España, 10-12-2016

Los pobres se lavan poco y huelen mal

Eugenio Pordomingo

Eugenio Pordomingo

Mi Columna
Eugenio Pordomingo (23/8/2014)
Hace unos días, mientras degustaba una excelente taza de café en compañía de unos amigos, uno de ellos, con el que suelo mantener charlas sobre asuntos políticos, en particular acerca de la corrupción, hizo un comentario de un sucedido del que fue parte. Como simple anécdota lo calificó él. El asunto, del que ahora paso a ponerles en antecedentes, aconteció mientras desayunaba en una lujosa cafetería del castizo barrio madrileño de Chamberí.

No se si mi amigo leerá esto, pero por si acaso voy a cuidar mucho el relato para que se asemeje lo más posible a lo que él nos relató. Eso sí, trataré de no dar “pelos y señales” para que el asuntillo quede –con nombre y apellido- entre los que degustábamos el café; ustedes, conocerán, como en las películas, que este relato está basado en la realidad, pero por razones obvias se ocultan algunos datos.

Seguro que muchos de los que lean esta Mi Columna estarán de acuerdo con la posición que tomó mi amigo. Yo me sentiría mejor si se manifestasen en contra. Conociendo como conozco a mi amigo, creo que en lo más profundo de su ser no piensa de acuerdo con lo que hizo. Y seguro que si lee esto, tras el prime impulso de pensar ¡que cabrito este Eugenio, yo no dije eso exactamente!”, recapacitará y pensará –aunque no me lo diga-, que comparte el razonamiento, la reflexión o crítica que expongo ahora.

Pero vayamos al relato. Mi amigo, entre sorbo y sorbo de café, de repente dijo: “Por cierto, os voy a comentar una cosa que me pasó ayer. Fue una queja que hice en una cafetería donde suelo ir a desayunar”.

Nos quedamos expectantes, pensando –al menos yo-, “seguro que le han detenido por criticar en público a los Pujol por su habitual mangancia” o quizás meterse con la Justicia por permitir que personajes como Miguel Blesa, o los pájaros de los EREs anden por las calles como si no hubieran hecho nada. Pero la cosa no iba por esos derroteros.

Mi amigo, tras atraer nuestra atención, continuó. “Pues, como os digo, resulta que estoy tomando mi cafelito con una suculenta tostada cuando aparece un individuo con mala pinta, muy mal vestido; un indigente, un vagabundo como se dice ahora, se sienta en la barra y pide, no se si un café o una cerveza”.

La escena no queda ahí. “Al poco aparece otro de similares características –relata mi amigo-, pero éste no pide nada en la barra, nos pide a nosotros, a los clientes”. Mi amigo describe sin mucho detalle la andrajosa vestimenta del anónimo personaje, el vagabundo, que osa pedir una limosna a los clientes de la lujosa cafetería.

“¡Cómo olía el tío, joder –enfatiza mi amigo-, y es que esa gente, claro, no se lavan, y huelen que apestan”. Mi amigo hace una pausa y continúa: “Nada más largarse el tío, me quejé, y se lo dije a la camarera…”

No recuerdo si los que en ese momento estábamos con mi amigo dijimos algo. Creo que sí, que uno de los que compartía barra asintió, le dio la razón, pero sin más. Yo me quedé gélido. “Este no es mi Pepe –el nombre es otro- me lo han cambiado”.

Mientras mi amigo nos comentaba la queja que expuso a la camarera, un cúmulo de preguntas me vinieron a la cabeza: ¿Cuántas horas trabajaba al día la pobre chica? ¿Seguro que habría dejado a miles de kilómetros a su familia por buscarse un lugar al sol? ¿Vivirá sola en un piso o, lo más seguro, compartirá habitación con alguna compañera en un modesto piso ocupado por varios “cuarrocientoseuroistas? En fin, otra vagabunda, pero que olía y vestía un poco mejor.

Que desagradable olor despiden los que no se lavan a diario, los que no se hidratan su piel con cremas de marca; o neutralizan el nauseabundo olor de sus axilas, sobacos dirían el vagabundo que pedía una limosna en la lujosa cafetería de Chamberí.

“Un poco de agua y pan quizás le servirán, aquietarán su vida y pagarán su andar. No piensan con triunfar, sólo quiere dormir recuerdos de un hogar. Sus trapos sucios son la triste credencial…”, canto al vagabundo de Patxi Andión en los últimos años de la dictadura. Seguro que mi amigo, que no es mala persona, ni mucho menos, recordará la canción, recapacitará. Lo que no se es si seguirá tomando café conmigo.yo-soy-pobre

Criticamos mucho al neoliberalismo, al capitalismo, a Mariano Rajoy o Zapatero –según la creencia ideológica que tenga-; hacemos bandera de los desahucios, de los afectados por las preferentes, de los parados, criticamos a la oligarquía política, nos quejamos de los “recortes”, pero cuando tenemos frente a nosotros el efecto de todo eso, al indigente, al vagabundo, nos apartamos como si fuera un apestado. Y es que, coño, huelen mal, es que no se lavan.

Mañana hablaré de Podemos, de los Pujol, de los EREs, de la reforma de la Ley Electoral y de la guerra mundial que nos están preparando. Hoy tocaba escribir sobre esos que huelen mal, los pobres; esos que además de no comer bien, no lavarse a diario, dormir en la calle, vestir andrajos y no tener un trabajo, encima van y nos piden una limosna. ¡Manda carajo!

 

 


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826