España, 06-12-2016

Xosé Manuel Beiras: «Ahora mismo, en España, hay un golpe de Estado».

Xosé Manuel Beiras: Foto El Temps.

Xosé Manuel Beiras: Foto El Temps.

España
espacioseuropeos (7/10/2016)
El digital El temps ha publicado una interesante entrevista con  Xosé Manuel Beiras, catedrático de Economía y, quizás, el más importante líder político del nacionalismo gallego del último medio siglo. La entrevista la hemos conocido a través de SinPermiso, que, asimismo, ha tenido la gentileza de traducirla al español o castellano.

He aquí la entrevista, que recomendamos leer, con objetividad, olvidándonos de estereotipos:

Ha recibido a El Temps en su despacho del Parlamento días antes de poner fin a una trayectoria de cerca de 25 años como diputado. Una conversación reposada alrededor de su vida y sobre el pasado y el futuro de Galicia, que este domingo (25 de septiembre) celebra elecciones. La entrevista la realizó para la revista catalana El Temps, Víctor Maceda.

Los pelos y la barba son tan blancos, y los ojos tan azules, que la cara de Xosé Manuel Beiras evoca la bandera de Galicia. Es un hombre de una cultura vasta, abrumadora. Una enciclopedia humana, como se suele decir. Ha accedido a conceder esta entrevista a El Temps en medio de un silencio autoimpuesto, porque desea que todos los focos de En Marea -la plataforma de unidad popular del que forma parte Anova, su partido- apunten hacia Luis Villares, el candidato a la presidencia de la Xunta a los comicios de este domingo, 25 de septiembre.

Señor Beiras, ¿se podría decir que sus inicios en política se remontan a la fundación del Partido Socialista Gallego (PSG) en el verano de 1963, cuando apenas tenía 27 años?
– Sí, fue la primera vez que me sometí a la disciplina de una organización política. El PSG, que naturalmente no tenía nada que ver con el PSOE, se fundó en un despacho de abogados de la Coruña, el de Sebastián Martínez-Risco, que más adelante presidió la Real Academia Gallega. Con la ayuda, por cierto, de dos miembros del Movimiento Socialista de Cataluña: Josep Pallach, con quien tuve mucha relación en los años 60 y 70, y que desgraciadamente murió de forma prematura, y Edmon Vallès, que también murió joven. Mi compromiso con Galicia como nación, sin embargo, comienza en la adolescencia.

Visto con perspectiva, ¿qué balance hace de este medio siglo? ¿Esperaba más avances?
José Luis Sampedro dijo que los años de Aznar convirtieron España en un aznarato. A partir de entonces, salvo el interregno del primer mandato de Zapatero -que era republicano y federalista, aunque no ejerció mucho de ello-, hemos vivido un franquismo sin Franco. Cuando a iniciativa del BNG rehicimos Galeusca, en 1998, se lo dije a los compañeros de los otros partidos: “Si hace 40 años me hubieran dicho que acabaríamos donde hemos terminado, yo hubiera bajado”. Tenía la sensación de haber quemado una parte inmensa de mi vida en una sucesión de batallas cívicas y políticas. Me consideraba miembro de una generación derrotada. La derrota se produjo en la Transición, cuando el proceso constituyente de ruptura democrática quedó suplantado por un pacto entre las élites y el franquismo. En los últimos años, hablando con gente de mi generación y de generaciones próximas, como [el filósofo catalán] Antoni Domènech o [el jurista valenciano] Joan Garcés, pensábamos que ahora había una segunda oportunidad de romper con la restauración bubónica. Yo no le digo borbónica, sino bubónica, porque es como la peste bubónica.

¿Esta expectativa surgía del movimiento 15M y la irrupción de Podemos?
– En Galicia comenzó antes que en las plazas del 15M. La aparición de Nunca Máis involucró toda la sociedad civil organizada: las asociaciones de pescadores, las cofradías, los propietarios de montes mancomunados, vecinos, sindicatos, ecologistas… Como los fenómenos políticos sólo se calibran en función de los resultados electorales, siempre se dice que en Galicia el nacionalismo no es tan potente como pueda serlo en el Principado de Cataluña o en Euskal Herria. En cambio, nadie repara en la dinámica autóctona de cada sociedad ni analiza las cosas en clave de lucha de clases, pero Galicia es el pueblo que desde la postransición, desde los 80, ha mantenido más luchas. Los trabajadores del sector naval, por ejemplo, llevan en lucha desde la primera mitad de los 70, con la reconversión; Comisiones Labregas, que se crea entonces y no tiene nada que ver con CCOO, es el sindicato agrario más potente de la Península, y ha hecho frente a la llamada cuota empresarial y las cuotas lácteas; las luchas cívicas, las luchas ecologistas… En Galicia, en la segunda mitad de los años 80 hubo tres huelgas generales y nacionales. Quiero decir que hemos sido un pueblo que siempre ha estado en lucha, aunque no haya tenido la traslación política que, por razones claras, sí han tenido Cataluña y Euskadi.

¿Por qué razones?
Sencillamente, porque Galicia es una colonia interior.

