España, 01-10-2016

Ernesto Gutiérrez Astorga, falangista

Estación de RENFE la Tablada

Estación de RENFE la Tablada

Sin Acritud…
Aniceto Setién (12/2/2016)
Las circunstancias que forman cada tipo de contexto son por lo general muy específicas. Si bien pueden repetirse en otros momentos o lugares, es casi imposible que todas ellas se agrupen del mismo modo, y también que generen exactamente los mismos resultados. Las circunstancias que confluyeron en Tablada el 17 de noviembre del año pasado, que por sí solas no tienen prácticamente nada de extraordinario, se aliaron para dar lugar a esta historia entrañable, surrealista y completamente cierta.

Hay gente del Real Madrid (o del Osasuna), partidarios del reiki y hasta fervorosos consumidores de preparados homeopáticos. [cl-flipbox]Ninguno de los anteriores es mi caso: yo soy comunista. Pero no progre, ni indignado, ni ecologista: comunista de la vieja escuela. De los del centralismo democrático, politburó, bandera roja, hoz y martillo. Aunque hace años que mi militancia política decayó hasta niveles irrelevantes; mantengo cierto activismo social que tiene que ver, quizá, con la ideología, pero sobre todo con el carácter. Este curso, sin ir más lejos, he presidido la asociación de padres y madres del colegio de mi hija Ada. La cosa es hacer algo, sentirse socialmente útil.  Además soy curioso, fijón, tengo buena memoria y a veces reparo en cuestiones inverosímiles. Ni me considero muy inteligente ni especialmente formado, pero con frecuencia mis amistades, con cariño, me tratan de «compendio de saberes inútiles».

Para seguir contextualizando esta historia, viene a cuento aquí, explicar que Ada comparte mi afición a la montaña con entusiasmo intermitente. Los fines de semana nos calzamos sendas boinas Elósegui, de Tolosa, y salimos por ahí. Y su cumpleaños es el 16 de noviembre.

­– Bueno, Ada, ¿cómo quieres que lo celebremos?

–Podemos organizar una excursión al monte, como otras veces.

– Ya sabes que yo lo hago encantado, pero es un poco de lío; muchos amigos tuyos no podrán venir. ¿Estás segura?

–Sí. Algunos vendrán y otros no, pero da igual.

– ¿Intentamos organizar una salida a la Peña del Arcipreste? –pregunté más tarde–. Seguro que les gusta.

La Peña del Arcipreste de Hita es un pedrusco granítico a cuarenta minutos andando del Puerto del León o Puerto de Guadarrama, antiguamente conocido como Puerto de los Leones. El lugar se cita en un desternillante episodio del Libro de Buen Amor. En los años treinta del siglo pasado, el entonces director de la Real Academia Española e insigne filólogo Ramón Menéndez Pidal, y su hija, labraron en el peñasco una placa que recuerda el paso de Juan Ruiz por aquellos pagos. Pero además, debajo de la piedra hay un agujero que contiene un cofre de madera, y dentro del cofre hay siempre ejemplares del Libro de Buen Amor. El entorno, para colmo, es un precioso pinar salpicado por construcciones de la guerra civil, búnkeres, nidos de ametralladoras… Ideal para ir con niños.

Identificado el objetivo, toca diseñar la logística, que no es cuestión baladí. La idea es llevar a los niños, no a sus padres, y es preciso buscar alguna manera de acercarse en transporte público. Hay un antiguo apeadero de Renfe, Tablada, relativamente cerca. Por esa antigua estación solo pasa un tren al día; un cercanías destino Segovia. Desde que algún listo tuvo la brillante idea de tapizar el paisaje español con miles de kilómetros de carísimas vías de AVE, cada vez hay menos espacio para el ferrocarril tradicional, y la conexión Segovia-Madrid no es ajena a este fenómeno. No importa. Hablo con Renfe  y  podemos tomar en Las Rozas un tren hacia Tablada que sale a las diez y media: una hora cojonuda para quedar con los niños. A las cinco y media hay otro tren de vuelta. Perfecto.

