España, 07-12-2016

Hace treinta y cuatro años, dos meses y un día, de las primeras elecciones democráticas después de Franco

Mi Columna
Eugenio  Pordomingo (16/8/2011)eugenio-pordomingo
Somos limpios como la paloma y astutos como la ser­piente”, afirmó Manuel Fraga Iribarne en un mitin de la campaña electoral de aquellas primeras elecciones generales del 15 de junio de 1977 tras la muerte del dictador Francisco Franco. El ejemplo -la cita aludida- no fue, que se diga muy acertada, pues ni la paloma es limpia ni la serpiente astuta. La primera ensucia todo lo que está a su alcance con sus abundantes y verdosos excrementos; y la segunda, tiene un cerebro muy pequeño y poco desarrolla­do, como la mayoría de los reptiles, aunque muchos ofidios tengan en sus colmillos poderosos y mortíferos  venenos.

Como mera curiosidad, hay que decir que Fraga tomó la frase prestada  -aunque no la debió memorizar bien- de San Mateo, y la reprodujo erróneamente. El apóstol dijo: “Mirad que yo os envío como ovejas en medio de los lobos. Por tanto, habéis de ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas”.

A un mes escaso de las elecciones generales de aquel 15 de junio de 1977, concretamente el 14 de mayo, don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, en un acto protocolario hizo renuncia de sus derechos a la Corona española y a la titularidad de la Casa Real en favor de su hijo Juan Carlos I de España: “Creo llegado el momento de entregarle -dijo Don Juan refiriéndo­se a su hijo- el legado histórico que heredé, y en consecuencia ofrezco a mi patria mi renuncia de los dere­chos históricos de la monarquía”.

Poco a poco, todo iba adquiriendo visos de normalidad, aun­que solo fuera en apariencia: los comunistas, ya lega­lizados, eran observados aún con cierto recelo por algu­nos sectores de la sociedad; lo mismo ocurría con las centra­les sindicales, aunque en este caso su legalización fue mucho menos problemática que la del PCE; de hecho, el reconocimiento sindical se había encauzado por otros derroteros.

De igual manera, las organizaciones patronales comenzaron un proceso de unión que les llevó poco más tarde a agruparse en una sola organización nacional; la que se denominó Confedera­ción Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), cuyos primeros presidente y secretario general fueron, respectiva­mente, Carlos Ferrer Salat y José María Cuevas. Varias organi­zaciones empresa­riales, algunas de ellas auspiciadas por los anteriores sindica­tos verticales con sus correspondientes líderes, habían colabora­do para que la fusión se llevase a efecto. Los hombres que más bregaron para consolidar en una sola entidad los esfuerzos empresariales fueron: Luis Olarra, Jesús Santos Rein, Félix Mansilla, Salazar Simpson, Agustín Rodríguez Sahagún, Max Mazin, Carlos Ferrer Salat y Alfredo Molinas.

Detrás de estos nombres había importantes ligazones  con la Banca y el empresariado,  cuando no con las multinacionales estadounidenses, francesas o alemanas. Las vinculaciones con prohombres del anti­guo Régimen eran, en casi todos los casos, muy notables, aunque de repente todos fueran demócratas convencidos.

Las organizaciones empresariales, en particular la CEOE, ha dedicado siempre una parte muy importante de su actividad al quehacer político, bien ayudando monetariamente, bien haciendo declaraciones y manifestaciones de fuerza; el caso es que continuamente han mantenido una fuerte influencia en determi­nados partidos políticos y en momentos claves de la reciente historia de España.  La influencia política fue más notable, en principio, en la derecha,  sobre todo en Alianza Popular y, más tarde, en el Partido Popular. Sin embargo, es más acertado decir que fue con José María Aznar cuando la CEOE se volcó sin fricciones ni impedimento alguno, llegando José María Cuevas a declarar públicamente su total apoyo al nuevo delfín de Fraga.

Las relaciones de Carlos Ferrer Salat y de José María Cuevas con Manuel Fraga tuvieron varios altibajos, mientras que con Antonio Hernández Mancha no fueron nada idílicas. La política de independencia que el joven presidente intentó llevar a la práctica durante su mandato en AP no gustó nada a la CEOE, que prefería a un Fraga que llamaba cada dos por tres a sus puer­tas reclamando árnica, o a un Aznar que, a pesar de sus nega­tivas posteriores, siguió la tónica de don Manuel, aunque de forma mucho más discreta, pero también  con resultados más eficientes.