Usted teorizó esto hace ya muchos años, después de leer Portrait du colonisé (“Retrato del colonizado”), del ensayista tunecino Albert Memmi
– Sí. Al leerlo, vi el retrato del colonizado gallego. El gran sociólogo mexicano Pablo González Casanova, que fue rector de la UNAM, también se refirió al colonialismo interno de México, centrándose en las comunidades indígenas y la relación campo-ciudad. Es evidente que Galicia, Euskadi y Cataluña -o los Países Catalanes, ¡que era como se llamaban las cosas antes!- somos naciones sin Estado, oprimidas por el Estado español, pero de las tres, Galicia es la única que es una colonia interna. Esto no sólo afecta a la base económica, sino también a nivel ideológico, cultural, etcétera. En Cataluña nunca hubo diglosia, porque la clase dominante catalana asumió el idioma propio del país, pero aquí pasó al revés. En Lingüística y colonialismo. Breve tratado de glotofagia, el sociolingüista francés Louis-Jean Calvet ponía el ejemplo de Quebec. Paul Baran, uno de los marxistas estadounidenses del segundo tercio del siglo XX, escribió The Political Economy of Growth, la teoría del crecimiento económico, donde dice que China o India, que acabaron convertidas en colonias, eran países ricos, mientras Japón, que era pobre, no lo fue nunca. La expoliación de Galicia lleva implícito un etnocidio cultural y lingüístico y un ecocidio, con respecto a los ecosistemas, que no ha habido en el País Vasco ni en Cataluña. En Galicia, los sistemas de dominación social del aparato del poder, consolidados en el franquismo, permanecieron intactos durante la Transición.

Ha llegado a hablar, incluso, de un racismo español contra los gallegos
– ¡Así es! En el colonialismo, siempre hay un componente racista. El colonialismo y el racismo son inseparables. Con los gallegos, el nivel de racismo es exagerado. Para ellos, hablar gallego es hablar mal, y éste es el idioma de los parias y los incultos, de la clase campesina y mariñeira, es decir, de la clase trabajadora precapitalista. A principio de los 80, el sector primario ocupaba más del 50% de los gallegos, en buena parte gente establecida en el mundo rural y de gallegohablantes. Hay un estigma de clase y racista: “Eres de la aldea, eres…”. Pero ¡también es racista decir que los catalanes son fenicios y que los vascos son violentos!

Castelao

Castelao

¿Quien lo Influenció más en sus inicios, Marx o Castelao?
Castelao, ¡mucho más! La familia y el círculo de amistades eran del Partido Galeguista. Un nacionalismo de corte republicanista. Mi padre, Manuel, formaba parte, pero no era del sector zurdo. Su hermano Antón sí era marxista, comunista; un hombre fabuloso, médico oftalmólogo y gran investigador, que inventó un aparato para corregir el estrabismo sin tener que operar… El galleguismo de mi padre fue determinante en mi formación: yo aprendí a leer en gallego vez que en castellano. Mi padre era empleado de comercio y tenía una biblioteca impresionante. En casa teníamos prácticamente todos los títulos publicados en gallego desde el inicio del siglo XX hasta la Guerra Civil, cuando se cargaron la editorial Nós. Una maestra me enseñó las primeras letras, y en siete años, mis padres y otros padres contrataron un profesor que había sido represaliado. Era un profesor formado en la Institución Libre de Enseñanza (ILE), y aquella experiencia fue una auténtica maravilla. Eran los años más duros de la posguerra, y aquello era un oasis. Al principio éramos ocho o diez alumnos, pero así que pasaban los años, cada vez éramos más. Finalmente se formó una especie de cooperativa.

La Influencia familiar fue clave, por tanto
– La relación con el tío Antón fue espléndida. Era un hombre muy de izquierdas y a partir de los 12 o 13 años influyó mucho sobre mí, pero mi formación marxista comienza con motivo de mi primera estancia en París de 1957 a 1959.

Dónde coincide en persona con Jean-Paul Sartre y Albert Camus, entre otros
– Sí. Era la época de la rive gauche, una etapa muy bulliciosa; la IV República había entrado en crisis, estaban las guerras de Argelia y de Indochina, que más tarde sería la de Vietnam… En realidad, entonces yo no era un joven radical de izquierdas, sino un joven nacionalista, claramente nacionalista, aunque todavía demasiado tutelado por Ramon Piñeiro. Es cuando nos desembarazamos que algunos jóvenes independentistas constituimos el PSG.

Piñeiro más bien era un político de centro moderado
– Sí, y yo era progresista. Progresista y nacionalista. Yo no tenía una definición doctrinaria ideológica más allá de eso. Mi proceso de formación hacia la izquierda, marxista es posterior. Así que pasaban los años, cada vez me hacía más radical. Y al revés de lo que suele pasar, ahora, de viejo, todavía lo soy más [risas].

