España, 26-09-2016

Manuales de buenas costumbres, urbanidad y cortesía

Buenas costumbresMi Columna
Eugenio Pordomingo (2/3/2014)
Antaño era habitual ver en las estanterías y escaparates de las librerías ejemplares que versaban sobre las buenas costumbres, urbanidad, cortesía, exquisitos modales y educación, cuyo objetivo además de vender ejemplares era mostrar la utilidad de una buena convivencia que se consigue con usos, costumbres y maneras más sociales y educadas; ahora se englobaría en el término democracia o tolerancia, y el salirse de la norma como “diversidad de sensibilidades”.

El siglo XIX y parte del XX fueron pródigos en ese tipo de manuales educativos. La mayoría de ellos, como he dicho, iban dirigidos a fomentar la cortesía, la exquisitez y las buenas maneras; hasta los había que trataban de enseñar técnicas para “ligar”, para establecer “contactos”. Por entonces Internet no existía ni tampoco la NSA. Era una etapa en la que el “metro” o los autobuses olían a puro sobaco. Tenías que tener cuidado, sobre todo en verano, con que la axila de uno o una no te fumigara con sus efluvios nauseabundos. Pero claro, por entonces no habían llegado los desodorantes, aunque si existían las colonias a granel. No las de ahora, que valen más por el diseño y el frasco que por el contenido. Por cierto, me horrorizan esos anuncios de cosméticos, plúmbeos, pelmazos y ñoños, realizados para encefalogramas planos, que lanzan su mensaje publicitario con voz queda, casi imperceptible, en francés o inglés, con tipos y tipas (miembros y miembras que diría la ex ministra Bibiana Aido) de una rara belleza que me recuerdan a ciertas películas de extraterrestres. ¡Horror!

Esa invasión mercantil, neoliberal también, nos trajo los desodorantes, los perfumes con nombres de lo más pedante, las cremas hechas de frutas exóticas y plantas aromáticas procedentes de lo más profundo de las selvas amazónicas.

Aquellos manuales de urbanidad trataban de vendernos buenas costumbres en épocas donde predominaban las meriendas a base de bocadillos de pan con aceite y azúcar o de mortadela barata. Más tarde, en las décadas del boom del ladrillo, donde el dinero circulaba con velocidad, se gastaba por gastar en todo fuera o no necesario. Perfumería, cremas hidratantes, exfoliantes, antiarrugas, artículos para baño de lo más variado, jabón para el lavavajillas y lavadoras, olorosos para las habitaciones, productos para eliminar la cal en los electrodomésticos, repelentes de insectos, detectores de humos, además de un sinfín de marcas y productos para el cuarto de baño, antes llamado retrete.

Ahora no hay manuales educadores, hay leyes, normas, reglamentos y directivas europeas, todas ellas con la consiguiente contrapartida monetaria si no se cumplen. No se puede escupir en la calle (me parece bien que no se haga), prohibido fumar hasta en la intimidad, hay que ir cargado de bolsitas para recoger las cacas del perrito y del gatito, en los casinos y en otros lugares de ocio hay que ir con corbata, pues en caso de no llevarla no podrás entrar. Las normas municipales multan por tender ropa en balcones y terrazas, poner la radio o la tele a un volumen elevado. Luego viene lo de aparcar el vehículo. Los municipios se han inventado lo de las zonas. Las hay verdes, azules, coloradas, y según el color así te sacan los cuartos.

¡Todo por y para el ciudadano; en su favor; para que la convivencia sea mejor!

Pero hete aquí que la droga, o sea los estupefacientes, los encuentras a la vuelta de la esquina, en las plazas de los pueblos, al parecer sin control alguno. Los llamados botellones son ya un reclamo turístico ¡Viva la juerga española! Y no digamos del ‘balconing’, moda que se ha instalado en zonas veraniegas –las Baleares encabezan la lista-, cuyos protagonistas suelen ser jóvenes de piel rosácea, pecas y pelo rubio. ¡Que divertido, coño! ¡España, puta madre, que fiestorro!

Pero hay otro escenario (como dicen esos supuestos sociólogos de las encuestas sobre la intención del voto político), y es el del comportamiento diario de la gente “normal”. Veamos un ejemplo de urbanidad, buenas costumbres, y atención al ciudadano en un pueblo de la comunidad de Madrid. Galapagar, más en concreto la zona o pedanía de La Navata.

La salida de viajeros de la estación de Renfe de esa localidad es, con frecuencia, un auténtico espectáculo. Gente corriendo, cruzando la carretera en plena curva, sin visibilidad, en pos del autocar de la empresa Julián de Castro, que se les escapa. Luego está la salida de la Urbanización Molino de La Navata camino del centro del pueblo. Encaminarse hacia la parada del autobús que va a Madrid es como participar en el desembarco de Normandía. Un gran bache, con abundante agua, pone a prueba la calidad de nuestro calzado. Metros más allá viene la estrecha acera que existe entre la marquesina de la parada de autobuses y la carretera. Para los que no son habituales de la zona, les diré que un coche de un bebé no cabe, con lo cual hay que invadir la carretera. Para las personas que se ven obligadas a llevar bastón es un auténtico suplicio. El peligro es evidente.

PerroUnos metros más arriba, en dirección al centro urbano del pueblo, viene lo más peligroso. Algo que ni ‘Cocodrilo Dundee’ se podría imaginar. Cuando llueve, los charcos que se forman en la carretera son de tal calibre que el ayuntamiento debiera aprovisionar de trajes de neopreno desde los pies a la cabeza, a los que se ven obligados a pasar ese trance. Los conductores, por desgracia la mayoría, exceden de la velocidad permitida y aconsejada por eso de las buenas costumbres. ¡Pero, coño, se han gastado un pastón en el coche y tienen que disfrutarlo!

Ni Pizarro en sus aventuras conquistadoras se pudo imaginar tanto. Luego viene el tener que estar vigilante, con el corazón en un puño, por las piruetas de furgonetas de reparto y servicios públicos. Los pasos de peatones –ahora hay algunos más- son como el que tiene mocos pero no tiene pañuelo o al contrario. No se suelen respetar. Resultado que, como además están señalizados en las mismas esquinas de las calles, pues no tienes más reaños (palabra sustitutoria de la otra, ya saben) que irte a la carretera. Por cierto, plagada de grietas.

Otro espectáculo, debido a la ausencia de manuales de buenas costumbres y urbanidad es el que nos ofrecen los aparcamientos encima de las aceras o en doble fila. ¡Qué bonito! Menos mal que los autores y autoras de esos desaguisados son pocos.

Y menos mal, también, que a mi me queda el consuelo de llamar a Pepe, Don José, el cura párroco de La Navata, y  Manolo Espinosa, y tomarnos un vinito en El Tablao.


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826