España, 26-09-2016

Javier Fernández-Llamazares indaga sobre algunos nombres de la burguesía leonesa y ciertos hechos trágicos de la Guerra Civil

Crónicas de la Burguesía Leonesa

Crónicas de la Burguesía Leonesa

España
José Manuel González Torga (27/6/2013)
Como cronista de un tiempo y una parte de la burguesía leonesa, Javier Fernández-Llamazares teje un tapiz de perfiles familiares en torno a su propia estirpe, con otras relaciones de proximidad; las incidencias históricas, sin embargo, introducen en el curso descriptivo factores de tragedia que producen una dicotomía tan extrema como la que llevó a la guerra del 36 al 39 del siglo XX. La tremenda paradoja va del título principal –“Crónicas de la Burguesía Leonesa”– al subtítulo, inquietante desde la portada y lacerante a través del desarrollo de su lectura en el interior: “Sobre un episodio de la Guerra Civil en León”. El trabajo ha salido en un cuidado libro de Eolas Ediciones (León, 2012).

Los albores de la saga cabe situarlos en 1807, cuando la leonesa Catalina Fernández-Llamazares (originaria de Canseco),  contrae matrimonio con el asturiano (de Zureda), Francisco Salinas Lorenzo, banquero él con una firma que procedía de 1750; y rica heredera ella.

Desde 1834, fallecido el marido, la firma financiera se denominará Banca Viuda de Salinas y sobrinos. Éstos eran José y Felipe Fernández-Llamazares González; el primero de ellos era el mayor, puntal básico del negocio. Así pues, al morir su tía quedó al frente del mismo. Además de la variedad de actividades propias del crédito, constituyó una sociedad para explotar varias minas de cinabrio, estaño, plata y otros metales.

Desaparecido José, toma el relevo de la firma, muy potenciada, su hermano Felipe, el cual extiende las operaciones comerciales y financieras a Cuba y Filipinas, así como al ferrocarril, carreteras, explotaciones agropecuarias, etc. Tuvo relevancia política como alcalde de la capital leonesa y, además, como diputado a Cortes y senador. No dejó descendencia y, por ello, habría de ser a una nueva Catalina Fernández-Llamazares a quien correspondió la parte principal de la herencia del banco, así como la propiedad de la finca señorial “La Cenia”, en las cercanías de Mansilla de las Mulas. En plena Guerra Civil, Catalina se casó con el escultor Víctor de los Ríos, al cual hice una entrevista periodística, muchos años después, en su chalet y estudio de la madrileña calle de Ríos Rosas, con motivo de su autoría del monumento al pastor.

El hermano menor, de José y de Felipe, llamado Pedro, tenía también participación en la banca familiar. Descendiente directo suyo fue Pedro Fernández-Llamazares Escobar, en torno al cual giran las historias centrales del libro que nos ocupa.

Pluralidad de dedicaciones
Pedro Fernández-Llamazares Escobar (1884-1948) era un personaje polifacético. Estuvo al frente de la Banca Fernández-Llamazares y, cuando ésta resultó absorbida por el Banco de Bilbao en 1924, continuó como director de éste último en la capital leonesa. Pero, además, entre sus múltiples actividades, figuraron las siguientes: impartía inglés como profesor de la Escuela de Comercio, participaba en la industria eléctrica, estaba en la Asociación de la Prensa, presidía la Delegación de la Sociedad General de Autores, tuvo la condición de vicecónsul de la República Argentina, formó parte del Ayuntamiento leonés y presidió la Diputación Provincial.

En un capítulo sobre las relaciones endogámicas, tan características de la burguesía, aparecen los apellidos Fernández-Llamazares duplicados, las combinaciones Fernández-Llamazares Pallarés y, en orden inverso, Pallarés Fernández-Llamazares; así como el apellido compuesto de la estirpe de comerciantes-banqueros, sobre la que gravita esta obra, combinado con otros apellidos como Molleda ( representativo, durante la Restauración, de la línea conservadora frente a la liberal de los Merino), González del Rón o González Luaces. El médico Enrique González Luaces presidió la Diputación y tuvo dos etapas como alcalde de León; su cónyuge, Consuelo Fernández-Llamazares –un giro a la anécdota- debió de dar nombre a las bodegas de Pajares de los Oteros que lucían como firma la del abolengo propio, con vinos como el “tinto claro espumante”, ganador de una medalla de oro en la Exposición de Muestras de Barcelona del año 1930.