“Ser nacionalista y de izquierdas es incompatible”. Seguro que lo ha escuchado muchas veces  ¿Qué opina?
¡Es una estupidez monumental! Esto proviene de la fase estalinista de los partidos comunistas. Sobre el marxismo y la cuestión nacional, hay un buen ensayo de George Haupt y varios de Michael Löwy, especialista marxista en cuestiones nacionales, que ha dejado resuelto este asunto. Lenin no consideraba que las cuestiones nacionales fueron incompatibles con la izquierda, al contrario: el derecho de autodeterminación de los pueblos era algo totalmente aceptado en los procesos de emancipación a partir de la clase obrera y la lucha de clases. El austríaco Otto Bauer tuvo éxito al analizar la cuestión nacional desde la epistemología marxista, distinguiendo muy bien la nación -una realidad sociopolítica que procede de una comunidad de origen, una comunidad cultural…- del Estado. Para la existencia de las naciones no es necesario que haya un territorio, hay naciones que no tienen, pero el territorio es fundamental para la existencia de un Estado. La diferenciación entre nación y Estado rompe el esquema jacobino de la Revolución francesa según el cual “la nación son los ciudadanos”, que es el origen del Estado-nación. Curiosamente, sin embargo, en Europa casi no hay Estados uninacionales. De hecho, Löwy afirma que hay que diferenciar entre “nacionalismos emancipadores” y “nacionalismos opresores”. No hay izquierda posible si no asume la cuestión nacional. ¡Este fue el gran error de los partidos comunistas! La parte estalinista del PCUS tiene mucha culpa. Vea el caso de Cuba, que debe emanciparse de los Estados Unidos. Y el gran referente de la revolución cubana fue José Martí, que no era marxista.

El PSG y el PSPV primigenio ¿eran muy parecidos? En las urnas, ambos consiguieron unos resultados magros
– Hay un cierto paralelismo, aunque el PSG es un poco anterior. Un año y pico después de fundarse, a través de conexiones con el sector largocaballerista y federalista del PSOE en el exilio -en concreto, por la mediación de un ingeniero de Lalín de edad avanzada, albacea de Largo Caballero– van a establecerse una serie de contactos para dar juego a los partidos socialistas de las naciones sin Estado del Estado español. Recuerdo una reunión en Imperia, en la Riviera, en la que tomaron parte el Movimiento [Socialista Catalán] de Pallach, el PSG – íbamos Mario Sales y yo- y de repente apareció Joan Francesc Mira, que representaba los GARS (Grupo de Acción y Reflexión Socialista), el embrión de lo que sería el PSPV.

¿Qué recuerda de aquel PSPV?
– Bueno, El partido se fundó bajo la tutela intelectual de Joan Fuster, a quien traté mucho. Era un buen amigo de Piñeiro, pero situado más a la izquierda. También tuvo mucho que ver Ernest Lluch, que se trasladó a la Facultad de Económicas de Valencia, y Vicent Garcés. Su hermano Juan [Garcés] se incorporaría más adelante, al volver de Chile: se salvó por los pelos del pinochetazo, hasta el punto de que él siempre cuenta que le debe la vida a Allende, que lo obligó a marchar por la puerta trasera. También había aquel personaje entrañable a la vez que curioso que era Josep Vicent Marqués.

Las visitas a casa de Fuster debían ser muy provechosas, intelectualmente…
Conversar con Fuster era una delicia. Además, tenía mucho humor, una gran ironía, y muchísima cultura. Recuerde que acababa de publicar Nosotros, los valencianos y que hablábamos del contenido.

A usted, ¿qué le pareció esa obra?
-Magnífica, en ese momento y en ese contexto.

¿Y hoy?
– Me sigue pareciendo una obra de referencia. El tiempo pasa y la sociedad cambia, pero ese libro fue clave para la toma de conciencia nacional del País Valenciano. Un valencianismo de verdad, no el valencianismo del idioma valenciano y estas caralladas… Fuster situó en el centro del debate la identidad de su país, que debería formar parte de una confederación de los Países Catalanes. Sin él, no se entendería la emergencia no sólo del PSPV, sino tampoco la del Bloque.

Con usted, el Bloque Nacionalista Gallego (BNG) pasó de un solo diputado, en 1985, a tener 18, en 1997
– Hay que distinguir la identidad en el plano antropológico-cultural de la identidad racionalizada en términos ideológico-políticos, es decir, del comportamiento político a la hora de votar. A finales del siglo pasado, la mitad de los ciudadanos se sentían sólo gallegos o más gallegos que españoles, y tan sólo el 3% del total afirmaba sentirse exclusivamente español. La evolución política en Galicia y el conjunto del Estado nos ha hecho retroceder posiciones, sin embargo.

¿Cómo se culminó ese salto?
– El año 1982, el nacionalismo reformuló la organización de su pluralidad. En 1964, un año después de la creación del PSG, se fundó la UPG [Unión do Povo Galego]. El primero nace como socialdemócrata y evoluciona a socialista-marxista, y el segundo, un partido comunista con muchos elementos de los frentes de liberación de la periferia. También se probó de construir una democracia cristiana galleguista, la de Piñeiro, Xaime Isla Couto y compañía, que no cuajó porque no había una burguesía en clave de país. La UPG y la Asamblea Nacional-Popular Gallega se presentan como el Bloque Nacional-Popular Gallego (BNPG), y el PSG, que en solitario, se desmorona. Quedó claro que el modelo de partidos, en Galicia, no funcionaba, y que había que adoptar el frentismo.

