España, 19-08-2017

Sentido metapolítico del castellano o español  (y II)

Sin Acritud…
Alberto Buela  (7/8/2017)
El poder de una lengua es el poder de aquellos que la hablan.

Cuando hablamos hoy del lenguaje y de la lengua, tema sobre el que hay miles y miles de trabajos escritos, sabemos que sigue vigente la enseñanza de Guillermo Humboldt, que cada idioma fomenta un esquema de pensamiento y unas estructuras mentales propias. Dime en que idioma te expresas y te diré cómo ves el mundo.

Así los hablantes modelan una lengua y ésta modela la mente proyectando un modo de pensamiento que adquiere su expresión máxima en las identidades nacionales o regionales.

En el caso del español, éste es expresión de unas veinte identidades nacionales consolidadas.

Pero la lengua no es aquella aprendida, no es la segunda lengua. La lengua como lugar de poder es la asumida existencialmente. Y así podemos comprender cómo siendo 56 los países francófonos y 22 los hispano parlantes, tenga el castellano mayor peso internacional que el francés.

Es que de los 56 países francoparlantes, solo tres o cuatro han asumido el francés vitalmente, el resto lo usa por conveniencia. En general, para pedir créditos a la metrópoli.

Con el inglés pasa algo parecido pero en menor medida, porque el peso poblacional de los anglo parlantes es mayor (USA, Inglaterra, Australia, Sudáfrica, Nueva Zelanda), no obstante la mayoría de los países que han declarado el inglés como idioma oficial, 59 en total, utilizan de hecho, infinidad de lenguas locales, que reducen la expresión de lo nacional en inglés. En Nigeria o en la India ¿en qué expresa la identidad nacional el inglés, declarado idioma oficial? En nada.

Entonces, afirmamos que la lengua es un instrumento de poder cuando es asumida existencialmente, de lo contrario es un simple vehículo de comunicación como lo es el inglés en los aeropuertos.

En este sentido, el castellano como lengua occidental tiene una ventaja infinita respecto del inglés y del francés. Pues aun cuando supera al inglés, su máximo competidor, en más de ciento cincuenta millones de hablantes, posee la infinita ventaja que es efectivamente, la lengua oficial de veintidós naciones.

Si a ello le sumamos la proximidad lingüística del portugués (Brasil, Portugal, Mozambique, Angola et alii) se constituye una masa crítica de 831 millones de personas que pueden comunicarse entre sí sin mayor esfuerzo y, lo que es más importante, con estructuras mentales similares.

Esto no es un chiste, ni una anécdota, es un dato geopolítico de crucial importancia para comprender el mundo actual en profundidad.

Es incomprensible como de 31 Estados (22 hispano parlantes y 9 luso parlantes) no haya uno, al menos, que tenga una política internacional de defensa de la expresión lingüística luso-castellana. Salvo el mencionado caso de Brasil, que al sentirse una isla lingüística en América adoptó una política pro lengua española.

Por otra parte, es incomprensible que los teóricos franceses, tan sutiles para otros asuntos, no se hayan apercibido que “la mayor presencia del español como lengua de trabajo internacional, garantiza una mayor presencia del francés, frente al inglés”.

En este campo específico estamos rodeados de un hato de ineptos. Ineptos que como el “rey cazador de elefantes” sostienen en la última cumbre Iberoamericana de Cádiz que somos cuatrocientos millones los hispanoparlantes o como las autoridades del Instituto Cervantes que sostienen que somos 450 millones de castellano hablantes en el mundo y, para colmo de errores, que es la segunda lengua después del inglés: stultorum infinitus numerus est.

Más allá del rey Borbón y del Instituto Cervantes los usuarios habituales del castellano se han metido en el corazón del imperio talasocrático y así suman en USA, 45 millones. Este hecho bruto, real e indubitable ha hecho exclamar al estratega Samuel Huntington en  El Reto Hispano, uno de sus últimos trabajos: “los estadounidenses están aceptando que se convertirán en dos pueblos, con dos culturas (anglo e hispana) y dos lenguas (inglés y español)…. Por primera vez en la historia de Estados Unidos, cada vez hay más ciudadanos (sobre todo negros) que no pueden conseguir el trabajo o el sueldo que sería de esperar porque sólo pueden comunicarse en inglés… Si la expansión del español como segunda lengua de EE UU sigue adelante, con el tiempo podría tener serias consecuencias para la política y el gobierno”.

El español progresa en los Estados Unidos porque hubo un cambio de mentalidad en los inmigrantes quienes en los años 50 se obligaban solo a hablar inglés, mientras que ahora es más conveniente ser bilingüe, porque ello ofrece mejores posibilidades de hallar trabajo.

Además el castellano es un idioma pluricéntrico, pues a diferencia del inglés o el francés donde Londres y París se han constituido como centros de poder lingüístico, Madrid no tiene vocación de centralidad lingüística.

