España, 18-12-2017

Francia empuja a la OTAN en Costa de Marfil para acabar con Gbagbo

África
Ana Camacho (24/4/2011)mascara-de-costa-de-marfil
Mientras en la ONU se sigue proponiendo, debatiendo y deshojando la margarita sobre si los cascos azules estacionados en el Sáhara Occidental deben hacer algo más que mirar hacia otro lado ante la sistemática violación de los derechos humanos, en Costa de Marfil los obreros de la paz se liaron a cañonazo limpio para acabar con la resistencia del durante diez años presidente Laurent Gbagbo.

La clave de esta interesante diferencia de actitud entre uno y otro escenario la tiene Francia que en su antigua colonia de Costa de Marfil ha removido Roma con Santiago para que la ONU intervenga con algo más que palabras y, en el del Sáhara, ha hecho otro tanto para lograr todo contrario, que los cascos azules no pasen de ser meros convidados de piedra ante las detenciones arbitrarias, desapariciones, torturas y atropellos que las fuerzas de ocupación marroquí practican con la población civil saharaui.

Desde que el eterno rival de Gbagbo, Alassane Uattara, fue reconocido por la comunidad internacional como el vencedor de las elecciones costamarfileñas del pasado 28 de noviembre, Francia ha desarrollado una febril y tenaz campaña diplomática en todos los foros internacionales de relieve, desde el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, pasando por la Unión Europea o sus entrevistas con Obama, para lograr sanciones y, sobre todo, las debidas bendiciones a una intervención de los militares franceses estacionados en el país africano en el marco de la llamada Operación Unicornio.

La culminación de esta estrategia fue la resolución 1975 que la ONU aprobó el pasado 30 de marzo instando a Gbagbo a que se retirase y pidiendo a la ONUCI (cascos azules en Costa de Marfil) el empleo de “todos los medios necesarios para poner en marcha su mandato para la protección de los civiles” incluyendo el uso de “armamento pesado contra la población”; la aplicación de sanciones contra Gbagbo, su esposa y su entorno, y advirtiendo sobre la competencia del Tribunal Internacional para juzgar a los autores de crímenes graves contra la humanidad” cometidos en Costa de Marfil. Con la tercera parte de tanta contundencia, los saharauis bajo ocupación marroquí ya estarían de celebración…

El texto de la resolución 1975 fue propuesto por Francia y Nigeria ante el Consejo de Seguridad que lo adoptó por unanimidad. Sarkozy obtuvo así los elementos necesarios para justificar la intervención de sus tropas en el marco de las resoluciones de la ONU y en apoyo de los cascos azules. La realidad es justo lo contrario ya que la intervención humanitaria onusiana ha servido de cobertura para la ofensiva de las fuerzas francesas contra el cuartel general de Gbagbo. Una ofensiva que ha resultado decisiva para el triunfo militar de Uattara.

Sarkozy ha rematado la faena invocando la causa de la legalidad democrática intentando convertir la batalla contra Gbagbo en un símil de las revueltas populares que acabaron con Ben Alí en Túnez y Hosni Mubarak en Egipto. Se supone que de eso iba este conflicto en el que tenemos uno de esos malos malísimos (Laurent Gbagbo) de las películas sobre autócratas africanos que no se resignan a que la era de los pucherazos y los regímenes vitalicios se ha acabado. Por lo tanto, una intervención a favor del bueno al que se atribuyeron en las urnas el 54% de los votos, debería constituir un final feliz en un capítulo de los muchos que quedan por escribir para que África deje de ser una excepción en las aspiraciones de los pueblos a gozar de las libertades y garantías del estado de derecho.

Pero esta guerra en la que fue la Suiza del África francófona nada (o muy poco) tiene que ver con las revueltas populares árabes. En primer lugar no es un conflicto de ahora sino que lleva casi diez años minando la paz en una zona en la que lo que empieza como una guerra civil tiene gran facilidad en rebasar fronteras y contagiar a los vecinos. De hecho, mientras Gbagbo ha sido acusado de reclutar a mercenarios liberianos tribalmente afines a sus simpatizantes, los ahora derrotados señalan al gobierno de Burkina Faso como la manmapa-de-africao que ha apoyado la rebelión del norte mayoritariamente musulmán que estalló en 2002 y ha acabado aupando al poder a Uattara.

Más grave aún, Gbagbo y la población del sur del país (mayoritariamente cristiano y animista) que lo ha apoyado creen firmemente que en realidad la ONU ha servido de peón a los designios neocoloniales de Francia y que, en esta batalla, han vencido los intereses de la Françafrique y no  los de la democracia y las libertades.

P.D.
En la foto, máscara zamble de Costa de Marfil, una de las 193 obras de arte africanas del pasado y del presente que forma parte de la exposición África, objetos y sujetos cuyos que se puede disfrutar hasta el 1 de mayo en el Teatro Fernán Gómez, en Madrid. (Aquí tenéis para animaros a que no os la perdáis una reseña del africanista Rafael Fraguas). El mapa es de The World Factbook de la CIA.

N. de la R.
Este artículo se publica con la autorización de Ana Camacho, periodista, activista intelectual y física, de los derechos humanos, además de secretaria de la asociación ADA (Asociación para el Desarrollo de África), que también e puede leer en su página de Internet En Arenas Movedizas.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826