Y nace el BNG
– En efecto, nace el BNG como formación de afiliación individual con formaciones en su interior. Hasta 1992 se incorporan Esquerda Galega, de Camilo Nogueira; el antiguo PSG y Unidade Galega; el MCG [Movimiento Comunista de Galicia]; el Partido Nacionalista Gallego… Esto permitió una articulación muy flexible que cobijaba todo el nacionalismo, salvo algún grupúsculo marginal. El BNG se erigió en la herramienta política del frente existente en la sociedad, con un sindicato líder como la CIG [Confederación Intersindical Gallega], Comisiones Labregas, la Federación de Asociaciones Culturales, la Asociación para la Defensa Ecológica de Galicia (Adega), la Federación de Montes Vecinales, etcétera. Esta era una trama muy potente que apenas había tenido traslación electoral.

Manuel Fraga y Xosé Manuel Beiras: Foto La Voz de Galicia.

Manuel Fraga y Xosé Manuel Beiras: Foto La Voz de Galicia.

¿Y cómo lo consigue tener?
En primer lugar, para ampliar el espectro político, el BNG no apostó a ultranza por la independencia. Además, dejamos de lado el discurso doctrinario del nacionalismo leninista que encarnaba la UPG. Es este cambio de discurso, mucho más inclusivo, lo que nos permite avanzar, sin abandonar el posicionamiento zurdo y nacionalista. Era un discurso muy atractivo, acompañado de la táctica seguida en el Parlamento. Con un único diputado, el BNG se convirtió en la antítesis del gobierno conservador de [Xerardo] Fernández Albor, y cuando hubo la moción de censura que hizo presidente al socialista [Fernando] González Laxe, supimos modular el discurso. En 1989, Manuel Fraga llegó a Galicia en una operación avalada por los socialistas, y aunque el PSOE obtuvo los mejores resultados de la historia, perdió la Xunta. Con sólo cinco diputados, el BNG se convirtió en la verdadera oposición al PP, y la política gallega pasó del binomio PP-PSOE al triángulo PP-BNG-PSOE. Finalmente, en 1997, hicimos el sorpasso, y en las municipales de 1999, superamos el 30% en Vigo y accedimos al gobierno de cinco de las siete ciudades. Vigo, Pontevedra y Ferrol tenían alcalde del BNG, y el PP, sólo el de Ourense. En solitario incluso fuimos capaces de obtener un escaño en Europa, el de Camilo Nogueira.

¿Qué pasó después? ¿Por qué el retroceso?
– La cúpula de la UPG comenzó a maniobrar. Habíamos tocado poder y éramos una alternativa de gobierno en la Xunta, pero no se fiaban de Beiras, porque pensaban que Beiras no era controlable.

¿Consideraban que usted era demasiado moderado?
-No se fían, y punto. La UPG quería tener el control del BNG. Entonces, los grupos que habían hecho contribuciones plurales al proyecto común se convirtieron en lobbies por la disputa del poder en las instituciones. El BNG comenzó a gravitar sobre el eje de la política institucional, y éste fue el error.

El 2005, cuando las opciones de destronar a Fraga eran reales, usted no se presentó a los comicios
-Sufrí una operación de acoso brutal, y entonces comenzó el descenso del BNG.

Con todo, se pudo conformar el bipartito con los socialistas, que duró una legislatura, hasta el 2009. ¿Qué le pareció el Gobierno de Emilio Pérez Touriño y Anxo Quintana?
– Les faltó coraje político. En vez de hacer un acuerdo de gobierno sobre un acuerdo programático, cayeron en el mismo error que el tripartito de 1987 a 1989. Hicieron un reparto de consejerías y recelaban unos de otros. Funcionaban como si fueran dos gobiernos. Además, tenían una mayoría absoluta muy ajustada, de un escaño, y los medios del régimen estaban completamente en contra. Anxo Quintana, que fue designado vicepresidente, quería ser el presidente, y nunca asumió que no lo fuera.

El BNG tenía 13 diputados, y los socialistas, 25. ¿Con este número de escaños Quintana quería ser presidente?
– Sí. Esta era su actitud. En los años 90 me acusaban de autonomizar el BNG, aunque los compañeros de comunicación e imagen me decían que yo tenía que tener un discurso de presidente de la Xunta. “No, no, no. Yo he de hacer el discurso de portavoz del BNG, una organización creada para el proyecto estratégico de emancipación, y a seis meses para las elecciones, entonces sí, hablar como presidenciable de la Xunta”. A los mítines, yo nunca hablaba en primera persona del singular, siempre decía “nós”, mientras Quintana siempre decía “eo”. Él pretendía funcionar como si fuera secretario general de una organización piramidal, pero el BNG no era así, sobre todo porque quien tenía el poder no era él, sino la UPG.

A parte de la personalidad de Quintana, ¿qué falló?
– Durante los años de Fraga, nos habíamos hartado de criticar la administración paralela que había creado, que comparábamos con un laberinto o una selva. Cuando llegamos al poder, había que haber entrado con un cuchillo para cortar las lianas. Si quieres moverte en medio de las lianas, acabas envuelto. No hicieron liga, y además, el PSOE es lo que es: un partido dinástico, feudal, borbónico, con gente como Felipe González… La mayoría absoluta, sin embargo, se perdió debido por el electorado del BNG.