El edificio comercial Pallarés, en lo más céntrico de León, lucía como emblema el propio apellido. Además de su faceta mercantil, no cabe olvidar otros papeles profesionales y políticos entre miembros de esta familia: así Santiago Pallarés Berjón como médico; Ricardo Pallarés Berjón como fundador del Partido Republicano Leonés Autónomo y presidente de la Diputación en 1931; y Enrique Pallarés Moliner alcalde de León asimismo durante la II República. Pedro Fernández-Llamazares Escobar compartía con ellos la condición política de republicano.

En el libro encontramos la relación de los elegidos en 1931 para el Congreso de los Diputados por la circunscripción de León, que no me resisto a reproducir: Publio Suárez Uriarte, abogado (Agrupación al Servicio de la República); José Ortega y Gasset, catedrático (Agrupación al Servicio de la República); Félix Gordón Ordás, veterinario (Republicano Radical Socialista); Gabriel Franco López, catedrático (Acción Republicana); Justino de Azcárate y Flórez, abogado (Agrupación al Servicio de la República); Alfredo Nistal Rodríguez, empleado (Socialista); Miguel Castaño Quiñones, periodista (Socialista); Juan Castrillo Santos, notario (Republicano Progresista); y Herminio Fernández de la Poza, militar (Republicano Radical); este último accede al escaño por la renuncia de Francisco Molleda Garcés, abogado del Estado. Miguel Castaño dejó en cambio la alcaldía para dedicar su quehacer al escaño de parlamentario.

Del costumbrismo burgués a la tragedia
Los hechos del denominado, con extremada suavidad, “episodio de la Guerra Civil”, derivan de un Consejo de Guerra llevado a cabo en León, en noviembre de 1936, en el que se producen quince condenas a muerte para los siguientes encausados: Emilio Francés (ex-gobernador civil), Miguel Castaño Quiñones (ex-alcalde de León y diputado al Congreso), Ramiro Armesto Armesto (ex-presidente de la Diputación), Lorenzo Martínez Baca (líder del Partido Sindicalista) Orestes Vara Lafuente (jefe de Correos), Onofre Gerardo García García, Anastasio Carrillo Campomanes, Modesto Sánchez Cadenas (artista pintor), Lorenzo Martín Marassa, José María de Celis Gascón ( del Partido Comunista), Manuel Santamaría Andrés; Félix Sampedro Giménez (del Frente Popular leonés), Antonio Fernández Martínez (del Sindicato Minero Castellano), Jesús Fernández Rodríguez e Isidoro Álvarez López. 

Nuestro cronista, por obra y gracia del libro, aporta documentos que encontró, según dice, en una vieja maleta relegada al desván. Sendos escritos de la Jurisdicción Militar de León resumen, con el lenguaje propio del momento, la imposición de multas a leoneses bien conocidos por aquellas fechas, que solicitaron el indulto para todos aquellos sentenciados a la pena capital. Constan, con arreglo a una escala de cuantías, aplicada de esta manera: 50.000 pts. a Ricardo Pallarés, director de la Caja Provincial Leonesa de Previsión; 10.000 pts. a Pedro Fernández-Llamazares, director-gerente del Banco de Bilbao; 10.000 pts. a Fernando González Regueral, director del Banco Herrero (luego sería alcalde de León, en plena contienda civil); 5.000 pts. a Antonio Rosales Rouco, director del Banco Central; 5.000 pts. al arquitecto Juan Crisóstomo Torbado; 3.000 pts. a Mariano Alonso Vázquez, director del Monte de Piedad (había sido senador y presidente de la Diputación); 2.000 pts. a José Pinto Maestro, director del “Diario de la Mañana”; 2.000 pts. a Filemón de la Cuesta, director del “Diario de León”; 300 pts. a Enrique Iglesias, juez de 1ª Instancia de León; y 200 pts. a Francisco Valenzuela Ulloa, interventor del Estado de Ferrocarriles.Esas sanciones constituyen un testimonio, que permanecía inédito, y que pone de relieve cómo un elenco de figuras representativas del León de entonces se opuso, por escrito y dando así la cara con su firma, a unas sentencias a muerte dictadas en días de sangre y fuego.