La niña empieza a repartir invitaciones, yo hablo con madres y padres que no entienden muy bien esta chaladura… En esos días reparamos en que Juan también cumpleaños. Es un niño singular, amigo de Ada, de su colegio, con cuyos padres tengo cierta amistad. Juan sale al monte con nosotros de vez en cuando. Hablo con su madre, le expongo nuestro proyecto y acepta entusiasmada la idea de celebrar ambos cumpleaños a la vez. Al final, veintiún niños y niñas de entre seis y diez años se apuntan a la excursión. Ni cinco, ni diez: veintiuno.

La víspera me voy con su madre a hacer el recorrido desde la estación, ver cómo está el camino, calcular tiempos… Todo perfecto con una salvedad: hay una niebla tremenda y para el día siguiente está previsto, además de las intensas brumas, frío y lluvia. Hablo con todas las familias que puedo para que provean a sus hijos de botas, impermeables, ropa de abrigo, gorro, guantes…

El sábado diecisiete de noviembre todo el mundo está puntual en la estación; desde el primer momento percibo –sin sorpresa, eso es cierto– que los niños no van equipados ni por asomo. En fin… nos apañaremos. En nuestras mochilas, por si acaso, hemos echado todo lo que se nos ocurre que pueda valer de abrigo.

Llegamos a Tablada a la hora prevista, algo menos de las once y media. Veintiún niños y niñas y cinco adultos arrancamos a andar en medio de la lluvia, metidos en un barrizal tremendo, con niebla y una temperatura que, sin ser demasiado desapacible, unida a la humedad procura una sensación térmica bastante baja. Según tomamos el camino, cuesta arriba, algunos niños empiezan a quejarse. No pasa nada, ¡ánimo! A pesar de la lluvia y la niebla el entorno está realmente bello, adornado de ese cierto carácter salvaje que le prestan las inclemencias meteorológicas.

Algo antes de la una alcanzamos nuestro destino. Ada, que conoce bien el sitio, ejerce de anfitriona y pone a sus amigos a buscar el cofre con los libros. Como hacemos siempre que venimos, tomo un ejemplar de la obra del Arcipreste, explico a los críos dónde nos encontramos y quién era aquel señor del siglo XIV, abro el desvencijado ejemplar por el versículo 1006 y empiezo a leer con mi mejor voz:Peña Arcipreste de Hita

[…] Sus miembros y su talle no son para callar,
me podéis creer, era gran yegua caballar;
quien con ella luchase mal se habría de hallar,
si ella no quiere, nunca la podrán derribar.[…]

La realidad meteorológica, no obstante, se cierne inexorable sobre nuestras cabezas y los críos, a los que hemos ido equipando paulatinamente con todo lo que salía de nuestras mochilas, empiezan a dar muestras más que evidentes de que, ciertamente, están empapados y tienen un frío del carajo. Pues bien: comamos rápido y veamos qué se puede hacer hasta que venga el tren… a las cinco y media.

La cantidad de criaturas nos obliga a ser menos exquisitos de lo habitual en nuestra gastronomía montañera. Preparamos bocadillos de chorizo –y de queso, para los musulmanes–, unos polvorones y poco más, que los críos devoran, trémolos algunos,  y otros directamente tiesos e incapaces siquiera de temblar. Un par de ellos llegan a preocuparme. Lo están pasando tan mal que las fuerzas no les alcanzan ni para quejarse. Un despropósito.

Hay que buscar cobijo para todas aquellas criaturas porque faltan casi tres horas para que pase el único tren que nos conecta con el confort. En medio del monte no hay donde meterse. No me parece buena idea, con tanto niño, usar alguno de los búnkeres de los que hablaba antes a modo de refugio de emergencia. Descartamos acercarnos al bar más cercano, que está a una hora a pie, porque nos aleja de nuestro transporte. En esa tesitura, la única opción es bajar zumbando a la vieja estación y ver si hay forma de meterse en algún lado. El movimiento activa la circulación sanguínea de la concurrencia y, aunque siguen ateridos y empapados van teniendo mejor cara.

La estación, por llamarla de una forma amable, es un páramo en medio de la nada. Unas instalaciones cerradas, quizá, desde los tiempos del Barcelona-Mataró y unos andenes por los que nadie anda, son el recuerdo de que por allí puede pasar un tren, pero ¡albricias! Un poco más allá, en uno de los andenes, hay una especie de marquesina de autobús, como las de la Villavesa, y hacia allá corren todos en busca de precario cobijo. Y no solo eso… ¡llevábamos tarta y velas que había que soplar!