Y por no haber adelantado las elecciones seis meses, como insistió el secretario de organización del PSOE, el gallego José Blanco
Sí, pero el BNG decía: “El PSOE quiere adelantar las elecciones porque ya no tiene nada que hacer, pero nosotros todavía tenemos un repertorio de cosas”. Esto contestaban cuando los avisaban de que la crisis se venía encima y que esto podía hacer perder el Gobierno, como acabó ocurriendo. Touriño tampoco quería adelantarlas, porque, de manera estúpida, no quería transmitir sensación de miedo. ¡Qué nivel tiene la clase política española, carallo!

¿Teme que en el País Valenciano el cambio sea tan efímero como en Galicia?
No lo creo, porque nos encontramos en una etapa política muy distinta. El cambio de las elecciones municipales fue muy importante, y en este caso Galicia fue nuevamente pionera. A los de Podemos, se lo he dicho muy claramente: por falta de cultura, la casta política del Estado no entiende cuál es la realidad sociopolítica. No entienden la realidad nacional vasca, catalana o gallega. Es cuando tropiezan que se percatan, y entonces lo miden en función del músculo, no de las neuronas. En Galicia tenemos poco de músculo, pero muchas neuronas, y por eso conseguimos decirle En Marea y no En Marea- Podemos o Podemos-En Marea, a diferencia de En Común Podemos y de Compromís-Podemos.

De acuerdo, pero ustedes han acabado insertados en el grupo de Podemos, mientras que los diputados de Compromís han emigrado al mixto
– Porque hemos mantenido la lealtad con nuestras alianzas.

Compromís ¿fue desleal, entonces?
– Compromís fue desleal con las alianzas. No dio prioridad a mantenerlas a nivel de Estado sobre la reivindicación de su presencia diferenciada en las Cortes, motivada por su situación interna. En cualquier caso, el problema es que en un Congreso sin mayoría de PP y Ciutadans, PP y Ciudadanos tienen mayoría en la Mesa. Pero esto ¿qué cojones significa? Es absolutamente absurdo, pero el PSOE, a cambio de tener la presidencia del Congreso, cedió la mayoría.

-¿Fraga murió nacionalista?
-¿Qué dices? Nacionalista español, sí. Y chovinista. A Fraga, que me respetaba bastante, le propuse cuatro ejes de acuerdo: blindar las competencias exclusivas, tener voz propia en Europa, negociar la eurorregión Galicia-Norte de Portugal y no escarallar las ciudades por razones partidistas. Trabajamos allí unos meses, pero un día Fraga me confesó que esto le generaba muchos problemas con la dirección de su partido en Madrid. Después vino el Prestige y todo se fue al traste. Sí es cierto que Fraga, en el último tercio de su mandato, quiso pasar a la historia con el mismo rango que Pujol en Cataluña.

Curiosa evolución, en un ex-ministro de Franco
-Su carácter fascista no tenía nada que ver. Fraga murió fascista de pies a cabeza, ni que fuera más disimuladamente. Fraga no podía ser nacionalista porque esto no le entraba en la cabeza, habría contradicho su historia anterior…

-… pero el cuerpo quizá sí le pedía serlo
– Entendía que Galicia, por lo menos, era un pueblo.

Feijóo es una involución, pues
Feijóo es un macarra, un mercenario, una persona que se vende por lo que sea. Todo le importa un carallo, Galicia y el resto. Feijóo es un parásito infeccioso, no es nadie. Si Fraga resucitara y lo viera, le pegaría una hostia. Yo siempre le digo señor Núñez, porque en realidad, Feijóo no existe, sino que es feixóo, el equivalente del frijol castellano. Como no puedo decirle frijol ni se merece que galleguice su apellido, le digo “señor Núñez” y punto.

En el 1998 el BNG impulsó Galeusca conjuntamente con CiU y el PNV, con los que se presentó a las elecciones europeas y firmó la Declaración de Barcelona, de estilo federalizante. ¿Le ha sorprendido la evolución soberanista de los antiguos convergentes?
– No.

Para CiU, buena parte de esa negociación la llevó Pere Esteve, uno de los pocos soberanistas que había entonces. Ahora lo son todos
Pere Esteve fue una solución de compromiso en ese momento. Era una persona muy modesta, muy humilde. Lo conocía bien y siempre le decía lo mismo: “Tú eres más socialdemócrata que Maragall”. Vino a mi casa varios fines de semana y me pareció el único político catalán del ámbito conservador capaz de percibir el problema del Estado en clave estatal y no sólo en clave interna catalana, que en mi opinión ha sido el principal problema del nacionalismo catalán. Un día, Pujol lo llamó al despacho para decirle que quería proponer a Mas como nuevo secretario general de Convergencia. “¿No hay otro?”, le preguntó Pere para saber si su nombre estaba descartado.

“Diría que no”, respondió Pujol, que siempre apostó por la gente de los negocios en detrimento del sector soberanista. En el grupo soberanista también había Felip Puig, que terminó haciendo el papelón de consejero de Interior. Cuando hablaba Puig decías: “¡Hostia!”. Era como la gente del PNV que negoció Galeusca: Arzallus, Gorka Agirre, Markel Olano y Joseba Egibar, que si esto es la derecha, manda carallo, ya quisiera tener yo una así. Es una socialdemocracia cristiana.