Para la campaña de esas elecciones de 1977, Alianza Popular no tuvo problema alguno para conseguir dinero; dinero que se gastó a manos llenas y sin ningún control. Lo cierto es que en el resto de los partidos políticos se vivió el mismo esplendor. La campaña fue ostentosa, y se basaba casi exclusivamente en la figura de Fraga y en los méritos que le acompañaban. El resto de los que le acompañaban en el  cartel electoral quedó marginado; incluso Martínez Esterue­las que era uno de los más brillantes dialéc­ticos y el “más presentable” del elenco  de la derecha ´popular´.

Los esfuerzos que tuvieron que realizar los integrantes de AP por aquellos días fueron tremendos; parecía como si todos se hubiesen puesto de acuerdo para atacarles. Por su parte, Fraga no pudo neutralizar la campaña que se desató contra él. Unas veces la prensa aireaba historias suyas ante­riores, como el referéndum de 1966 (Ley Orgánica del Estado, en la que se decía que votaron hasta los muertos), o los graves sucesos de Montejurra y Vitoria. En otros casos, los ataques eran sobre aspectos familiares, como el referido a su sobrino, José María Robles Fraga -hijo de Carlos Robles Piquer y de Elisa Fraga, hermana del líder aliancista-, que se había declarado furibundo mili­tante socia­lista. Con el devenir de los años, el otrora joven socialista mudó la “afiliación” y logró ser diputado, sin mucho esfuerzo, en las listas del PP por la provincia de Córdo­ba en las legislaturas de 1993 y 1996.

Las declaraciones de los líderes de AP, especialmente las de Fraga, no estaban ayudando en la campaña electoral. Eso sí, se puede asegurar que  el programa de AP, como el del resto de los partidos políticos, fue en aquella ocasión el más sincero de todos los que después se presentaron a convocato­rias electorales.

franco-y-juan-carlos1En las elecciones del 15-J,  cada fotmación  político se  definió con más nitidez que nunca acerca del tipo de sociedad a la que decían aspirar y sobre las cuestiones candentes que preocu­paban a los ciudadanos. El discurso de todos los líderes era fácil­mente reconocible; más tarde, el lenguaje de todos se fue edulcorando y la ideología diluyendo en pos del único objetivo,  la tierra prometida, “El Dorado” del triunfo electoral, y  del consiguiente poder. Todo lo demás sería accesorio.

Las opiniones que los políticos manifestaban sobre la OTAN, el aborto, el sistema educativo, el marxis­mo, las autonomías, la función de los sindicatos, y un largo etcétera, serían también muy diferentes en el futuro.

Alianza Popular, tratando de conseguir una parcela importante de poder político, celebró su mitin de cierre de campaña en la plaza de toros de Las Ventas en Madrid. Allí se dieron cita más de 15.000 enfer­vori­zados simpatizantes de la ideología  que aglutinaba las siglas aliancistas. Ese respaldo del público levantó un tanto los ánimos, que poco antes se habían mostrado alicaídos al conocerse los resultados de algunas encues­tas.

El día 15 de junio la expectación era enorme. Hubo cierto grado de preocupación por lo que pudiera ocurrir. Los líderes de los partidos políticos fueron los primeros que acudieron a votar. Felipe González lo hizo sin corbata, con un traje claro, ofreciendo una imagen entre elegante y descuidada de “progre”. Así pretendían los socialistas atraerse los votos de una mayoría de ciudadanos que, induda­blemente, no eran socialistas, pero que querían un cambio. El “toque” de unas canas artificiales en las sienes de ¨Isidoro´ –apelativo con el que se conocía al candidato socialitsa, trataba de atraerse a los sectores que le consideraban demasiado joven. Y es que la socialdemocracia alemana y los servicios secretos españoles lo tenían todo muy pensado.

Fraga almorzaba el mismo día de las elecciones generales con el historiador Hugh Thomas y con el columnista del New York Times, Cyrus Sulzbaer­ger. Nada más terminar el copioso y costoso ágape, el líder conservador  volvió a la sede de AP, en la céntrica calle Silva de Madrid, donde permaneció hasta conocer un avance de los primeros resultados electorales. Los datos eran desastrosos para él, para su partido y para los que le habían ayudado económicamente.

El gran vencedor, aparte de EE. UU., Alemania, Francia y la Monarquía, fue Adolfo Suárez y su partido UCD (Unión de Centro Democrático) que, sin embargo, no logró mayoría absoluta. La sorpresa, relativa, la dieron los socialistas que alcanzaron una inusitada fuerza.

Con 166 diputados en el Congreso, Adolfo Suárez empezaba el calvario de tener que gobernar en minoría, atosigado por un partido socialista que, con 118 escaños, le trajo en constante jaque, por el camino de la amarguia. La calle, el terrorismo, las huelgas, ciertos empresa­rios, algunos militares… contribuyeron bastante a hacerle más arriscado su Gólgota particular. Más tarde, hasta el Rey Juan Carlos, contribuyço a ello.

