España, 30-09-2016

El otro Sócrates

Sin Acritud…
Alberto Buela (16/3/2014)socrates
A R.W., fruto de una socrática charla en V. Urquiza.
En el ámbito de la historia de la filosofía existe una visión y versión de lo que fue y dijo Sócrates, que nos llegó a través de Platón y sus diálogos. Pero los argentinos, que desde siempre hemos tenido raros privilegios, tenemos además la versión del Sócrates que leyó el ex presidente Menem ( 1).

La otra interpretación, de la que nos vamos a ocupar, es la que nos trae el historiador, militar y algo filósofo, Jenofonte (431-354), quien fuera también discípulo suyo.

Platón, en todos sus diálogos nos presenta invariablemente a Sócrates como un ser superior, incluso al comienzo nomás del Sofista nos habla de “un dios disfrazado de mortal” bajo la forma del filósofo, que merodea por las ciudades ( ). Es un Sócrates que no tiene necesidades humanas y que pasa su vida predicando la virtud con su ejemplo personal. Su condena y muerte relatadas en la Apología nos lo pintan como un ejemplo de abnegación y sometimiento a las leyes de Atenas.

El otro Sócrates, el de los Apomneumata o Memorables de Jenofonte, nos es presentado como un griego clásico regido por la medida y la mesura, como lo fueron los siete viejos sabios de Grecia. Nada en exceso o todo en su medida y armoniosamente. El famoso término medio que después Aristóteles recoge como norma de la virtud o en la clase media como mejor expresión de la democracia.

Es presentado como un hombre amigo del pueblo. Era de comer poco pero buen bebedor a quien toda bebida le resultaba agradable. Se mantenía sobrio y despierto en los banquetes hasta el final de los mismos. Respecto de la pasión sexual aconsejaba huir resueltamente de las personas bellas, porque decía, no es fácil permanecer sabio y cuerdo con su trato. Tal vez por ello, decía, los amores son denominados flecheros, porque los bellos pueden herir a distancia.

Al respecto trae una anécdota cuando van a ver a Teodota, una bella mujer de esas que se dejan ir con quien las convence, que estaba posando desnuda para un pintor. Luego de gozarse con el espectáculo afirma: nos llevamos el deseo de tocar lo que hemos visto. Y cuando aparece Teodota elegantemente vestida, Sócrates se ofrece, dado que ella no tiene bienes, para cazarle amigos creando trucos a la manera de los que se emplean para cazar liebres.

¿Qué medio parecido puedo emplear yo para la caza de amigos?, dijo Teodota. Hace falta, replicó Sócrates, que el lugar de perros haya alguien que se ponga sobre la pista de los amantes de la belleza y sobre la de los ricos, que los encuentre, y que, encontrados, se ingenie para hacerlos caer en vuestras redes.

A lo cual respondió Teodota ¿ por qué Sócrates no te haces cazador de amigos?. Ven pues a verme frecuentemente. A lo que respondió Sócrates: no quiero que vos me atraigáis sino que vengáis a mí. Pues iré y me recibirás. Si, dijo Sócrates terminando el diálogo, os recibiré si no hay alguien a quien ame más que a vos.

Es decir, Sócrates, hablando en porteño, se ofrece como un cafichio, como un rufián, como un proxeneta. No es que lo fuera, pero todo el diálogo da a entender que no era un nene de pecho, un naïf sino un hombre de mundo y con mucha calle.

Modesto en sus sacrificios, pues su fortuna lo era, pero sobre todo porque sostenía que los dioses no pueden aceptar con mayor benevolencia las grandes ofrendas que las pequeñas. Es más, con frecuencia los dones de los malos les resultan más agradables que el de los buenos. Como no recordar la frase del Evangelio: hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de arrepentirse.

En las cosas celestiales disuadía a sus discípulos de ocuparse mucho de ellas pues tenía tales secretos impenetrables para los hombres y creía que los dioses tomaban a mal el que el hombre quisiera penetrar los misterios que ellos no querían revelar.

Con respecto a la política sostenía que no se dedicaba a ella pero que trataba de hacer capaces de ella al mayor número de ciudadanos. Sostenía que hay que estar prevenidos porque ahora los gobernantes hacen leyes en su propia patria para que no se les haga mal a ellos, y amigos para que en la futura necesidad los ayuden. ¿Tiene esto que ver con la actualidad política?. Al menos se parece bastante.

Con respecto a las ciencias urgía a sus discípulos a que aprendieran todo aquello necesario para bastarse a sí mismo pero desaprobaba el que se continuara tal o cual estudio hasta meterse en problemas más difíciles, porque, decía, no veía su utilidad.

Afirmaba: no meterse en investigaciones vanas. Incluso para hacer que aprendieran lo que él mismo no sabía con suficiente competencia, procuraba llevarlos a maestros más doctos. Es decir, que cumplía la función de un abre puertas y no de un impedimento.

Finalmente respecto de su condena y muerte Jenofonte sostiene que: Sócrates estaba ya bastante adelantado en edad, y tanto que no le quedaba ya sino poco tiempo de vida: además, que sólo perdió aquella parte de la vida, la más penosa, en que la inteligencia se debilita en los hombres. Y cuando Hermógenes le dice que él debe hacer su apología, Sócrates le contesta: ¿no te parece que me he ocupado de ella toda mi vida.

Alberto Buela

Alberto Buela

Sócrates soportó treinta días después de haber sido condenado a muerte porque las fiestas de Delos caían el mismo mes y la ley prohibía ejecutar ninguna sentencia de muerte antes de la vuelta de la peregrinación a Delos. Y si bien no huye de la cárcel como le proponen algunos de sus discípulos, entre ellos Platón, por obedecer las leyes de Atenas, que habían sido su madre y su partera, el fondo existencial es que Sócrates se consideraba a sí mismo ya cerca de la parca. Y además quiere pasar a la historia pues: veo que la fama de los hombres que me han precedido en la vida pasa a la historia diferentemente según que hayan sino autores o víctimas de injusticias.

Saque el lector sus conclusiones y dígame si este no es: el otro Sócrates

[1] No es necesario recordar que Sócrates nunca escribió nada, ni existe alguna obra que se le atribuya.
[1] Néstor Cordero, quien se pasó veinte años cobrando todos los meses para estudiar el Sofista, en su menguado comentario dice: ¿asimila aquí Platón a los amantes de la sabiduría a las divinidades?. No se dio cuenta, nihil posse dare qui non tenere, que Platón se refiere a Sócrates a quien admira y endiosa, a pesar que Teodoro en el renglón anterior afirma: este hombre (el extranjero) no es en absoluto un dios..

N. de la R.
El autor es profesor de Filosofía, que se define a si mismo como arkegueta, eterno comenzante.


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