-¿Se imagina que el partido de referencia de la burguesía catalana sería capaz de hacer un pulso al Estado, como está pasando?
-No, no lo habría dicho.

¿La crisis económica ha sido providencial, en este sentido?
– La crisis explica una parte del proceso catalán, pero no todo. De hecho, tanto la sociedad civil como la CUP han jugado un papel fundamental. Las consultas populares, que están en el origen del proceso, fueron impulsadas por la sociedad y no por los partidos.

Núñez Feijóo, candidato a...

Núñez Feijóo, candidato a…

Usted ha afirmado que, si residiese en Cataluña, votaría la CUP. ¿Por qué se siente más cerca de la CUP que de ERC?
Cuando firmamos la Declaración de Barcelona, pedí permiso al PNV y CiU para invitar a Eusko Alkartasuna y ERC a formar parte, para que hubiera más formaciones de izquierdas aparte de la nuestra. Unos y otros me dieron el visto bueno, pero Esquerra no quiso dar el paso. Y no quisieron hacerlo por el escenario político catalán, porque eso significaba ir de la mano del pujolismo. Finalmente, Galeusca se deshinchó por dos factores: porque yo entre en crisis en el seno del BNG y porque Mas decide bajarse los pantalones ante Aznar.

¿Le sorprende que el PNV no haya aprovechado el empuje soberanista catalán para situar el País Vasco en las mismas coordenadas?
-El Plan Ibarretxe le hizo mucho, mucho daño, debido a la actitud deplorable del Gobierno. Ahora bien, si bien todos los votantes del PNV aceptan que Euskadi es una nación, una parte de ellos no desean según qué aventuras. Además, el proceso independentista de Euskadi está muy condicionado por la historia de la lucha armada. Hará dos años, en una charla en Barcelona, Pernando Barrena afirmó que en Euskadi el independentismo no disponía de suficiente masa crítica para sacar adelante un proceso como el catalán. ¡Por eso digo que la clave de Cataluña es el proceso cívico! Mirad, asistí como observador internacional en todas las consultas populares, excepto la primera, celebrada en Arenys de Munt. ¡Era impresionante! ¡Qué capacidad de organización! A las nueve de la noche habíamos terminado el recuento en una mesa del Penedès, y una hora más tarde, al llegar a la sede del CIEMEN de Barcelona, todos los datos ya estaban a punto. Cuando esto empieza a funcionar, en ERC aparece el cura simpático este, Oriol Junqueras, y Convergencia se da cuenta de que tampoco puede quedar al margen.

El gesto de David Fernández levantando el zapato en la famosa comparecencia de Rodrigo Rato en el Parlamento catalán recordaba el día que usted hizo esto mismo ante Fraga
David me dijo que se inspiró en aquel episodio, de hecho.

También lo han expulsado del hemiciclo varias veces, como Mónica Oltra. ¿Qué opinión tiene de ella?
– Me parece una mujer con mucho talento.

¿Podemos encarna la plurinacionalidad que siempre se ha echado de menos a la izquierda española, o más bien es un espejismo?
– Podemos asumió la plurinacionalidad por razones de oportunidad política y porque algunos jefes, no muchos, sí lo entienden bien.

¿Íñigo Errejón?
-No [Enérgico].

-¿Errejón no?
Pablo Iglesias. Es curioso, porque la última vez que estuve en Barcelona con Gerardo Pisarello y Ada Colau, me dijeron que se entendían mejor con Errejón, pero Errejón es mucho más jacobino que Pablo Iglesias.

-¿Colau sería una buena candidata a la presidencia del Gobierno?
Sí, claro que sí, pero no creo que le interese. Ella no ha desertado de un tipo de lucha muy concreta. El gran mérito de Ada Colau es que puede presidir un gobierno municipal de una ciudad como Barcelona y que su cabeza siga funcionando en las mismas claves que funcionaba antes, cuando lideraba los movimientos de defensa de los derechos sociales. No tiene la ambición de presidir la Generalitat y aún menos el Gobierno del Estado. Si nunca hace este paso, será por cuestiones políticas, no para hacer carrera.

¿El PSOE está muerto?
– ¡En absoluto! Es un partido del régimen, y el régimen sigue vivo. Me lo dijo hace años Arzallus, un personaje absolutamente extraordinario, totalmente distorsionado, que nadie conoce y que yo he tenido la suerte de tratar mucho: “Nosotros no nos podemos permitir ni un caso de corrupción. Ni uno solo. el PSOE, en cambio, al régimen le interesa resucitarlo, y lo resucita. El PSOE sólo se iría al carallo si le pasara lo mismo que le pasó al Pasok, en Grecia.

De los líderes del PSOE ¿salvaría a Zapatero?
– Y la primera etapa solamente. A Zapatero le faltaba nivel, y a su núcleo más cercano, también. Felipe González era un jacobino que se convirtió a la monarquía en los años 70, y de [Pedro] Sánchez sólo sé que juega a baloncesto. Los líderes del PSOE están cogidos por los fuciños, porque traicionaron la base de la izquierda española en el pacto de la Transición. Yo lo viví -y padecí- en directo en la Conferencia Socialista Ibérica, cuando me di cuenta de que la ruptura democrática se iba al carallo. Entonces fue cuando yo reventé.