Alianza Popular había obtenido sólo 16 diputados, 4 de ellos en Galicia; eso sí, en el pueblo de Villalba (Lugo), lugar donde vio la luz Manuel Fraga Iriberne, su partido había conseguido la mayoría absoluta. De eso  podían alardear pocos dirigentes políticos.

¿Quién había ganado realmente las elecciones? Pues todos, al parecer. Por supuesto, que quien las había ganado era la derecha económica, los poderes fácticos. El centro político, representado casi exclusivamente en esos momentos por la Unión de Centro Demo­crático, fue el nuevo vehículo sobre el que algunos poderes pensaron que había que continuar la inaugurada etapa de la transición.

Esos “poderes fácticos”, limitados en la época, aunque poderosos, fueron aumentando y diversificándose, debido especialmente a la ins­tauración de la democracia y, con ella, la aparición de nuevas entidades y centros de decisión. Así, los medios de comunicación pasaron  a ocupar un lugar preferente, por su poderosa in­fluencia en la opinión pública; La Comunidades Autónomas, los Sindicatos  (de trabajadores y empresarios), iban a adquirir, con el tiempo,  una importante parcela de poder y peso específico. Con esos nuevos centros de decisión e influencia, el juego de alianzas y contrapoderes entró en una dinámica insólita, propiciada por un escenario distinto y más complejo.

Una historia muchas veces contada, pero en versiones diferentes, según quien sea el narrador, fue el entreguismo de los gobiernos de Adolfo Suárez a las continuas presiones socialis­tas. Sería conveniente indagar a cambio de qué se hicieron concesiones de tal magnitud en TVE, en Radio Nacional de España y en la cadena de periódicos del Movimiento, por ejem­plo.

En aquellos días hizo furor la palabra consenso; todos, de una u otra forma, cedían algo, pero conseguían mucho más. ¿Qué decir de los éxitos logrados en esta etapa por la burguesía catalana y vasca a través de las formaciones políticas CiU y PNV?

Sin lugar a dudas, convenía en aquellos cru­ciales momentos que los socialistas y otras fuerzas “entraran por el aro” y que no cuestionaran algunos asuntos considerados capitales. El Partido Comunista preocupaba menos; y se sabía, por otro lado, que no iba a crear grandes problemas. Los comunistas habían estado muy atareados con obtener una legalización sin traumas, y ahora tenían que ofrecer una imagen dialogante, nada agresiva con el nuevo sistema del que ya formaban parte.

En ese conglomerado de intereses, presiones y pasiones, las cualidades de Adolfo Suárez eran las idóneas para ejercer el rol asignado, el continuo “toma y daca” que se avecinaba.

fraga-y-obiang1No está nada claro que con el resultado de las elecciones generales del 15-J de 1977 hubiese cambiado la correlación de fuerzas en España. Queda demostrado que el antiguo Régimen no había fenecido ni mucho menos; entre otras cosas porque los escasos aristócratas, los terratenientes, los banqueros y los grupos económicos más influyentes seguían siendo los mismos. Nadie les rascó entonces el bolsillo ni lo iba a hacer después. Todo lo contrario, se sumarían a ellos; se sentaríam juntos al reparto de la tarta.

Las Cortes de Franco no se hicieron el harakiri, ya que desde el propio franquismo partió el “cambio” y su permanencia. ¿Quién, reinstauró la Monarquía? ¿Quién ayudó a Felipe González a terminar con los verdaderos socialistas? ¿Quién protegió a Santiago Carrillo y  le apoyó para acabar con los comunistas del interior? ¿De dónde partió la legislación que entregó el inmenos patrimonio sindical acumulado durnate el franquismo,  a CC. OO. Y UGI, marginando, por ejemplo, a la CNT?  Y  así…

Adolfo Suárez fue, sin duda alguna, uno de los artífices de la transición española; al menos uno de sus actores impor­tantes. Existen, sin embargo, muchas tesis acerca de su papel en ese período y muchos interrogantes sobre algunos episodios no conocidos suficientemente hasta ahora, y que probablemente nunca conoceremos.

Hay un proverbio chino que dice: “Jamás se desvía uno tan lejos como cuando cree conocer el camino”. Y eso es lo que puede estar pasando en la España de 2011.

 N. de la R.
Resumen de un capítulo del libro “Diario Popular”, cuyo autor es Eugenio Pordomingo, que versa sobre Alianza Popular-Partido Popular, desde su creación hasta ahora. Este volumen todavía no ha visto la luz.


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826