España, 25-09-2016

Don José, el sacerdote de la Parroquia de La Navata (Galapagar)

La PandaMi Columna
Eugenio Pordomingo (6/10/2015)
El escritor y dramaturgo madrileño Enrique Jardiel Poncela dejó escrito que “la amistad, como el diluvio universal, es un fenómeno del que todo el mundo habla, pero que nadie ha visto con sus ojos”. Hombre, ver la amistad con los ojos es harto difícil, pero sentirla y gozarla, sí. 

Hablar de un amigo cuesta. Cuesta lo suyo. No puedes ser un sensiblero de tres al cuarto, ni un adulador de tomo y lomo,  ni practicar la lisonja como el que arroja arroz en una boda o espera que le den un cargo. El sentido del equilibrio es fundamental, sobre todo porque sabes que te van a leer, aunque sean algunos amigos. Por si fuera poco, encima te vienen las exigencias y las prisas del editor.

Como digo, es complejo y complicado escribir de un amigo, sobre todo cuando te has comprometido con el editor del medio que te va a publicar el artículo. Que “mañana te lo entrego” le dices. Y el editor –como todos-, es un “paliza”, te lo reclama y reclama, y encima te amenaza, “como no lo tengas esta noche no te lo publico”. Y uno –vamos, yo- me quedo cabizbajo, meditabundo y triste, pensando qué responderle. La verdad es que dan ganas de decirle, pues “anda, haz lo que te de la gana”. Pero el sentido común se impone,  y  al final piensas –vamos, pienso-, “pero si lleva razón, le dije, le prometí, que se lo entregaba pronto y nada”. Así que esta noche, hasta que lo termine, estaré dándole a la tecla. Se me olvidaba decir, en mi descargo, que el editor no paga ni un solo euro.

El amigo del que hago una pequeña semblanza, un bosquejo, se llama José Cruz León, y es sacerdote; vamos, cura. Riojano de nacimiento, de Cervera del Río Alhama (Logroño). Me cuentan que pudo haber sido un excelente futbolista, el Ronaldo de Cervera, o un intrépido montañero a lo César Pérez de Tudela pero, cosas del destino, se embutió la sotana y ahí anda.

Nada más salir del seminario –en la Iglesia no hay desempleo- fue destinado a cubrir los servicios religiosos de varias parroquias de la zona, pueblos que distaban lo suyo unos de otros. Y qué mejor que un vehículo a cuatro paras para ir a dar la misa dominical o perdonar los pecados a tanto impuro como hay. Con el jamelgo –mejor dicho, el jamelgo con él- recorría los montes, valles, cañadas y caminos forestales de su demarcación, consolando a los feligreses en intermediando ante Él para que les perdonase sus pequeñas debilidades.

Si mis fuentes son correctas, es en 1966 cuando llega a Madrid, la capital del Reino, bueno de la Dictadura. Las autoridades eclesiásticas más cercanas a él, le ordenaron un día que aterrice con su sotana polvorienta, pero sin el Rocinante,  en Madrid.  Y al foro se trasladó Don José con la escudilla vacía, una muda y las alforjas con más telas de araña que otra cosa.

Parroquia La Navata

Parroquia La Navata

La parroquia Nuestra Señora de Europa en la madrileña calle de Ferrocarril fue su primer destino en una capital convulsionada por huelgas reivindicativas y la lucha por el Poder. La Iglesia estaba en el garaje de unas viviendas particulares, próxima a grandes e importantes empresas donde laboraban miles de trabajadores. Allí, entre el Co2 que despedían los coches y el olor a gasolina, se celebraban reuniones y reuniones de los incipientes sindicatos obreros.

Más tarde, un modesto almacén de materiales de construcción en la Colonia de San Fermín, fue su nueva Parroquia. Quince años, bregando por convencer a los chabolistas de la zona de que el Sumo Hacedor no les había destinado a vivir allí ni había tenido nada que ver con su estado de precariedad. Dios deja al hombre a su libre albedrío; les deja libertad, debió decirles Don José a esos desahuciados de la fortuna. No solo les hablaba, sino que les ayudaba en todo lo que podía.

Entre la pobreza de la época, más acentuada en esa zona,  brego Don José con todo tipo de maleantes, eso sí, de pequeña monta –algunos algo más que pequeña-, tratando de convencerlos de que hay otros caminos en la vida. Unas veces tuvo suerte, otras la violencia, la droga o los enfrentamientos con las fuerzas del Orden les condujeron a un encuentro prematuro con la Señora de la Guadaña. Y aquí se confirma lo que dejó escrito Max Aub: “Los hombres son como los relojes: buenos, sirven mucho tiempo; malos, nadie puede repararlos”.

