España, 26-03-2017

El Show de Trump o la Trampa de la Globalización

Mundo globalizado.

Internacional
[SEPA] (10/3/2017)
Suele analizarse a la realidad política recurriendo a diferentes lentes, para usar una metáfora científica e imaginar utópicamente que la misma puede ser puesta bajo un microscopio imaginario. Sin embargo la analogía es bastante ilustrativa, dado que la imagen del objeto observado puede ser filtrada según lo que se quiera observar o lo que se quiera destacar. A “contrario sensu” podríamos afirmar también, que el referido filtro puede apuntar a “lo que se quiera ignorar o desechar”.

En realidad, en materia política existen grandes limitaciones por la confusión existente entre el observador y el objeto observado, dado que todos los analistas políticos al hacer su trabajo “científico”, se están observando a sí mismos. Ello no quiere decir que la realidad sea lo que ellos dicen, sino que lo que ellos dicen es una parte de la realidad, a veces muy pequeña pero en ocasiones muy influyente. Para añadir un ingrediente que agrega complejidad al tema tratado, tenemos que resaltar que el análisis político forma parte de la lucha política y que no es neutral aunque así se lo pregone; dado que siempre se intenta difundir una perspectiva determinada en el confuso espacio que se conoce como opinión pública, como paso previo al intento de imponerla en los hechos.

Siguiendo con la metáfora propuesta, podríamos afirmar que, en materia de análisis político, en general se usan métodos dicotómicos (se habla que un método es dicotómico cuando divide al objeto observado en dos áreas diferentes, aun opuestas, pero complementarias). Así, se han escrito toneladas de libros que subdividían la realidad política entre los partidarios del antiguo régimen y los revolucionarios republicanos; entre liberales y conservadores; entre comunistas y capitalistas; etc., etc., etc. A su vez en cada país se han analizado antinomias locales con similares características; en América latina realistas e independentistas; en Argentina, federales y unitarios, liberales y conservadores; radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas, etc., etc., etc…

Hubo un momento histórico a principios de la década del noventa del siglo XX en el cual, luego de la implosión de la Unión Soviética, se generalizó cierta sensación política de “fin de juego”. Lo que aparecía como la última dicotomía de la historia que enfrentaba los dos sistemas opuestos de aquel entonces (capitalismo y comunismo), se había disipado como por arte de magia con la caída del muro de Berlín; Francis Fukuyama había anticipado “El fin de la historia”; el llamado “Consenso de Washington” impulsado por los líderes políticos del momento (Ronald Reagan, Margaret Tatcher, Helmut Kol, Mijaíl Gorbachov, entre otros), comenzó a planificar la instauración global del libre comercio y de la “democracia liberal como modelo político único en occidente; China ingresó al capitalismo y comenzó a exportar baratijas a todo el mundo; el surgimiento de Internet confirmó la premonitoria “Gran Aldea Global” anticipada por Marshal McLuhan en su libro “La Galaxia Gutemberg”: en definitiva, había nacido la globalización.

Como efecto colateral de esta gran victoria occidental, hubo una víctima: el “Estado de Bienestar” que occidente había tolerado para frenar cualquier tentación de la clase trabajadora y de las clases medias por adscribir al sistema comunista que pretendía mostrarse como distributivo e igualitario. Hay que recordar que, si bien las atrocidades de la segunda guerra mundial habían marcado a la generación que la sufrió; estaba fresca en la memoria la crisis económica capitalista casi terminal de la década del ´30 del siglo XX, que había desembocado en el conflicto bélico mundial. Durante la “Guerra Fría” era necesario e impostergable que occidente fuera más solidario que la Unión Soviética y también más productivo y eficiente y en esta necesidad se consolidaron los partidos socialdemócratas y socialcristianos occidentales que, ya sea desde la centroizquierda o desde la centroderecha -moderadas ambas-; operaban como anticuerpos (o válvulas de escape), frente al comunismo que amenazaba desde Rusia y frente a los totalitarismos de derecha que habían desencadenado la guerra mundial.

Aldea Global

Ante la amenaza del comunismo, el capital prefería pagar mejores salarios, reconocer derechos sociales, reconocer la necesidad de algunas regulaciones ambientales y de algunas medidas proteccionistas. Desaparecida tal amenaza: ¿Qué necesidad existe de producir con costos laborales, ambientales y por ende fiscales tan altos?…La respuesta es: Ninguna.

Sin embargo, dada la existencia de una fuerte y educada clase media y una sólida y también educada clase obrera que podían oponer una importante resistencia al cambio de paradigma, el tránsito hacia la reducción de costos laborales no fue directo ni inmediato. Con el pretexto de “fomentar el capitalismo” en países que habían sido comunistas como los del este europeo, en otros que querían ingresar al capitalismo como la India, Pakistán o la misma China, o en los países del sudeste asiático, las grandes corporaciones industriales empezaron a aprovechar los bajos costos laborales, ambientales y fiscales que proponían las incipientes naciones capitalistas.

