España, 25-09-2016

Las cartas del FiSahara

 Proyección de 'Dirty Wars' en festival de cine del Sahara. CARLOS CAZURRO/FISAHARA


Proyección de ‘Dirty Wars’ en festival de cine del Sahara. CARLOS CAZURRO/FISAHARA

Sáhara Occidental
Sato Díaz (15/5/2014)
Llevé una maleta pequeña, con las cosas indispensables, hacia la undécima edición del Festival Internacional de Cine del Sáhara. Ya había estado otras veces en los campamentos de población refugiada de Tinduf y sabía de sobra que, debido a la escasez de agua, no te sueles cambiar mucho de ropa y que las duchas son casi inexistentes. Aun así, en mi maleta dejé hueco para un paquete que días antes me había enviado Justi, una mujer de un pueblo de Toledo que había acogido veranos atrás a una niña saharaui, Oruma. No conocía a Justi de nada, pero mi familia saharaui, la familia de Oruma, de Maimaja, que me acogió en su jaima durante los días del festival, se había puesto en contacto con Justi para que me diera el paquete, con algo de dinero, algo de ropa, algunos chicles para los niños, y una carta.

A la hora de la siesta, bajo ese punzante sol de mayo que arrasa la hammada argelina, con los campamentos saharauis, refugiado en la jaima, tumbado sobre la alfombra, esperando a que el primer té, amargo como la vida, estuviera listo, Oruma me pidió que le leyera la carta que Justi le había enviado. Le contaba qué tal estaba cada miembro de la familia española y le preguntaba por cómo se encontraban allí, en Dajla, los parientes saharauis. Una vez leí en voz alta la misiva, Oruma me solicitó que escribiera la respuesta para Justi, me dictaba y yo copiaba, tumbado sobre la alfombra, esperando a que el segundo té, dulce como el amor, estuviera preparado.

Sin quererlo me había convertido en el canal, en el mensajero, y en responsable de que ese grito sordo que constantemente lanza el pueblo saharaui fuera escuchado aquí, en España, en Europa, en el mundo. Porque aquello no es el mundo, aquello es la sala de espera para entrar en él, o como dice Tiba, un buen amigo saharaui, “es una cárcel, sin barrotes, pero una cárcel, de la que debemos salir como sea, incluso pagando con nuestra propia vida”.

Ser el mensajero es una enorme responsabilidad. El canal es la única vía de que las palabras lleguen al oído, al otro. Y una noche estrellada, cuando se habían terminado las proyecciones de las películas programadas para este FiSahara, en la exiliada Dajla, casi en Mauritania, mientras pretendía quedarme dormido, entendí que todo el FiSahara, todo el proyecto, era simplemente eso, un mensajero. Un canal. De ida y vuelta.

El canal de ida arrastra el cine hasta el desierto. Y no sólo películas. Entre ellas, este año, Dirty Wars y The Square, dos documentales nominados en la última edición de los Oscar. También arrastra directores, cineastas, actores, escritores, activistas, músicos… de todo el mundo. El norteamericano David Riker, el macedonio Mitko Panov, el marroquí Youness Belghazi, Ana Wagener, Sergi López e Inma Chacón de aquí, Andrew Mlangeni -compañero de prisión de Nelson Mandela-, y el músico de jazz Jonas Gwangwa de Suráfrica… Todos ellos muestran sus filmes; imparten talleres a los saharauis para que puedan contar sus propias historias, su historia olvidada; cantan sus canciones… También cantó Mariem Hassan, artista saharaui que lucha contra el cáncer desde Barcelona y que fue al FiSahara, dice, para despedirse para siempre de su pueblo.

De izquierda a dereha, Javier Martínez, Sato Díaz, David Bollero y Javier Castro-Villacañas Foto de archivo.

De izquierda a dereha, Javier Martínez, Sato Díaz, David Bollero y Javier Castro-Villacañas Foto de archivo.

Sin embargo, lo primordial es ese canal de vuelta. Ese avión Tinduf-Madrid maloliente, sudoroso, lleno de arena del desierto, de cartas. Ese avión que cuando aterriza en Barajas y abre sus compuertas lanza al mundo un gemido, un quejido que rompe los pechos de los que lo gritan. Un avión lleno de periodistas, de gente de la cultura, de público en general que ha sido testigo de la peor de las películas. Aquella que no tiene desenlace, aquella que queda olvidada en un cajón de la filmoteca. Y todos traen cartas, como la de Oruma, mensajes que pretenden abofetear al mundo con espejismos, oasis del desierto, para recordarle que Sidi Mohamed Daddach estuvo más de dos décadas prisionero en las cárceles marroquíes, pensando cada noche que iba a ser, por fin, asesinado. Para recordarle al mundo que los jóvenes saharauis ya no creen en sus bellas palabras, tecnicismos, mentiras, y que sueñan con volarle la cabeza a algún soldado marroquí, aunque ello conlleve explotar junto a una mina antipersona de esas que hay al lado del muro que rodea el Sáhara ocupado por Marruecos. Para cagarse en los gobiernos franceses y españoles, socialistas y conservadores, que dan la mano al torturador, con guante blanco, para después quitárselo y lucir sus palmas fingiendo que adoran los Derechos Humanos. Para cagarse en el rey “primo” del rey Hassan II y de su hijo, Mohamed VI, frente a los que se inclina, en cada encuentro, para que al levantarse, cuando se cruzan sus miradas, se guiñen mutuamente sus ojos cómplices, cómplices de un secuestro. El secuestro de un pueblo entero.

Y así termina la XI edición del FiSahara. Un festival que insiste en desaparecer, o por lo menos en dejarse de celebrar en un campamento de población refugiada. Porque la próxima edición se debería celebrar en un Sáhara Libre, junto al mar, sobre los peces que hoy roba la Unión Europea al pueblo saharaui. Y mientras estamos en el avión, canal de vuelta, el pueblo saharaui recoge la pantalla del desierto, donde tantos sueños se han visto estos días. Se encierran en sus jaimas y esperan a que sus cartas lleguen al mundo. En la sala de espera, esperan, y degustan el tercer té. Suave como la muerte. Aunque este pueblo está más vivo que nunca.

N. de la R.
Este artículo, que también pueden ver en La Marea, se publica con la autorización de su autor.


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826