La Iglesia Madre del Buen Pastor fue la antesala de la Parroquia de La Navata que muchos llaman Ermita. Pero no adelantemos acontecimientos.

Don José fue Consiliario de las JOC (Juventudes Obreras Católicas) donde conoció a gentes que con el devenir de los tiempos y el arribo del régimen del 78, alcanzaron puestos preeminentes, ocultando su pasado religioso. Pero ya se sabe, a las cumbres, a las cimas, a los puestos preeminentes, sólo llegan las serpientes, las águilas y muchos políticos.

A Don José –otros muchos y yo también, le llamamos en la intimidad Pepe-, es fácil reconocerlo desde lejos por lo físico, pues porta sobre su juicio cerebral o cabeza, una chapela, txapela o boina de tamaño considerable, que él dice que en su tierra es normal. Y en lo espiritual, se le conoce por las obras que a diario realiza.

Don José, llegó a La Navata allá por 1997, tras dejar su impronta en las zonas obreras del Paseo de las Delicias, Colonia San Fermín, La Celsa, Orcasitas y  Las Carolinas, donde frágiles paredes de ladrillo, tejado de Uralita y parca comida, formaban parte de su labor sacerdotal. Eran años de conflictos sociales y políticos. Poco pan y mucha leña.

El aterrizaje en la Parroquia de La Navata tiene su intríngulis. El actor Jaume Suárez, amigo de nuestro personaje desde hace algunos lustros, se entera –ya se sabe que el faramduleo da mucha información- de que hay “un puesto libre” en la Parroquia de La Navata en Galapagar, y ni corto ni perezoso se lo dice a Don José. Pero éste le contesta de sopetón: “me encantaría, pero está en manos del Opus Dei y no van a querer”,

Solventados algunos problemillas, Don José llega a La Navata, donde encuentra, aparte de solidaridad una casa decente donde vivir, aunque fuera de alquiler. Cuando llegó a La Navata la tarea asistencial de Cáritas era incipiente, sobre todo en una zona de cierto nivel económico. Si acaso “nuestra tarea era preparar bolsas o cestas de Navidad, pero necesidades lo que se dice necesidades no había muchas, al menos a nosotros no nos llegaban”, como hace tiempo me comentó. Ahora es otra cosa. Ahora, aunque a escondidas, llegan hasta ex ejecutivos a los que la crisis les ha arrojado a una pobreza sobrevenida.

Eugenio Pordomingo

Eugenio Pordomingo

Su conexión con el mundo de la farándula ha sido importante. Conocía las idas y venidas de muchos de ellos, gentes del teatro, del cine, de la copla… Amigos entrañables, que le comentaban dentro y fuera del confesionario sus quitas, y temores a la vez que se rendían a su bondad, y también le pedían que intermediase por ellos con el de Arriba. La lista de actores, cómicos, políticos, sindicalistas y directivos empresariales, amigos de Don José, es tan larga que no cabe aquí. En una ocasión editaron y distribuyeron un CD titulado “50 años de amor”.

Me enorgullezco de formar parte de una pequeña tertulia, casi diaria, que mantengo con él y otros amigos en la que trasegando algún que otro caldo, mientras ponemos nuestras vergüenzas al descubierto. Tertulia y charleta criticona sobre asuntos sociales y políticos, a lo Critilo, el personaje de uno de los libros de Baltasar Gracián que dio título al Criticón. Hay otra Tertulia, ésta mensual y más abierta, a la que también asiste y participa activamente.

Después de conocer a Don José, a Pepe, la frase del filósofo romano  Lucio Anneo Séneca  se me hace híspida. Recordemos que el filósofo dijo: “La religión es algo verdadero para pobres, falso para sabios, y útil para dirigentes”.

Don José ha pasado algún pequeño problemilla de salud, que con la ayuda que desde Arriba recibe ha sabido trampear. Ahora se encuentra como un hercúleo lucroniense. Para completar su formación, todos los miércoles acude a la Universidad de Comillas  donde, como buen estudiante, supera los cursos de Teología que en ese centro se imparten.

¡Don José, que no se te olvide, a las 13.30 donde siempre!

 


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826