España, 26-03-2017

La locura del soldado desarmado

Hasta el último hombre

Sin Acritud…
Cordura (26/12/2016)
La película Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge) narra la historia de Desmond Doss, objetor de conciencia que se negó a portar armas y salvó a decenas y decenas de hombres en la Segunda Guerra Mundial.

Ser condecorado por un genocida a causa de proezas militares no parece la mejor carta de presentación ética. Y si tu historia la acaba contando en cine el Rey del Morbo (Mel Gibson, el de La pasión de Cristo), ¿cómo quedará tu imagen? Pues bien, lo interesante es que, aun así, estamos ante una película que vale la pena ver y, sobre todo, una historia digna de conocerse.

Tras alistarse en el ejército estadounidense en 1942, el adventista del séptimo día, Desmond Doss, es maltratado por sus mandos y compañeros por negarse a tocar un arma. Biblia en ristre, mantiene sus convicciones y mansedumbre a pesar del entorno hostil (consejo de guerra incluido) que le toma por loco, y en su conducta no dejan de reflejarse la dulzura y las enseñanzas de su madre, que le inculcó el respeto al divino «No matarás».

Una vez en el frente, especialmente en Okinawa (Japón), Desmond se distingue por su valor y eficacia a la hora de rescatar y curar a un montón de heridos de muerte. En medio de la orgía de fuego y estruendo artillero (que Gibson se ensañe mostrándonos sangre y entrañas de cuerpos rotos sirve para recordarnos los horrores de la guerra, compendio de toda la barbarie humana), el soldado médico, guiado solo por una fe trascendente que casi nadie entenderá, no se cansa de salvar “hasta al último hombre”.

No es un héroe al uso. Contra lo que el mundo piensa, no es su valentía la que engendra sus “hazañas”. El filme lo refleja al mostrarle orando justo antes del momento más decisivo. Es la respuesta a esa oración la que le llena de determinación.

Los “fallos” del protagonista
Reconozcamos que, como El Idiota dostoyevskiano, Desmond es un no violento un tanto chapucero: se niega a empuñar un arma pero se alista voluntario en la guerra para “servir a la patria” (i.e., a uno de los bandos), por momentos realiza su misión salvadora cubierto por balas amigas, y acabará recibiendo una medalla a manos de Truman, el presidente atómico. Visto objetivamente, no es un modelo de pacifismo. ¿Pone eso en entredicho sus valores?

Nuestro hombre llega hasta donde llega: ni un milímetro menos de donde le dicta su conciencia. Como, también, cuando cura en un búnker del “enemigo” a un soldado “japo” y salva luego a varios más. Él no busca primariamente convencer a nadie de sus ideales, sino ser útil de la manera que él entiende que debe serlo; a partir de ahí, su ejemplo se encargará del resto.

Los grandes aciertos del protagonista y de su historia
Así pues, Desmond no actúa como sería de esperar según la lógica antibelicista. De manera paradójica, seguramente sea el borracho de su padre, un tipo violento con su familia pero terriblemente atormentado, quien mejor encarna esa lógica: traumatizado por sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, no quiere saber nada de contiendas bélicas y se pone “malo” cuando sus hijos hablan de alistarse. Junto con las espantosas escenas del campo de batalla, es quizá el padre de Desmond quien transmite el verdadero alegato contra la guerra. Y a fe que esta, sean cuales sean las intenciones de Gibson, queda muy mal parada para el espectador mínimamente sensible.

El segundo gran acierto, pero acaso el mayor, tiene que ver con la conciencia. El joven soldado desarmado respeta en todo momento la libertad de conciencia de los demás mientras reivindica la suya, que le dicta justo lo contrario de lo que hacen ellos. He aquí, en última instancia, la gran cuestión de esta historia, protagonizada a fin de cuentas por un objetor de conciencia. La actuación del propio padre de Desmond, al testificar a favor de que no expulsen a su hijo del Ejército, confirmará su importancia.

Por todo ello, en nuestra época de simplismo bipolar y belicismo, de patriot acts y leyes mordaza, el mensaje de Hasta el último hombre no puede ser más actual. La profunda reflexión que propicia debería favorecer el respeto intransigente de los principios y, sobre todo, del derecho personal a sostenerlos en conciencia.

Así, tal vez, ya no “haría falta” que un genocida tuviera que acabar condecorando a un pacifista.

N. de la R.
Este artículo se publica con la autorización de Cordura.


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826