla de la teoría del liberalismo económico salvaje y del libre cambio absoluto. Fue Sarmiento el más brillante propagandista argentino de la teoría del libre cambio y la división internacional del trabajo. Al respecto, Manuel Gálvez, en su biografía de Sarmiento, escribe: “Nadie escribió tanto como él a favor del comercio libre, y aun fue el primero en hacerlo. Cuando cayó Rosas y con él su ley de Aduanas, nuestras industrias se arruinaron. Ya he dicho que solamente en Buenos Aires había ciento seis fábricas y setecientos cuarenta y tres talleres y que  la industria del tejido florecía asombrosamente en las provincias. El comercio libre significó la entrada, con insignificantes derechos aduaneros, de los productos manufacturados ingleses, con los que no podían competir los nuestros. Y la industria argentina murió”[1].

A tal punto llegó el desprecio por lo autóctono en la mentalidad de Sarmiento – conquistada por el imperialismo cultural anglosajón- que llegó a aconsejar, durante las guerras civiles desarrolladas en Argentina, que: “…no se ahorrara sangre de gaucho, porque era lo único que tenían de humano…” y que este, el gaucho, “… sólo servía para estiércol de la pampa”.

Importa destacar que su desprecio por el gaucho solo fue superado por el que sentía hacia la población indígena. El 27 de septiembre de 1844 escribió en el diario “El Progreso”: “Por los salvajes de América sentimos una invencible repugnancia sin poderlo remediar; y para nosotros, Colocolo, Lautaro, Caupolicán, no son más que indios asquerosos a quienes habríamos hechos colgar y mandaríamos colgar ahora mismo si reapareciesen”[2]. Años después escribía en “El Nacional”, del 19 de mayo de 1857: “Logramos exterminar a los indios?: Lautaro, Rengo, y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces del progreso. El exterminio de esa canalla es providencial y útil, sublime y grande… Se les debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño que tiene ya, el odio instintivo al hombre civilizado”[3].

Era  seguramente el país con que soñó Sarmiento un país democrático: “Los gauchos que se resistieron a votar por nuestros candidatos -exclamó exultante Sarmiento el 17 de junio de 1857- fueron puestos en el cepo o enviados a las fronteras con los indios y quemados sus ranchos. Bandas de soldados armados recorrían las calles acuchillando y persiguiendo a los opositores. Tal fue el terror que sembramos que el día 29 triunfamos sin oposición”[4].

Era seguramente, también, el país con que soñó Sarmiento un país donde debía reinar la justicia social: “Las Cámaras no deben votar partidas para la caridad pública  -sostuvo Sarmiento, el 13 de septiembre de 1859 en el Senado de la Provincia de Buenos Aires- porque la caridad cristiana no es del dominio del Estado. El Estado no tiene caridad, no tiene alma… Si los pobres se han de morir que se mumarcelo-gulloeran… El mendigo es como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad que se le dé dinero… ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por causa de sus defectos?  Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad; no se les debe dar más de comer”[5].

N. de la R.
Doctor en Ciencia Política por la Universidad del Salvador, Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario, graduado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid, obtuvo el Diploma de Estudios Superiores (Maestría) en Relaciones Internacionales, especialización en Historia y Política Internacional, por el Institut Universitaire de Hautes Etudes Internationales, de Ginebra. Discípulo del politólogo brasileño Helio Jaguaribe y del sociólogo y teólogo uruguayo Alberto Methol Ferré, ha publicado numerosos artículos y libros, entre ellos Argentina Brasil: La gran oportunidad (prólogo de Helio Jaguaribe y epílogo de Alberto Methol Ferré) y La insubordinación fundante: Breve historia de la construcción del poder de las naciones (prólogo de Helio Jaguaribe)., asesor en materia de Relaciones Internacionales de la Federación Latinoamericana de Trabajadores de la Educación y la Cultura (FLATEC) y profesor de la UNLa

 


[1]. GALVEZ, Manuel, Vida de Sarmiento. El hombre de autoridad. Buenos Aires, Emecé Editores, 1945, p.662.
[2]. SUAREZ, Matías, Sarmiento ese desconocido, Buenos Aires, Ed. Theoría, 1964, p. 199.
[3]. Ibíd., p.199.
[4]  Ibíd., p.185.
[5]. Ibíd., p.70.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826