Entre tanto y no, Mónica se aleja y vuelve al cabo de unos minutos.

– Acércate a la parte de allá del edificio de la estación. Hay unas construcciones y me ha parecido oír voces. Quizá te puedan decir qué hacer.

Me acerco al lugar indicado y veo que, efectivamente, hay unas casitas bajas, quizá viviendas de ferroviarios en tiempos más gloriosos, que parecen ocupadas por familias aparentemente «normales».

– ¡Buenas tardes! –grito, a modo de llamada.

Un chaval sale de una de aquellas casitas. Le expongo la situación, pregunto si sabe si hay manera de abrir, al menos, la sala de espera y me dice que no, pero que quizá esté Ernesto. ¿Ernesto?

– Sí, bueno, mira a ver. Debe de estar en casa porque veo allí su coche. Tiene un cuarto sobre la estación. Llámalo…Pero te aviso: tiene un carácter un poco especial.

Me coloco debajo de la ventana indicada y empiezo a dar voces.

– ¡Ernestooooooooo!

Al tercer o cuarto grito se abre la ventana y asoma una cabeza como de sesenta años, despeinada en la escasez capilar.

– ¡QUÉ COJONES PASA!  ¡Y TÚ QUIÉN ERES!

Le explico muy por encima el asunto y accede a bajar. Sus primeras palabras no son precisamente amables.

– ¿Que estás con veintiún niños esperando al tren? ¿Con este tiempo? ¡Pero tú eres gilipollas! ¿A quién se le ocurre?

Aguanto la reprimenda y le explico, con poca fortuna, que mi hija hace los años en esas fechas y que no pude elegir… Me interrumpe:

– Oye, no seréis boy-scouts ¿no?

– Ah, no, no, nada de eso. Nosotros somos gente seria y con los boyscus esos no nos tratamos.

El tipo cambia el gesto:

– ¡Coño! Me gusta eso que dices. Que mi padre era boy-scout, yo era de la OJE y él siempre me llamó traidor.

– ¡Por favor! ¡Con la de hombres que se han formado en la OJE! ¡Y cuánto más bonitos son la camisa azul, los correajes y la boina roja que lo de esos mendrugos!

Ernesto no está borracho: está alcoholizado. Afortunadamente no capta la ironía en mis palabras.

– Oye, y ahora que dices lo de la boina. ¿Y esa que llevas puesta? No serás vasco, ¿no?

– No, no, nada de vasco. Cántabro, montañés, de Santander.

– Ah, bueno, ¡español entonces! Eso me gusta. Además, montañés era también Hedilla pero, claro, tú no sabes quién era.

– ¿Hedilla? ¿Manuel Hedilla? ¿El sucesor de José Antonio? ¡Pero hombre! ¿Cómo no voy a saber yo quién era Manuel Hedilla? De Ambrosero. Además fue el fundador de los Sindicatos Agrícolas Montañeses. ¡La de leche SAM que he tomado yo!

Compendio de saberes inútiles… El tipo me mira perplejo. En realidad desconoce si le hablo en serio o en broma, pero charlamos sobre Hedilla, su condición de antifranquista, sus condenas a muerte y lo cabrón que era Franco. A esas alturas yo ya sabía cómo camelármelo. Me larga un voluminosísimo manojo de llaves y me dice…

– Mira a ver. Los de Renfe no lo saben, pero yo creo que una de estas llaves abre la sala de espera de la estación.

Otro de los adultos de nuestro grupo se acerca, le explico, no sabe muy bien qué pasa pero le largo las llaves, empieza a probar y como a la quinta o así entra una llave. Una amplia y limpia sala de espera se abre ante nosotros. Los críos recogen sus mochilas empapadas y vienen corriendo. Se meten todos dentro y como es natural se monta el escándalo que corresponde a tanta criatura de tan corta edad, y encima contentos.

Ernesto se acerca, entra en la sala de espera y grita con toda su alma:

– ¡SILENCIO, COJONES! ¡AQUÍ NO SE GRITA! ¡CAGÜENDIÓS!

