España, 13-12-2017

Gadafi no gana, sólo desafía a su destino

Sin Acritud…
Ana Camacho (9/3/2011)ana-camacho
Sí, puede que Gadafi, como dice Óscar en su blog, gane y se imponga a la voluntad de su pueblo recuperando el control del este del país. Pero un triunfo logrado a golpe de cañonera, como si en lugar de hacer frente a una protesta popular su ejército estuviese repeliendo una invasión extranjera, sólo le dará el respiro que corresponde a quien marcha en huida hacia delante, desafiando a su destino. Aunque logre reducir a los revoltosos, el Guía de la revolución ya no podrá decir con solemnidad eso de que “El pueblo me sigue amando y la culpa de todo la tiene Al Qaeda”. Eso sin contar con que, el mero hecho de que el bloqueo de sus cuentas y bienes en el extranjero (¡hasta la finca en Málaga!) y, más grave aún, que le hayan abierto una causa penal en el Tribunal Penal Internacional por genocidio, le ha condenado a ser un desahuciado jurídico, militar y político sin más expectativa que la de alargar la agonía.

Efectivamente, sabemos poco de lo que de verdad se cuece en Libia porque, entre otras cosas, Gadafi se encargó de que así fuese convirtiendo su país en una Albania cerrada a cal y canto en la orilla sur del Mediterráneo a la que sólo se podía acceder, especialmente los periodistas occidentales, previa petición de visado que no era fácil de conseguir. Es más, cuando se lograba, se tenía generalmente que aprovechar en el marco de ese tipo de viaje organizado no en base a los intereses del viajero, sino de la propaganda del estado de las masas de la Jamahiriya. Pese a las secuelas de este aislamiento, es evidente que un triunfo logrado a base de un baño de sangre no pasa de ser una apuesta segura para convertir a Libia de un lodazal predispuesto a nuevas tempestades.

REPRESIÓN EN EL SÁHARA, EJEMPLO DE FALSA SOLUCIÓN
De la misma manera en que la brutal represión del campamento de Gdaim Izik en noviembre no ha acabado con la amenaza de nuevas revueltas en el Sáhara que tanto preocupa a Mohamed VI, Gadafi tampoco estará ya a salvo de nuevos brotes de ira popular. De acuerdo, son casos distintos porque lo que se juega en el Sáhara no sólo es el destino de un régimen absolutista feudal, sino la lucha de un pueblo (el saharaui) que además es víctima de una invasión extranjera. Pero hay modus operandi en estos déspotas del norte de África con similitudes inevitables. Una de ellas es que, aún si lograse restablecer el orden, Gadafi intentaría seguir como si nada hubiese pasado, aún a riesgo de que sus propios hijos, desesperados, le gasten con el pretexto del deterioro de la edad un golpe de estado médico como el que le dio Ben Alí al padre de la independencia tunecina Habib Burguiba.

Por supuesto que, como Mohamed VI, él también intentará hacer orden torturando y desapareciendo en oscuras mazmorras a los sospechosos de deslealtad a su despótico liderazgo. Aún así, en el desierto sahariano hay fibras sensibles que, cuando se tocan, desencadenan dinámicas imprevisibles y Gadafi, para ganar esta mano, al igual que el monarca alauita, no ha podido evitar dar un paso del que no hay vuelta atrás: el que lleva a humillar el orgullo altivo común a los beduinos del desierto sahariano.

A partir de ahí ya no hay reconciliación posible, ni siquiera entre los que, como ocurría en el Sáhara ocupado hasta el pasado noviembre, habían estado jugando con la hipótesis de ese posible acuerdo “sin vencedores ni vencidos” por el que apuestan los aliados del Marruecos alauita.

EL FACTOR “ORGULLO DE LOS PUEBLOS”
En las redes sociales donde los pueblos oprimidos organizan sus conspiraciones contra sus respectivos tiranos, ese orgullo está a flor de piel. Quién sabe si el pueblo egipcio se hubiese echado a la calle con la misma energía que lo hizo si hubiese tenido que ser el primero en dar el paso y no hubiese tenido el precedente tunecino.

Basta con seguir los comentarios de los periódicos argelinos para percibir que el derrumbe de Ben Alí ha tornado la despectiva percepción que el resto de la vecindad tenía sobre los tunecinos, de un pueblo dócil y sumiso incluso con la opresión colonial, en una rendida admiración. Ha ganado la autoestima tunecina y, a la vez, se ha desencadenado un “si ellos que son unos blandos han podido, no vamos a ser menos nosotros que siempre hemos presumido de ser unos fieras”.

El pueblo libio que tanto se enorgullece de haber puesto en jaque a lomo de camello al poderoso colonialismo italiano, no va a aceptar la humillación mundial de uno de los suyos. Ni siquiera con un apagón de las redes sociales donde los pueblos organizan sus quedadas con el firme propósito de lograr el éxito de tunecinos y egipcios al grito de “no sólo podemos, sino que lo haremos en menos tiempo que ellos”.

EL ESPEJISMO DE LA ESTABILIDAD DE LOS DICTADORES
Por eso, de la misma manera en que el derrocamiento de Ben Alí y Mubarak nos han dejado vigilando el día después y con las incógnitas de qué va a pasar ahora, una victoria de Gadafi o de Mohamed VI apostando por la continuidad de la injusticia tampoco la podremos tomar como una garantía de vuelta a la “normalidad” y esa “estabilidad” que, como ha reconocido hasta la ministra Trinidad Jiménez, se supone fue la contrapartida a que Occidente mirase hacia otra parte con tanto indeseable. Es comprensible que el riesgo desestabilizador de un Gadafi sentenciado no lo tengan en cuenta los Castro, Chávez, Ortega y Obiang que han acudido de inmediato en ayuda del coronel amigo suyo. Pero sí deberían tenerlo en cuenta Sarkozy y Berlusconi que, a la chita callando pero con mucha más eficacia aún que los dictadores del frente rojo, tanto están haciendo para cortocircuitar a Obama y salvar al dictador libio.

N. de la R.
Este artículo se publica con la autorización de Ana Camacho, periodista, activista intelectual y física, de los derechos humanos, que también se puede leer en su página de internet, enarenasmovedizas.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826