España, 30-09-2016

Dylan Farrow, hija adoptiva de Woody Allen, le acusa de haberla violado cuanto tenía 7 años

Estados Unidos
espacioseuropeos (2/2/2014)

Woody Allen, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002

Woody Allen, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002

Dylan Farrow, hija adoptiva de Woody Allen, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2002, le acusa de haberla violado cuanto tan sólo tenía 7 años. La joven, de 28 años, lo ha hecho público a través de una carta en el blog del prestigioso periodista Nicholas Kritoff en el diario The New York Times.

La hija adoptiva de Woody Allen, director de cine, le acusa de haber abusado sexualmente de ella cuando tenía 7 años. Dylan Farrow le dedica la carta a su padre adoptivo. La difusión de esta misiva está dando la vuelta al mundo, entre otras cosas, debido a que el blog de Nicholas Kritoff en el diario The New York Times es muy visitado.

A continuación pueden leer la mencionada carta (traducida) que publicamos gracias anoticiasdeamerica

La Carta
¿Cuál es tu película favorita de Woody Allen?

Antes de que contestes, deberías saber esto: cuando yo tenía siete años, Woody Allen me tomó de la mano y me llevó a una especie de closet-ático oscuro, en el segundo piso de nuestra casa. Me dijo que me acostara sobre mi estómago y que jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Después, me agredió sexualmente. Me habló mientras lo hacía, susurrándome que yo era una buena niña, que éste era nuestro secreto, prometiéndome que iríamos a París y que yo sería una estrella en sus películas. Recuerdo haber mirado fijamente el tren de juguete, concentrándome en su trayecto circular alrededor del ático.

Al día de hoy, me cuesta trabajo mirar trenes de juguete.

Hasta donde puedo recordar, mi padre me había hecho cosas que no me gustaban. No me gustaba la asiduidad con la que me alejaba de mi madre, hermanos y amigos para estar a solas conmigo. No me gustaba que me metiera el pulgar a la boca. No me gustaba cuando tenía que meterme a la cama con él cuando él estaba en ropa interior. No me gustaba cuando colocaba su cabeza sobre mi regazo desnudo e inhalaba y exhalaba. Me escondía debajo de las camas o me encerraba en el baño para evitar estos encuentros, pero siempre me encontraba. Estas cosas sucedían con tanta asiduidad, de manera tan rutinaria, tan hábilmente escondidas de una madre que me hubiera protegido de haberse percatado, que yo creía que era normal. Yo creía que esta era la manera en la que los padres miman a sus hijas. Pero lo que me hizo en el ático se sintió diferente. No pude seguir manteniendo el secreto.

Cuando le pregunté a mi madre si su padre le hizo a ella lo que Woody Allen a mí, honestamente no sabía la respuesta. Tampoco imaginaba la tormenta que desataría. No sabía que mi padre usaría su relación sexual con mi hermana para cubrir el abuso que me había infringido. No sabía que acusaría a mi madre de haber insertado el abuso en mi cabeza y que la tildaría de mentirosa por defenderme. No sabía que sería obligada a contar una y otra vez mi historia, a un doctor tras otro, empujada para ver si en algún momento admitía estar mintiendo como parte de una batalla legal que no tenía posibilidad de entender. En cierto momento, mi madre me sentó y me dijo que no habría problema alguno si admitía estar mintiendo –que podía retractarme. No podía. Todo era verdad. Pero las acusación de abuso sexual contra los poderosos mueren con mayor facilidad. Había expertos deseosos de atacar mi credibilidad. Había doctores deseosos de enloquecer a una niña abusada.

Tras una audiencia sobre la custodia en la que se le negó a mi padre su derecho a verme, mi madre desistió perseguir cargos criminales, a pesar de hallazgos de probable culpabilidad en el Estado de Connecticut –debido a, en palabras del fiscal, la fragilidad de “la niña víctima”. Woody Allen jamás fue condenado por crimen alguno. Que se haya salido con la suya después de lo que me hizo me ha perseguido durante mi crecimiento. Vivía afligida por la culpa de haber permitido que estuviera cerca de otras niñas. Me aterrorizaba ser tocada por otros hombres. Desarrollé un problema alimenticio. Comencé a cortarme. Ese tormento fue empeorado por Hollywood. Todos salvo algunos pocos (mis héroes) se hicieron de la vista gorda. A la mayoría le pareció más fácil aceptar la ambigüedad, decir, “quien puede saber lo que sucedió”, pretender que nada estaba mal. Actores lo alababan en entregas de premios. Las cadenas lo ponían en televisión. Los críticos, en revistas. Cada vez que veía la cara de mi agresor –en un poster, una playera, en televisión– solo podía esconder mi pánico hasta encontrar un lugar para estar sola y desmoronarme.

La semana pasada, Woody Allen fue nominado por su Oscar más reciente. Pero en esta ocasión me rehusé a sentirme abatida. Por mucho tiempo, la aceptación de Woody Allen me hizo callar. Se sentía como una reprimenda personal, como si los premios y los galardones fueran una forma de decirme que me callara y me fuera. Pero los sobrevivientes de abuso sexual con los que he tenido contacto –para apoyarme y compartir sus miedos de lo que vendría, de ser llamados mentirosos, de escuchar que sus recuerdos no son sus recuerdos– me han dado una razón para no permanecer callada, si tan solo muchos otros supieran que tampoco tienen que estar callados.

Hoy me considero afortunada. Estoy felizmente casada. Tengo el apoyo de mis maravillosos hermanos y hermanas. Tengo una madre que encontró dentro de ella misma la fortaleza que nos salvo del caos de un predador llevado a nuestra casa.

Pero otros permanecen asustados, vulnerables, luchando por el coraje para decir la verdad. El mensaje que Hollywood envía les importa.

¿Qué si hubiera sido tu hijo, Cate Blanchett? ¿Louis CK? ¿Alec Baldwin? ¿Qué si hubieras sido tú, Emma Stone? ¿O tú, Scarlett Johansson? Me conociste cuando era una niña, Diane Keaton. ¿Me has olvidado?

Woody Allen es un testimonio viviente de la manera en la que nuestra sociedad le falla a los supervivientes del abuso y la agresión sexual.

Imagina a tu hija siendo guiada de la mano a un ático por Woody Allen. Imagina que pasa su vida sintiendo nauseas cuando mencionan su nombre. Imagina un mundo que festeja a su atormentador.

¿Te lo estás imaginando? Ahora, ¿cuál es tu película favorita de Woody Allen?

¿Qué sientes?”


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826