Progresivamente las clases obreras calificadas europea y norteamericana fueron perdiendo puestos de trabajo, dado que muchas plantas industriales se trasladaban a un tercer mundo laboralmente precarizado y ambientalmente desprotegido. A ello se sumó el fenómeno del avance tecnológico y de la automatización de la producción.

Conocidas marcas europeas y norteamericanas empezaron a tener para sus productos el ya clásico sello “Made in China”, o “Made in Taiwán”, o “Hecho en México”. Esta circunstancia trajo como consecuencia un progresivo empobrecimiento de las clases trabajadoras y de las clases medias de lo que hasta ese momento era conocido como “primer mundo”. En Europa surgió el “Club de los Mil”, integrado por millones de trabajadores cuyo techo salarial fue y todavía es de mil euros y en Estados Unidos aparecieron las grandes ciudades fantasmas como Detroit, que exhibe enormes galpones abandonados de la otrora poderosa industria automotriz americana, ofreciendo un escenario “distópico” propio de películas futuristas.

Otra consecuencia de las políticas implementadas como consecuencia del “Consenso de Washington” fue la ruptura del equilibrio económico distributivo que había caracterizado al mundo de la post-guerra durante la llamada “Guerra Fría”. La otrora fuerte clase media fue proletarizándose, se resintió su acceso a una educación de calidad y a los servicios de salud y se fue precarizando su panorama laboral, y en general se incentivó su idiotización a través del consumo de drogas y el debilitamiento de las estructuras familiares que generaron mareas de hijos afectivamente abandonados con padres irresponsables y ausentes cuyo rol fue sustituido por los medios masivos de comunicación y espectáculos globales como el fútbol, el béisbol, el chisme y la pornografía.

Globalización Total.

Por su parte la clase obrera en el mejor de los casos ingresó a la economía subsidiada mediante los bonos por desempleo y en el peor de los casos pasó a integrar las tribus de mendicantes home-less, atravesados por la delincuencia y la droga, pero prudentemente expulsados de los circuitos turísticos de las ciudades europeas. Por otro lado grandes fortunas se consolidaron alrededor de consorcios financieros, mediáticos y de servicios, amparados en normativas comunitarias y transnacionales a las que pocos pueden acceder o entender y que ingresan al “derecho vigente” mediante complicados sistemas de delegación de jurisdicción legislativa instaurados en el derecho local por vía de tratados internacionales.

A fines de la llamada “década dorada” la situación empezó a ser insostenible, el primer país en donde estalló el sistema global, fue una nación periférica que había servido como primer banco de pruebas de las medidas adoptadas en el mundo. En Argentina (que supo tener una clase trabajadora y media similar a la de países europeos), a fines de 2001 un grave estallido social hizo renunciar el entonces Presidente Fernando de la Rúa que había continuado con las políticas neoliberales implementadas por su antecesor Carlos Menem. Se produjo una grave conmoción social y política sin precedentes en la historia de la democracia argentina, con decenas de muertos que preludió un abrupto corte a las políticas del consenso de Washington.

En el primer mundo, sin embargo, en septiembre de ese mismo año el atentado terrorista a las torres gemelas cambió el eje de la tensión política que pasó de la preocupación por la situación económica global de las clases medias y bajas, a la lucha contra el terrorismo internacional fundamentalista, desarrollada y ejecutada principalmente por los miembros de la OTAN (ya sea directamente o a través de la ONU), en diferentes escenarios del cercano oriente, situación que con distintos protagonistas se mantiene hasta el día de la fecha. Para muchos analistas la cuestión del terrorismo apenas ha influido sobre la estructura económica implementada en la década del noventa, más aún, fue un factor que impidió que se focalice o concentre la protesta social al requerir un extremo control sobre la población. Sin embargo un nuevo hecho volvió a centrar la atención en la cuestión social. La devastación producida en países del cercano oriente ha generado el fenómeno de los refugiados que por millones llegaron y llegan a Europa huyendo de la muerte en sus países de origen, destruidos por la guerra llevada adelante por Estados Unidos y otros países de Europa miembros de la OTAN.

En los últimos años, gran parte de las clases medias y trabajadoras europeas pauperizadas se fastidian con los refugiados que buscan sobrevivir. Ello ha fortalecido a los partidos de extrema derecha en Francia, Alemania, Bélgica, Austria, etc. y en Europa la xenofobia y el racismo está preludiando una guerra entre pobres sin precedentes en los últimos años. En este contexto el Reino Unido se separa de la Unión Europea y en Estados Unidos aparece Donald Trump que sostiene entre otras cosas que es necesario expulsar inmigrantes y reinstalar las plantas fabriles que han dejado su país para instalarse en el tercer mundo; para ello se propone precarizar las leyes laborales, ignorar las leyes ambientales, disminuir la presión tributaria desfinanciando al Estado, reducir el gasto estatal (menos el necesario para controlar a la población) y cerrar también económicamente las fronteras de su país.