Es hora que nuestros gobiernos asuman una política internacional de la lengua. Que el español sea utilizado como lengua de trabajo de ámbito mundial. Informaciones recientes nos dicen que hoy en China el castellano es la lengua extranjera más estudiada. Que en Brasil el español no es considerado lengua extranjera en las universidades, pues su uso profesoral es habitual. Que Nueva York es prácticamente bilingüe. Que no hay un millón de hispanoparlantes en Filipinas sino alrededor de diez millones o más. Sobre esto último vale un ejemplo, cuando el Papa Francisco visitó Manila comenzó hablando en italiano y al percatarse del silencio de la multitud los saludó en español, la explosión de alegría de la inmensa masa que lo fue a recibir fue estruendosa. A partir de ese momento dio todos sus discursos en castellano. En fin, contamos en definitiva con un instrumento geopolítico y metapolítico poderosísimo que no está explotado.[1] Como afirma el muy buen pensador chileno Sergio Carrasco C.al castellano le falta la firmeza que corresponde a su realidad”. (Carta personal 28/11/12).

Don Quijote y Sancho…

¿Cuándo se tomará una decisión internacional en castellano?                                                                       En estos días, con motivo de la edición de las obras de nuestro maestro, José Luís Torres (1901-1965), el fiscal de la década infame, la misma editorial me regaló los escritos políticos de Manuel Ugarte (1875-1951), que editó hace unos meses. Dos pensadores nacionales, de dos generaciones distintas, que estuvieron en los albores de la primera guerra por la independencia económica de la Argentina. Aquella que llevaron a cabo miembros de generación de 1910 y que siguieron hombres de la generación del 25.

De su relectura más allá de las agudas observaciones, Ugarte fue el gran viajero político del centenario por todos los países hispanoamericanos exhortando a la unión continental, nos surgió una pregunta: ¿hace cuántos años que no se toma una decisión política en el orden internacional en castellano? ¿Hace cuánto tiempo que una decisión política tomada en castellano no afecta al orden internacional?

Manuel Ugarte se desgañita en 1912 cuando realiza su primer viaje a Nueva York. Se exalta cuando recorriendo los países hispanoamericanos observa que: “Mientras las colonias inglesas afianzan su vida y se aprestan a ejercer una acción mundial, las colonias españolas se agotan en luchas estériles y olvidan todo anhelo internacional”[2].

Así, desde 1810 a 1824 (batalla de Ayacucho, última de la guerra de la independencia) nos desangramos para caer en manos de los ingleses y su comercio. Desde 1825 a 1850 nos matamos en las guerras civiles fratricidas, para consolidar el poder anglo-francés sobre Nuestra América. Desde 1850 a 1910 llevamos a cabo un modelo de explotación de nuestros pueblos que sólo sirvió para la creación de oligarquías locales. Desde 1910 a 2017 entregamos, salvo breves períodos excepcionales, todas nuestras decisiones y con ellas todo el manejo de nuestros recursos al Tío Sam.

El problema es que toda la política hispanoamericana se limitó y se limita a la política interna de nuestras republiquetas, la de las luchas estériles de que habla Ugarte. Nuestras guerras son siempre guerras civiles que nos desangran y licuan nuestros mejores esfuerzos. No pudimos superar la política de cabotaje, la política parroquial, la política pueblerina.

Nunca nos hemos dado, ni como países aislados y menos en conjunto, una política internacional. Lo que más hemos hecho han sido negocios internacionales, sobre todo a partir de la venta de artículos primarios y commodities.

Esta política menuda que es la única que hemos practicado los pueblos hispanoamericanos, y es la que en estos últimos doscientos años nos llevó a la inmovilidad internacional y a aceptar lo decidido de antemano por los grupos o lobbies del poder mundial.

Ugarte da a ello una razón poderosa que no hemos leído en ningún otro autor: “Frente al imperialismo, hemos representado la inmovilidad, y la inmovilidad en política internacional como en la guerra, equivale a la derrota.” [3]

No faltará alguno que nos reclame: ¿pero cómo, San Martín y Bolivar no lucharon por la unidad continental? ¿No hicieron lo mismo, aunque en menor medida, Morazán en Centroamérica y Rosas en Suramérica? ¿Y los intelectuales del centenario como García Calderón, Ugarte o Bunge no propusieron uniones aduaneras y políticas? ¿Y Perón no creó el ABC allá por los años cincuenta y el proyecto sindical Atlas para la unidad de nuestra América? ¿Alfonsín y Sarney no crearon el Mercosur en 1991? ¿No se creó en 2004 la Comunidad suramericana de naciones? ¿No se creó también en ese año el Banco del Sur? ¿No ha sido la última creación la Unasur en el 2008?

Pero ¿por qué no han prosperado ni prosperan ninguna de estas iniciativas?  ¿Existe acaso una capitis diminutio de los pueblos hispanoamericanos respecto de los ingleses?  O acaso la falla se encuentra en nuestros dirigentes y en su incapacidad de previsión?

Vamos a intentar una respuesta simple.