¿Cómo Cree que evolucionará el proceso catalán?
-Pienso que continuará adelante, pero sin el calendario previsto. Será necesario que la izquierda estatal asuma el derecho a decidir y que el independentismo catalán asuma que necesita el apoyo de la izquierda del Estado español.

¿Mariano Rajoy volverá a ser investido presidente?
– Confío que no. Pueden evitarse las terceras elecciones. Si Pedro Sánchez toma conciencia de que le va la vida y no quiere un gobierno en minoría del PP, negociará con los catalanes.

¿Qué puede ofrecerles?
– De momento, Sánchez ya ha soportado el chantaje sistemático de los grandes barones del PSOE, de todos los zombis estos; y el del grupo Prisa, que es una mierda, y de la troika, que es quien está detrás. Escucha, es muy simple: en Grecia, la izquierda emergente ganó las elecciones y formó gobierno, pero la troika obligó a capitular. Tsipras tuvo que bajarse los pantalones. Mira por donde, el único ministro que no era un profesional de la política, Varoufakis, se plantó, dijo que ya era suficiente y dimitió. En el caso español, tras las elecciones del 20 de diciembre, la izquierda emergente tuvo un éxito enorme pero no hizo el sorpasso. Lo más lógico, sin embargo, era un gobierno a la izquierda, pero la troika hizo todo lo posible para tumbar esta opción. Ahora mismo, en España, hay un golpe de estado. No es un golpe sanguinolento, pero es un golpe de estado. La Constitución están dinamitándola. ¿Cómo puede ser que Ana Pastor, la presidenta del Congreso, no convoque el pleno de investidura porque no le apetece? Y el golpe de palacio, ¿qué me dices? Aquel viernes que Pablo Iglesias -él me lo había consultado antes y yo le había dicho “de acuerdo, adelante”- le propuso al monarca un acuerdo con el PSOE.

El rey sabía que si proponía a Sánchez éste obtendría, por lo menos, el apoyo de Podemos. Sánchez dice que está dispuesto a ser candidato pero que primeramente debería intentar el candidato de la lista más votada, Mariano Rajoy. A continuación Rajoy dice que no acepta ser el candidato porque no dispone de los votos suficientes y el monarca, sin embargo, lo propone a él. Pero ¡qué cojones es eso, carajo! ¿Quién dirigió esta estrategia? La Constitución no dice que la propuesta de candidato la hace el monarca, sino el presidente del Congreso, que entonces era Patxi López. El monarca se limitará a trasladar el resultado de las conversaciones. ¿Dónde está la Constitución? Ha sido un golpe de palacio. En la primera restauración, lo llamaban borbonear.

¿Cree que el BNG continuará teniendo representación en el Parlamento gallego?
– Espero que sí. No le deseo ningún mal al BNG. Únicamente le pido que entienda cuál es el nuevo ciclo político.

¿El cuerpo le pedía ser candidato de nuevo y las reticencias en el seno de En Marea lo han desanimado?
– No. El último trimestre he tenido que trabajar muy a fondo para que hubiera una alternativa de candidato que tuviera suficiente solvencia y que fuera asumible internamente. Por eso mantuve el juego de la incertidumbre. Sabía que si daba un paso adelante y me postulaba como candidato, nadie lo habría cuestionado. Nadie se habría atrevido a cuestionarme. Pero todo el mundo sabe que yo fui el primero que apostó por las nuevas formas de presencia y participación de la ciudadanía en la política, el primero en construir puentes entre la izquierda nacionalista y la izquierda federalista con AGE [Alternativa Gallega de izquierdas]. Y hay un librito mío, Exhortación a la desobediencia, publicado en gallego ya hace tres años y que en la versión española cuenta con un prólogo precioso de Antoni Domènech, en que agrupo textos escritos desde 2005 y se ve claramente que ya hace años que voy diciendo las mismas cosas. El problema era que yo no tenía las energías necesarias ni la garantía de poder cumplir el compromiso con los electores. La gente me paraba por la calle y me pedía que me presentara, que la gente joven sólo confía en mí. A mis compañeros les explicaba que yo no tenía ninguna varita mágica para resolver todos los problemas de Galicia. Sólo habría aceptado ser candidato en una situación límite, de caos total, y para ver qué pasaba. Pero no para presidir la Xunta, porque eso ya era imposible.

Empezó en el PSG, pasó al BNG, y ahora, como coportavoz de Anova, está inserto en En Marea. Se le nota especialmente satisfecho de esta experiencia postrema
– En Marea es un movimiento sociopolítico. Una vez pasen las elecciones, hay que abrir un proceso constituyente como partido no instrumental. Aquí la masa fundamental es la gente de las mareas: 70 candidaturas municipales ¡70! Las mareas son la nueva forma de hacer política. En la asamblea de En Marea del mes de mayo, asistieron más de un millar de personas, el 90% de las cuales apostaron por presentarse a las elecciones gallegas como un partido instrumental. Mucha gente ha percibido que En Marea aporta una herramienta a la familia nacionalista desencantada con el BNG, que padece esclerosis. Podemos pinta poco en el seno de En Marea. ¿Por qué Pablo Iglesias, si no, dijo in extremis que había que entrar? Aquella mañana [el último para registrar las candidaturas partidarias] envió un mensaje a Carolina [Bescansa] y [Pablo] Echenique en que les decía que si Podemos iba en solitario a las elecciones -después de que En Marea no aceptara la coalición- no vendría a hacer campaña en Galicia. Si hizo esto es porque sabía que, en caso contrario, Podemos se metía una hostia. Podemos habría obtenido unos resultados muy por debajo de los nuestros.

