España, 29-09-2016

La rodilla mecánica

España
Amadeo Martínez Inglés (4/6/2011)rey-juan-carlos-i
Juan Carlos I,  jefe del Estado español y heredero de Franco a título de rey, necesita urgentemente, amables lectores, probos ciudadanos y súbditos todos de la reinstaurada monarquía borbónica, una nueva rodilla (por supuesto, la derecha), o sea, para los que no son futboleros y apenas entienden de estas cosas, una moderna prótesis de última generación que reemplace a la gastada rótula de su pierna derecha y que, dado el alto estatus personal y político del receptor, deberá estar formada, además de por las consabidas dosis de titanio, molibdeno y algún que otro chip cibernético, por un apretado racimo de diamantes y microperlas fabricados ex profeso para la ocasión por la Casa Real y que, una vez instalado el artilugio salvador en el adecuado lugar fisiológico del regio patoso, formarán a lo largo de su enferma corva el escudo real de la casa de Borbón. No, no, amigo lector, esto no representa para nada una exageración monárquica, es lo que manda el protocolo y una cosa parecida hicieron ya el pasado año los cirujanos del Hospital Clinic de Barcelona estampando a fuego (por laparoscopia, claro) en su pulmón derecho una “biocopia” de la corona borbónica.

Y bueno esto de cambiarle al rey a estas alturas  la “articulatio derechibus”  ¿a qué viene? se preguntará el lector español, sea republicano de derechas o de izquierdas (monárquicos españoles casi no quedan desde que hace unos pocos años se descubrió la falacia del 23-F y las juergas consuetudinarias de su líder pagadas con fondos reservados). ¡Pues a qué va a venir hombre de Dios! A que nuestro amado jefe del Estado, aunque ya acumula en sus cuadernas 73 tacos borbónicos (que equivalen, poco más o menos, a cien años de edad en un rojillo plebeyo con ADN no endogámico y que no le haya dado en demasía al tinto de cartón) necesita seguir marcando figura por desfiles militares, recepciones palaciegas, cenas de gala con señoras amojamadas y caballeros repletos de falsas medallas y ¡faltaría más! por estúpidas cumbres hispanoamericanas donde se trabaja poco y se bebe mucho. Y para eso, y para no acabar besando el suelo en todas y cada una de sus apariciones públicas como hacía el fallecido papa viajero recién beatificado, necesita urgentemente una nueva apoyatura en la derecha (en la rodilla de ese lado, se entiende, no en el PP que desde los tiempos de Aznar no está por la labor) que enderece un tanto su ya alicaída figura y le proteja de intempestivas caídas. Lo que ha estado a punto de ocurrir repetidas veces en los últimos años.

De todas formas, este hombre (sigo refiriéndome al rey que se sacó en su día de la bocamanga el prestigioso general y benemérito político que, según la Real Academia de la Historia, gobernó España con acierto infinito durante casi cuarenta años) dejando de lado lo de la prótesis digital que necesita y muy pronto le van a colocar en su pierna derecha, demuestra a diario últimamente estar mal, muy mal; y no solo físicamente sino un poco también (por no decir mucho) de la chola, de la chola regia, inviolable e irresponsable que protege (o por lo menos ha protegido hasta ahora) a todos los españoles. Y eso debería hacernos pensar un poco a todos. Porque la cosa nos puede afectar (nos va a afectar seguro) en el futuro cercano.

Él mismo, el monarca, tras la publicación de la nota que sobre su próxima operación quirúrgica publicó recientemente la Casa Real, en un encuentro informal con periodistas lo ha explicitado por activa y por pasiva: “Estoy fatal, fatal. Y encima hay muchos que ya me ven muerto y con un pino sobre la barriga” les espetó con cara de muy mala leche y un claro rictus de amargura a los informadores que se acercaron a él con evidente “animus pelotandi”. Terminando su escueto y sorprendente parlamento con una siniestra sonrisa y una sonora carcajada que dejó temblando hasta a las mismísimas alcachofas microfónicas que portaba el personal.

el-rey-y-el-23-fPero sí la pura verdad es que lo de este hombre, primer ciudadano de este bendito país, empieza a preocupar en las altas y bajas esferas. Hasta a mí, un “furibundo republicano” (el sambenito no es mío, me lo endosó una revista portuguesa el año pasado cuando pedí al Fiscal General de ese país que investigara la muerte del infante D. Alfonso de Borbón a manos de su hermano, nuestro actual monarca, hecho acaecido el 29 de marzo de 1956 y que fue silenciado por las dictaduras española y portuguesa) me produce ya verdadera pena contemplar el lamentable espectáculo que irradia ahora el antes impecable rey de todos los españoles. Y es que más que estar fatal, como él mismo reconoce, lo que está es feo, muy feo, rematadamente feo, escandalosamente feo, horrendamente feo. Con esa cara abotargada y enrojecida en extremo, que no cabe achacar ya en su totalidad a la gastronomía de autor que se usa en La Zarzuela; con esas patillazas que se marca últimamente dignas de un nonagenario José María “El Tempranillo”; con esa barba blanca de indigente cartonero neoyorquino que le da un aire sepulcral; con ese prominente pecho/barriga a lo pilsen con el que avasalla a los periodistas díscolos; con esas piernas anoréxicas y temblorosas que hace ya mucho tiempo se olvidaron de las impolutas pistas de Baqueira Beret; y, sobre todo, con ese endiablado rictus de amargura y tristeza que a mí me recuerda a uno cualquiera de los presos de Guantánamo…