Sin embargo, para que la propuesta de Trump sea sustentable, la economía norteamericana, en algún momento, tendrá que poder competir con la China y el trabajador norteamericano va a tener que aceptar que el “costo laboral” en su país necesita tener los niveles chinos, a la par de ello todos los norteamericanos deberán aceptar los niveles de contaminación que existe en los centros industriales chinos y que el estado se desentienda de las cargas sociales propias de la seguridad social (ya se ha desmantelado el “Obama Care”). Es probable que se avecine una guerra económica entre ambos países que repercuta en todo el mundo y sobre todo en la población que va a tener que optar por trabajar en condiciones similares a las descriptas en las novelas de Charles Dickens o por la desocupación, sin tener derecho a la protesta. Al parecer Europa va a tomar por el mismo camino y sus ya debilitadas clases medias y trabajadoras deberán aceptar el nuevo paradigma.

El círculo histórico se completa, para que el mundo socialmente más desarrollado se precarice a niveles de la pre-guerra europea dejando de lado los avances sociales que han caracterizado la segunda mitad del siglo XX. Pronto en Europa y en Estados Unidos las hordas de desocupados van a clamar por tener un puesto de trabajo precarizado que les permita disputar las migajas que consumen los trabajadores chinos, van a clamar por un sistema policial que les garantice la seguridad que han perdido a manos de la delincuencia común, del terrorismo y del narcotráfico y van a estar feliz de pertenecer a una sociedad ordenada y controlada por una administración que a su vez eluda ser controlada.

Francis Fukuyam.

Queda una incógnita por resolver: si se concreta la precarización global de los salarios, también se precariza el mercado generándose el circulo vicioso que se retroalimenta de “menos consumo, menos demanda, mayor recesión, menos trabajo, menos consumo, menos demanda, etc. y así hasta el infinito…”. ¿Cómo se puede controlar un mundo con estas características? Es probable que esta pregunta admita múltiples respuestas. Una de ellas sería, en primer lugar, hacer desaparecer el dinero tal como hoy lo conocemos profundizando la tendencia de enervar su función originaria representativa de valores reales. En segundo lugar, profundizar el monopolio privado de su creación (fase que actualmente está muy avanzada). En tercer lugar, profundizar el control de circulación y distribución mediante su digitalización (lo que hoy se conoce como moneda virtual) y la bancarización obligatoria de su tráfico (fase que también está muy avanzada). En cuarto lugar generar una economía global monopólica y privada que anule la posibilidad de competencia mediante una regulación oligopólica de la producción y de los precios. En quinto lugar controlar la desocupación mediante una asignación universal mínima que enerve las posibilidades de protestas y la inestabilidad política. En sexto lugar, generar un sistema político “democrático” pero de participación restringida (voluntaria), con mecanismos de control de resultados de escasa o nula verificación real para el común de la gente como el voto electrónico (que no sólo permite el control del resultado sino echa por tierra el secretismo o anonimato) y con mecanismos de acceso restringido a cargos electivos que en los hechos impida la participación de ciudadanos comunes sin un poder adquisitivo importante (fase que en la actualidad está consolidada tanto en el mundo desarrollado como en el tercer mundo).

Algunos podrán creer que esta visión pesimista podría tener los originales tintes novelescos de una ficción conspirativa como las que están de moda en la actualidad. Sin embargo estos sistemas no son originales y se han aplicado en el pasado (aunque no globalmente). En Argentina, por ejemplo los ingenios azucareros de la Provincia de Tucumán, para su funcionamiento requerían de mucha mano de obra no calificada, lo que generaba a su alrededor una gran población que vivía de la actividad azucarera. Pueblos enteros dependían del ingenio y la mayoría de sus habitantes cobraban salarios de la empresa. La empresa, por su parte, emitía su propio dinero privado (las conocidas chapitas o latitas) con las que pagaba a los obreros que a su vez se veían obligados a comprar en el almacén que pertenecía a la empresa. El ingenio creaba el dinero, regulaba la distribución del mismo, el precio del salario y el precio de los alimentos y ropa que necesitaban los obreros para vivir; quienes no tenían otra salida laboral y se desesperaban cuando corrían el riesgo de perder el conchabo porque la alternativa era una indigencia más extrema que la que ya sufrían trabajando. El sistema político, que era de participación restringida (voto cantado y voluntario), respaldaba el sistema económico instaurado por el ingenio mediante un extremo control social apoyado por el estado, que sofocaba cualquier posibilidad de protestas o reclamos. ¿Estaremos ante una posible repetición adaptada a los tiempos actuales de aquella experiencia histórica, pero a nivel global? Al parecer, el fenómeno político encarnado por Donald Trump, estaría indicando que ese es el camino que está tomando el mundo.

N. de la R.
Este artículo se publica con la autorización de Diario el Peso.


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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826