Xosé Manuel Beiras fue elegido académico de la RAG en 1976, cuando apenas había cumplido 40 años. Lo propuso el que era el presidente, Sebastián Martínez-Risco, pero Beiras atravesaba una crisis personal muy fuerte, agudizada tras las elecciones de 1977. A principios de los 80, cuando sale de ese “túnel” depresivo de un lustro, es elegido decano de la Facultad de Económicas, y al agotar su mandato, prepara su discurso de ingreso en la RAG. Pero entonces el presidente de la institución era Domingo García-Sabell, que había sido su suegro y había apostado por una línea de aproximación al castellano, en vez de hacer un acercamiento al portugués, como quería Beiras. Además, García-Sabell, que a la vez era delegado del Gobierno en Galicia, impugnó la ley de normalización recién aprobada por el Parlamento gallego.

El poeta Uxío Novoneyra, uno de los escritores que se encerró en la RAG en señal de protesta por la impugnación, le espetó a García-Sabell que aquel era “el primer país del mundo en que el presidente de la academia de un idioma oprimido es también el jefe de la policía del Estado que la oprime”. Beiras renunció al cargo de académico para que el acto de ingreso se aplazaba sine die. Nunca tomó posesión, pues, pero es un gran experto del idioma.

Usted es partidario del reintegracionismo con el portugués
Ricardo Carballo, el primer catedrático de lengua y literatura que hubo en la Universidad de Santiago, miembro del Partido Galeguista, lo explicó con claridad. En la Península Ibérica se formaron tres lenguas romances procedentes del latín vulgar: la occidental, la central y la oriental, es decir, el gallego, el castellano y el catalán. En el proceso de avance frente al espacio árabe, se crea el dialecto meridional de cada uno de ellos, es decir, el portugués, el valenciano y el andaluz. Cuando Portugal se constituyó en reino, muy prematuramente, aquello no rompió la unidad del idioma, la lírica galaico-portuguesa era la misma. Con el paso de los años, así que Portugal se consolida como país independiente, las diferencias son cada vez más marcadas, porque la lengua evoluciona como idioma de Estado. Esta diferenciación no se da entre el catalán y el valenciano, por ejemplo.

¿De qué se rien Felipe VI y Pablo Iglesias?

¿De qué se rien Felipe VI y Pablo Iglesias?

Por lo tanto, el gallego forma parte del tronco lingüístico galaico-portugués, pero por el dominio del castellano, está bastante más contaminado el gallego de Galicia que el gallego de Portugal. Entonces, para ir hacia una convergencia, debemos acudir al portugués. Esto se llama reintegracionismo. También hay que recuperar las formas ortográficas propias del gallego histórico.

¿Es factible este objetivo?
– Debe serlo. En el siglo XIX, Rosalía de Castro, por poner un ejemplo, tuvo que inventarse una ortografía, teniendo en cuenta que los lectores potenciales estaban alfabetizados en castellano. Una vez se normaliza el uso del idioma y aprende en las escuelas, la tesis es que hay que ir hacia el reintegracionismo, a fin de recuperar la ortografía histórica. Otra cosa, sin embargo, es el lusismo: usar las formas portuguesas por delante de las gallegas, cuando ambas son aceptables.

¿Qué piensa del lusismo?
– Que no hay que pasarse de rosca. Por ejemplo, en gallego, laguna es lago, y en portugués, lacuna. Si lagoa está más lejos del castellano, ¿por qué tienes que usar el lusismo lacuna? El portugués también recibió mucha influencia del castellano en la época de los filipos, de Felipe II a Felipe IV, hasta que se produce la independencia de Portugal. Gil Vicente, un gran dramaturgo de aquella época, escribía en portugués para las clases populares, y en castellano para la burguesía y la aristocracia. En castellano ladrillo se llama tijolo, pero si consultas el Diccionario etimológico da lingua portuguesa, de [José Pedro] Machado, explica que tijolo proviene del castellano tejuelo. El portugués de Brasil está mucho más cerca del gallego que no el portugués, al igual que el castellano de Argentina o del Perú está más cerca del castellano del siglo XVI que no del actual. El portugués entra en Brasil en el siglo XV y XVI, sin las influencias del portugués de la Península. Aún más: si comparas el portugués de la mitad norte de Portugal con el portugués de los medios de comunicación, el popularmente conocido como lisboeta, sentirás muchísimas vocales mudas que los portugueses, en realidad, no hacen.

NOTA:
Xosé Manuel Beiras
miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es el más destacado dirigente de la izquierda nacionalista gallega. Profesor de economía en la Universidad de Santiago de Compostela, ha sido uno de los políticos más sólidos, imaginativos e independientes de las izquierdas durante la Transición política en el Reino de España.
La traducción para SinPermiso es de Daniel Raventós.


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