Pero bueno, en estos momentos el verdadero problema con el que nos enfrentamos los españoles no es el estado de salud de nuestro amado rey, en general, y la urgente artroplastia a la que va a ser sometido, en particular. Lo preocupante a día de hoy para todos nosotros es el dilatado período de tiempo en el que por culpa de esa intervención quirúrgica, según los médicos, podemos estar sin su protección cuasi divina (dos meses).

Porque ¿Qué vamos a hacer sin él todo ese tiempo?  ¿Y si estalla un nuevo 23-F y le coge a nuestro salvador con la pierna derecha entre cojines como le cogió a su antecesor Felipe II la grave crisis de La Invencible?

¿Y si se recrudece en ese tiempo la crisis de los pepinos de Almería? ¿Y si surge la de los tomates y las berenjenas, con la bacteria “enterococus fecalis” (la de los guarros) como factor desencadenante y todo el mundo como zona de desastre?

¿Y si la ministra Chacón reconsidera su decisión, le devuelve el codazo a Rubalcaba y se presenta definitivamente a las primarias del PSOE?

¿Y si este último, con sesenta tacos y corriendo ya menos que una gacela paralítica, se desinfla y decide que lo quiere es vivir y no morir de un infarto electoral?

¿Y si los del 15-M no se van y se lía una buena con los comerciantes de la Puerta del Sol, que están ya hasta el gorro de debates, carpas, propuestas, turistas que no compran y letreros de “NO a la violencia”?.

¿Y si Rajoy se impacienta por lo que tarda ZP en irse y decide asaltar La Moncloa con el millón de jóvenes que se concentraran este próximo agosto en Madrid?

¿Y si los de bildu consiguen, después de defenestrar a Patxi López y arrasar en ayuntamientos y diputaciones, hacerse con la presidencia del Gobierno vasco y tras nombrar lehendakari a Otegi declaran la guerra a España? ¿Cómo se podría gestionar un nuevo “Abrazo de Vergara” con el rey cojo y sin poder montar a caballo?

¿Y si la UME (Unidad Militar de Emergencias), la Unidad más poderosa del Ejército español por número de soldados y cantidad de mangas de riego que posee (aunque ametralladoras tenga muy pocas), dirigida como todo el mundo sabe por muchos republicanos de uniforme, aprovechándose de la baja del monarca se subleva, organiza varios incendios en distintas provincias españolas y ocupa la mayor parte del territorio sin pegar un solo tiro o mangazo de agua?

Bueno, basta de elucubrar con hipotéticas desgracias nacionales que al final voy a asustar al personal. Lo que sí debería reconsiderar nuestro amado rey es esa decisión suya de seguir reinando mientras el cuerpo aguante. Ya ha cumplido con todas sus expectativas políticas, personales, familiares y en estas circunstancias, con la que está cayendo (y la que le puede caer a él el día menos pensado) debería irse. Así dejaría a este país seguir su camino, acabar con el último símbolo del franquismo (él) y pergeñar con tiempo y sin prisas un futuro verdaderamente democrático e ilusionante para los millones de indignados que lo pueblan en este momento, de norte a sur y de este a oeste.

El día que lo haga (y sobre todo si lo hace con los pies en la perpendicular de su regia cabeza) se lo agradeceremos amadeo-martinez-inglestodos (o casi todos) los españoles. Pero ¡ojo! llegado ese venturoso día convendría que el mandamás de turno en este bendito país (seguro que le toca a Rubalcaba, que es una lapa política) se ate bien los machos y se tome bastantes horas antes de firmar el constitucional decreto, o decreto ley, o mandamiento divino ad hoc (quizá tendría que intervenir también el cielo tratándose de un rey divino), por el que se dé carta de naturaleza a la coronación del heredero, el actualmente denominado príncipe de Asturias. El 22 de noviembre de 1975 salió bien (bien en el sentido de que trajo la paz y, por supuesto, el trágala). Eran otros tiempos, había mucho miedo en la sociedad española y un Ejército fascistoide vigilaba en la sombra. Hoy en día la cosa discurriría (discurrirá) por otros derroteros. Ha llegado la hora del cambio. Y no precisamente el que predica el Partido Popular…

N. de la R.
El autor es Coronel del Ejército español, escritor e historiador.        


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