España, 29-09-2016

EE UU: El Último que Apague la Luz

Estados Unidos
[SEPA] Diario El Peso (18/10/2013)Estados Unidos en quiebra
Si Usted ingresa al sitio de información de la NASA encontrará una leyenda que dice:

“Due to the lapse in federal government funding, this website is not available. We sincerely regret this inconveniente”.

Traducido al español, la frase nos dice que: “…Debido a la interrupción en la financiación del gobierno federal, esta página web no está disponible. Lamentamos profundamente las molestias…”

La advertencia de la NASA, es una muestra de lo que puede estar sucediendo en la mayor parte de la administración federal, salvo en defensa. La situación ilustra lo que ha dado en llamarse “Cierre del gobierno” en los Estados Unidos. En realidad por el momento es un cierre de importante magnitud, pero parcial.

El Departamento de Trabajo estadounidense tampoco publicó, como lo hace el primer viernes de cada mes, las cifras del desempleo. El organismo dijo que “no recolectará datos, no emitirá informes ni responderá a consultas públicas hasta que el gobierno federal reanude sus operaciones”.

Esta circunstancia ha generado una relativa atención en los medios internacionales, dispersa entre la crisis de Siria con sus puntos álgidos y mesetas, el permanente vaivén de la tensión en Corea del Norte, las dispares noticias del enfrentamiento con Irán, las acciones en Libia de unidades militares especiales de los Estados Unidos y una multitud de otras “noticias” intrascendentes o peor aún, pueriles.

Pero ¿qué es el cierre del Gobierno? En concreto es la consecuencia de la falta de acuerdo político sobre el límite de la deuda pública del país, a la hora de aprobar el presupuesto anual. La Casa Blanca ordenó el “cierre ordenado” de parte de la administración pública de los Estados Unidos debido al fracaso del Congreso para aprobar un presupuesto para el año fiscal 2014, que comenzó el pasado 1º de octubre.

En los hechos el resultado de esta decisión se traduce en que 800.000 empleados del gobierno federal, dejarán de percibir su salario, viéndose obligados a tomar “vacaciones forzadas”, que en realidad no son tales porque no son pagas.

En parte, la disputa por el presupuesto se explica por el deseo de los republicanos de bloquear la discutida reforma sanitaria impulsada por el presidente Barack Obama. El Partido Republicano insiste que se elimine la reforma sanitaria de Obama o se posponga su implementación; cuando ese es el programa principal del presidente estadounidense y todo apunta a que no dará su brazo a torcer en ese punto. El Gobierno “apagó” el aparato administrativo en la madrugada del martes primero de octubre pasado, cuando el Congreso se negó a aprobar una prolongación del financiamiento de los salarios en las instituciones federales. Cientos de miles de funcionarios públicos están de brazos cruzados en este momento.

Muchos analistas han advertido que el dólar estadounidense cayó al mínimo de su valor en los últimos ocho meses, el 3 de octubre. Algunos inversionistas confían en que demócratas y republicanos pactarán a tiempo para evitar daños duraderos a la economía, aunque están conscientes que la pugna en el Congreso por elevar el límite de endeudamiento (que es el mayor de los problemas) podría llevar más tiempo.

El Presidente Obama declaró: “No puedo (negociar) bajo la amenaza que si los republicanos no se salen con la suya al cien por ciento, cerrarán el Gobierno o permitirán el default de Estados Unidos. (…) Eso es algo que no voy a hacer, no vamos a establecer ese patrón”, sin embargo las propias declaraciones ya indican que no pretende ganar totalmente la pulseada, cuando admite que no se van a salir con la suya al 100% (no aclaró a qué 100% se refiere).

Queda preguntarse quién se llevará el porcentaje mayoritario, aunque el punto de partida de Obama deja pocas dudas. En efecto si empezamos a decir que “no se llevarán el 100%”: ¿Esa cifra es la base o parámetro para comenzar la discusión? Es muy difícil remontar una negociación así y es muy fácil imaginar a los talibanes del “Tea Party” plantarse en el 98%, dejando un escaso margen del 2% para discutir (insistimos que no conocemos qué puede ser cuantificado porcentualmente).