Otros recuerdos y apuntes
Sí era conocido en cambio, y se recuerda, que el Obispo de León, José Álvarez Miranda, que fallecería en 1937, había pedido clemencia para los seis condenados en un Consejo de Guerra anterior al reseñado y en el que recibió la sentencia a muerte el abuelo del luego presidente Rodríguez Zapatero, capitán Juan Rodríguez Lozano, al igual que los otros cinco encausados en el sumario: Alfredo Barthe Balbuena (abogado), Timoteo Bernardo Alonso, Domingo Fernández Pereiro, Rafael Álvarez García y Fernando Morán Fernández.

Pedro Fernández-Llamazares

Pedro Fernández-Llamazares

A quien sí pudo salvar la vida el mismo prelado fue al tipógrafo y luego celebrado periodista y poeta Victoriano Crémer, sobre el cual figuran en el libro algunas reticencias y contradicciones.

Como figura especialmente patética queda esbozada la de Miguel Castaño, ya abandonado de recién nacido en la inclusa, pero defendido hasta la muerte por las monjas del Hospicio. Parece contar con una base auténtica el lamento profundo de una de sus cartas de despedida: “No vale pensar en esta trágica ironía de la vida de que se fusile a quien pasó por el mundo haciendo el bien a todos: a los derechistas y a los izquierdistas; a quien tanto trabajó por su pueblo, que era tanto como trabajar por España; a quien amó a su hogar con el amor de sus amores; a quien vivió austera, pobre, honradamente; a quien desde pequeño mantuvo a los suyos trabajando sin descanso hasta la hora de morir. Indudablemente, no puede ser más trágica la ironía; pero ésta es la verdad. Ya sé que todo León, con rarísimas excepciones, sabe y reconoce esta gran injusticia que se comete conmigo. Ello me honra, como me honra que vosotros estéis orgullosos de mí. Es la gran satisfacción que llevaré a la tumba…”.

La contrafigura en esas páginas debidas a Javier Fernández-Llamazares la encarna el comandante de la Guardia Civil y Delegado de Orden Público, Luis Medina Montoro. El cronista incorpora testimonios centrados en su acción represiva. Y se pregunta: “¿Cómo es posible que una figura de esta magnitud y relevancia en la historia de la Guerra Civil en León haya pasado tan inadvertida, salvo en la más reciente historiografía…?”.

La obra, rica en datos e ilustraciones gráficas, aporta muchos más elementos y matices, tantos como para desbordar cualquier resumen periodístico. Tal vez, en aras de facilitar su asimilación, hubiera requerido un flujo menos dado a la dispersión. Ahora bien, la acumulación también permite sorpresas inesperadas. Por ejemplo en relación con mi familiar de generación anterior, el canónigo José González, quien pasó por la dirección de “Diario de León”, encuentro un artículo en una de las páginas reproducidas (“Las esencias tradicionales”, alineado con León XIII); y, en otra página de la hemeroteca correspondiente al mismo diario, un anuncio de su novela “Lazo de almas” (de venta, se señala, en la casa del autor y en tres librerías).

Libros como éste de Javier Fernández-Llamazares constituyen auténticas y sorprendentes joyas. En concreto, aquí tenemos el contraste entre una burguesía capitalina de provincia, apta para la acuarela colorista y el choque con la Guerra Civil, abocado al aguafuerte tenebroso.

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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826