Los niños enmudecen del susto. Uno de ellos, quizá el más osado, se atreve a preguntar.

– ¿Y tú quién eres?

– ¡ME LLAMO  ERNESTO GUTIERREZ ASTORGA! ¡Y SOY FALANGISTA!

Me acerco a Ernesto, le paso la mano por el hombro y le susurro…

– Pues yo me sé el Falangista soy.

Se gira, me mira con su beoda cara de incredulidad y me suelta:

– ¡Tu puta madre! ¡No te lo crees ni tú!

Lo tomo del brazo, salimos del recinto, empiezo a cantar y a los pocos acordes me sigue con la cancioncilla. A la altura del «Cuando se enteró mi madre, de que yo era de la JONS, me dio un abrazo muy grande y me dijo, hijo mío, así te quería yo. ¡Falangista valeroso! ¡Y con este patrimonio! ¡El imperio, Dios, la patria y la España grande y libre que soñara José Antonio!» al pobre Ernesto se saltan las lágrimas.

Acabada la canción, cuando se le pasa el «disgusto», me cuenta que está separado, que tiene una hija de nueve años, como la mía, a la que hace meses que no ve, y de los mayores no sabe nada. Se acerca a los mismos críos a los que ha voceado hace pocos minutos, bromea con ellos… se le cae la baba. Sale de nuevo y me pregunta:

– Oye, ¿tú ves bien?

– Bueno, presbicia, como todos, pero me apaño, ¿qué quieres?

Saca un móvil del bolsillo, modelo de-cuando-se-inventaron-los-teléfonos-móviles, me lo acerca y me pide que busque el número de Chamartín.

– Voy a hacer una llamada, joder, a ver si os puedo echar una mano, que con tanto crío, no sé yo –aprieta el botón que le indico–. ¿Sí? ¿Dirección General de Tránsito? Sí, a ver, soy Ernesto, de Tablada. Tengo una emergencia. Hay aquí unos treinta niños muertos de frío que hay que sacar. Mandadme un tren.

A mí se me debió mudar la color. ¿Cómo que «mandadme un tren»? Él sigue hablando, cuelga y…

– Oye, que sí, que lo he podido arreglar. Que en diez minutos tenéis un tren aquí para llevaros.

El autor: Aniceto Setién.

El autor: Aniceto Setién.

Yo no doy crédito, pero exteriorizar en exceso mi alborozo me parece poco prudente. Así que hago lo que hay que hacer: abro la mochila, saco la bota de vino y se la alcanzo al bueno de Ernesto.

– Ah, pues si hay que darle un tiento a la bota, se le da. ¿Tú sabes cuál decía mi mando de la OJE, que era la mejor marca de botas de montaña? ¡Las Tres Zetas! ¡Con su piel bien suavecita y su pez bien curadita!

– Ernesto, no me jodas. Dale la vuelta a la bota.

– ¡Joder! ¡Las Tres Zetas! ¡Pero montañés! ¿De dónde has salido tú?

– Y no solo eso, sino que he conocido a alguna de las Tres Zagalas que dan nombre a esta marca de odres. ¿No te dije hace un rato que somos gente seria?

– Bueno… y ya para acabar de arreglar el día, ¿no tendrás un pitillo?

Pido a Mónica el paquete de Ducados, saco un pitillo y se lo acerco:

– Ya no fumas más que esto hasta casa, que yo también me he quedado sin tabaco y el resto del paquete se lo regalamos a este amigo que no tiene dónde comprar.

Pocos minutos después y dos horas antes de lo previsto, un tren de Cercanías para en la estación de Tablada y sale un revisor de gorra roja y banderita.

– ¿Ustedes son los de la emergencia con los niños? Pues hale, todos adentro que nos vamos. ¿Dónde hay que parar?

Y allí se quedó Ernesto, después de repartir besos y despedidas entre todos los niños. Alcoholizado, huraño, malhablado, desterrado, deshijado, feliz de haber sido útil para alguien… y con tabaco

N. de la R.
Aniceto Setién es escritor, analista político y colaborador de la Tertulia Espacios Europeos. Este texto hace referencia al sábado 15 de noviembre de 2012.


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