Obama insistió en su disposición a sentarse a hablar con la oposición, pero volvió a reclamar como condición innegociable previa, que los republicanos desbloqueen el presupuesto y la negociación del techo de la deuda. De hecho en este “juego de la gallina” como lo definiría David Morton al explicar la teoría de los juegos, ambas partes especulan con las serias consecuencias que el mantenimiento del cierre tendría para la economía. Si la oposición republicana y Obama continúa sin ceder y el Parlamento no logra aprobar un aumento del techo de la deuda, lo que podría ocurrir es que Estados Unidos caiga en default en menos de dos semanas.

En este contexto, la preocupación es cada vez es mayor en Washington y en los mercados internacionales ante las posibilidades de un default sin precedentes de la economía de Estados Unidos. Mientras tanto continúan bloqueadas las negociaciones sobre la deuda, entre republicanos y demócratas en el séptimo día de parálisis del Estado federal.

La Casa Blanca advirtió que un eventual default de la deuda de Estados Unidos generaría un “escenario terrible”, con consecuencias a largo plazo. Asimismo, el Departamento del Tesoro estima que el 17 de octubre ya habrá agotado su abanico de medidas paliativas en caso de que no se apruebe en el Congreso un aumento del techo de la deuda.

El último domingo (6 de octubre), el presidente republicano de la Cámara de Representantes, John Boehner, volvió a mostrarse reticente y excluyó que sus compañeros de bancada aprueben tal aumento si no obtienen concesiones políticas de parte del presidente demócrata Barack Obama, insistió en lo relacionado con la reforma sanitaria.

Para los demócratas, la única salida posible a la crisis sería un aumento del techo de la deuda, actualmente fijado en 1,67 billones de dólares. El secretario del Tesoro, Jack Lew, declaró, por su parte, el domingo, que Estados Unidos se quedará sin su capacidad para pedir prestado el 17 de octubre y con sólo 30.000 millones de dólares en efectivo o en a mano para cumplir con sus obligaciones.obama1

En realidad, la crisis política estadounidense no es partidaria sino sistémica, dado que la estructura institucional del país, diseñada a partir de un sistema presidencialista con dos partidos aparentes, está revelándose insuficiente para afrontar los desafíos políticos del siglo XXI.

Estados Unidos es una democracia restringida con un diseño político partidario que no es plural, sino de partido único con dos facciones internas principales (demócratas y republicanos) y con facciones extremas (como el Tea Party), que funcionan en la interna republicana que responden a las viejas minorías, que hoy no se sienten representadas por las “estructuras obsoletas” que tanto les han servido en décadas anteriores.

El partido demócrata (que en el siglo XX asumió el rol “progresista” que en el siglo XIX por momentos había tenido la facción republicana), ha unificado su discurso en política exterior con sus aparentes adversarios y ha empobrecido la política económica estadounidense reduciéndola a una mera discusión metodológica no sustantiva sino sobre “porcentajes” que se traduce en determinar cuánto se endeuda el país o a qué nivel “elevo” la paupérrima política social del estado, hoy representada por la problemática del “seguro médico”. Además ha quedado a merced de la extorsión política de un grupo minúsculo a quien no le interesa el bienestar de los ciudadanos del país ni las consecuencias de su actitud sobre el destino de una nación.

Preocuparse por el “techo de la deuda”, es legítimo en la coyuntura pero irrelevante a la hora de analizar porqué el estado ha llegado a tolerar un sistema de financiamiento que lo compromete extorsiva y definitivamente favoreciendo a un pool de bancos privados que se convierten en acreedores de una nación que además se endeuda sin informar debidamente los rubros del endeudamiento.

En este escenario es difícil determinar quien gana y quien pierde, no gana el partido del gobierno reducido a discutir migajas y sujeto a la extorsión de una minoría que ya ha determinado otros aspectos de su gestión. Tampoco gana el partido republicano, reducido, arcaico, extremista y que no vacila en llegar al borde del precipicio para obtener sus fines y que probablemente no tenga chances en lo inmediato con su actual discurso. Sabemos con certeza que pierde la población en general. Entonces ¿Quién gana? Es una pregunta que los estadounidenses deberían intentar contestar.

N. de la R.
Este artículo se publica con la autorización de Diario el Peso.


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826