España, 18-12-2017

15-M: Nuestro despertar les quita el sueño (1ª parte)

Sin Acritud…
Cordura (15/6/2011)nuestro-despertar-sera-vuestra-pesadilla
Las manifestaciones del domingo suponen un desafío para el movimiento español por la dignidad humana. Mostramos aquí, tratando de ser didácticos, por qué conviene que esa jornada sea un éxito.

«Si alguien no tiene apego hacia una persona o hacia un sistema, debería sentirse libre de dar plena expresión a su desapego siempre y cuando evite contemplar, promover o incitar a la violencia.»
(Gandhi, cuando era juzgado por fomentar el descontento hacia el Imperio Británico)

«En lo que me concierne personalmente, no he hecho otra cosa en mi vida que llevar hasta el fin lo que ustedes solo han llevado hasta la mitad, aunque se han consolado con la mentira de llamar prudencia a la cobardía.»
(Dostoyevski, Apuntes del subsuelo)

“¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos…? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar.»
(Jesús de Nazaret)

– ¿Es malo ser antisistema?
No. Lo que es malo es el Sistema. También es malo ser violento. Y el Sistema es violento en grado sumo.

– ¿Por qué a menudo el 15-M trata de desvincularse de los “antisistema”?
Porque, falazmente, los poderes político-mediáticos quieren hacernos creer que oponerse al Sistema supone identificarse con gente violenta. Los “antisistema” violentos son, en realidad, los mejores aliados del Sistema: le regalan una legitimidad que no tiene. Esto es así porque su violencia es menos sutil que la del propio Sistema.

– ¿Es bueno entonces declararse antisistema?
Es bueno decir NO al Sistema. Comprender que hay que cambiarlo, no simplemente “mejorarlo”.

Nuestro despertar será vuestra pesadilla
-Pero, ¿acaso no tiene cosas buenas?

No confundamos el Sistema con la sociedad. Pensemos en una persona con una enfermedad grave. Es muy posible que eso no le impida, al menos a ratos, caminar, pensar, disfrutar, crear, reír… Pero todo esto no le libra de su enfermedad ni de la imperiosa necesidad de erradicarla.

El Sistema es un cáncer social que debe ser extirpado. Porque, como dice el lema, “es antinosotros”.

– Pero, ¿qué es el Sistema?
Aquí no tenemos espacio para definirlo a fondo ni para describir sus raíces. Brevemente, podemos decir que es una red de intereses creados que, por medio del poder humano sobre humanos, tiende inexorablemente a aplastar a la persona y a convertirla en esclava. Esa red es la responsable de convertir a los políticos en una casta superior, de inflar burbujas para luego pincharlas, y de tramar y emprender guerras de agresión.

– ¿Tiene algo que ver con la corrupción?
Hasta la médula. El Sistema es corrupción institucionalizada. Es un grave error, muy común, pensar que sólo son corruptos los responsables políticos que han incurrido en chanchullos lucrativos o similares. O aún menos, que solamente lo son los “imputados”. Hay corrupción desde el momento en que se miente, se incumplen promesas, se invoca espuriamente la “razón de estado” para justificar crímenes, se finge debatir en el Congreso cuando sólo se busca socavar a la otra parte, se antepone el afán de poder a la justicia, se pasa por el aro de poderes superiores a costa de sacrificar los principios, se participa en una guerra para quedar bien con esos poderes…

Las llamadas “corrupción política” y “financiera” no son más que algunos rostros de algo mucho más esencial, la corrupción moral.

No sois corruptos sólo por robarnos, lo sois también por mentirnos

– Vale, pero aun aceptando eso, ¿acaso no vivimos en un sistema democrático? Sólo de fachada. Aparte de los conocidos, y mayúsculos, defectos del sistema electoral, pensemos en la casi absoluta ausencia de democracia directa (referendos), en la escasa representatividad real de muchos cargos (empezando por el jefe del estado) y en la inexistente separación de poderes, rasgos todos ellos muy al gusto de la partitocracia vigente.

¿Hasta qué punto decide el pueblo español en los asuntos que le conciernen? La falla es cada vez más clamorosa, pues hoy quienes realmente lo hacen son los tecnócratas al servicio de “los mercados” globales (eufemismo que incluye a banqueros, agencias calificadoras, gobernantes influyentes y organismos supranacionales). En su desvergüenza, los políticos no se recatan en acudir a foros semisecretos, como Bilderberg (y otros aún más oscuros), donde toman acuerdos sobre el rumbo de sus países y del mundo entero a espaldas de los ciudadanos. Entre todos ellos, con nuestro tácito consentimiento, han convertido nuestra “democracia” en el paraíso de su egoísmo, de su prepotencia y de su codicia.

¡Dejadnos vivir, que ya tenéis bastante!

Por otra parte, difícilmente podría ser considerado democrático el régimen de un país que aparentase serlo de puertas adentro, pero que se impusiera salvajemente en el exterior. Aunque fuera cierto que en los “países occidentales” impera internamente la democracia, ésta nunca sería genuina si externamente se practica la violencia para someter a otros seres tan humanos como nosotros. Si nuestro bienestar se basa en el malestar ajeno, estamos violando el principio de equidad que es consustancial a la idea de democracia. De hecho, se trata de un proceder nacionalista-egoísta o incluso racista. ‘Democracia’ es gobierno del pueblo para decidir su destino. El suyo, no el de los demás pueblos. Éstos tienen el mismo derecho a decidir el que les corresponde.

– Si, como hemos visto, el asunto tiene dimensiones globales, ¿sirve de algo que el pueblo de un solo país se rebele?
Claro que sirve, pues siempre puede lograr algún mínimo avance y, sobre todo, estimular a otros pueblos a hacer lo mismo. Pero es insuficiente: la respuesta a la globalización ha de ser también global, pues ya hemos visto que hay poderes supranacionales. Que sea intolerable que un gobierno ceda a sus presiones no implica dejar de reconocer que éstas son implacablemente brutales.

Por eso el enfoque de un pueblo rebelde que lucha por la dignidad tiene que contar hoy más que nunca con esa dimensión global. Es acertada la máxima “Pensar globalmente y actuar localmente”. Si no se hace así, las soluciones propuestas devienen superficiales. No se pueden pedir peras a un olmo. No se puede esperar que por cambiar la gobernación de un país vaya a cambiar su destino a medio plazo. Hay que cambiar el mundo.

– ¿Eso no suena demasiado utópico?

(Continuará)

N. de la R.
Este artículo se publica con la autorización de Cordura.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826