En nuestra opinión toda decisión de peso en política internacional tiene que contar con un “arcano”. Es imposible hacer o incidir en política internacional sin contar con un núcleo duro que sostenga la decisión,  pues toda gran decisión en política internacional afecta intereses contrapuestos. No existe en ninguna de estas últimas creaciones suramericanas una voluntad política expresa de consolidar un poder autónomo respecto de los lobbies internacionales. Y lo más grave es que no existe el arcano, como secreto profundo. Se comete la estulticia de avisar previamente a aquellos que van a ser afectados por nuestras medidas, de las decisiones que vamos a tomar. Por ejemplo, se invita en la constitución más íntima de la Comunidad suramericana de naciones, del 0Banco del sur y de la Unasur a participar a Inglaterra y Holanda a través de Guyana y Surinam.

Los agentes del imperialismo, como el Diablo no descansan, y así insisten y propugnan por todos los medios 0apoyados en la nueva teoría de la dominación “la de los derechos humanos por consenso”, que la Comunidad suramericana y la Unasur no se entiendan sólo en castellano sino que además, por respeto a las minorías, utilicen el quichua, el aymará, el guaraní, el inglés, el holandés, el portugués, el mapuche. Un mecanismo pensado para esterilizar lo poco que se pueda hacer.

Si nosotros no asumimos el castellano como lengua antiimperialista en Suramérica estamos liquidados, estamos fritos. De ello se da cuenta la dirigencia del Brasil para quien ya no es una lengua extranjera sino de uso diario, sobre todo en los centros de decisión política, así como en las universidades y centros de estudio e investigación.

Como será el peso de nuestra lengua que los ingleses y norteamericanos siguen sosteniendo el mito que el inglés es el idioma más hablado del mundo cuando hace ya, un cuarto de siglo, que el español lo ha superado en hablantes. (Como dijimos hoy existen menos de 400 millones de angloparlantes contra 547 millones de hispano parlantes, a los que si sumamos los luso hablantes se hace una masa de casi 831 millones de hispano parlantes).

Estos son los datos brutos e incontrastables, su interpretación aviesa e intencionada es ideología de dominación.

Si resumimos vemos que existen tres elementos que van en contra de cualquier tipo de integración regional de los países hispanoamericanos: a) los dos señalados por Ugarte: la luchas intestinas estériles y la inmovilidad internacional. b) la carencia de un arcano en el núcleo de la decisión política y c) la anulación del medio común de comunicación como es una sola lengua.

Estos tres elementos hacen que se tienda a la construcción de un espacio de poder como “una región abierta”, lo que se presenta como una contradicción en sí misma, pues estamos introduciendo la penetración imperialista en su propio seno.

Así estamos logrando lo contrario de lo propuesto pues en nombre de la integración regional los negocios que se hacen  benefician a las multinacionales y las medidas bancarias y financieras al imperialismo internacional de dinero. Un verdadero hierro de madera al decir de Heidegger.

Regresando a la respuesta del subtítulo podemos afirmar que la última vez que se tomó una decisión en castellano con cierta incidencia en el orden internacional fue la invasión a Malvinas en 1982 pero claro, le faltó lo esencial para conmover el orden internacional: el arcano, pues los ingleses sabían de antemano lo que se les venía encima.


Rajoy: “lo único importante es la economía y que mi hija hable inglés”

La manipulación internacional del castellano
Hace ya bastante tiempo[4] que nos venimos ocupando de la relación entre lenguaje, política y poder. Primero llamamos la atención sobre los falsos datos que se manejan respecto del uso internacional del castellano a pesar de las evidencias que cualquiera puede encontrar en los distintos buscadores de Internet sobre cifras, regiones y calidad de los hablantes.

Esta operación internacional es gravísima porque ha formado sobre el tema un esquema de pensamiento único que hace que se repita siempre desde los centros de producción de sentido, como son los mass media, una mentira a designio: “el español es la tercera o cuarta lengua más hablada en el mundo”.

Luego, la divulgación de cifras y datos falsos las reproducen los Institutos de la lengua, como el Cervantes, llenos de becarios y pocos estudiosos, que copian como un espejo opaco, que imita e imita mal, aquello que publican los diarios. Hemos llegado al colmo que estos datos embusteros los repitió el mismísimo ex Rey de España.

La baba ideológica que son estas sucesivas Cumbres Iberoamericanas son la prueba más palpable de la estulticia de este personaje internacional, cuando afirmó engolado en esa sabiduría chata de monarca designado a dedo: “el español es hablado por casi 400 millones de personas”, con lo que dejó de lado a, por lo menos, según los datos que mostramos, a ciento y pico de millones de súbditos y ex súbditos.

En un segundo momento[5]  llamamos la atención acerca de la relación entre lenguaje y poder afirmando que: “el poder de un idioma depende del poder que tienen aquellos que lo hablan”. Si los políticos, empresarios, intelectuales, científicos, financistas y agentes sociales de habla hispana no comienzan por preferirse a sí mismo y su modo de expresión lingüística no hay instalación posible del castellano como lengua internacional de trabajo.

Pero, por otra parte, estos mismos agentes tienen que tener algo que decir de auténtico y propio, y  en este sentido hay que tener en cuenta la aguda observación del filósofo escocés Alasdaire MacIntayre cuando afirma que “un lenguaje comienza a ser aprendido por otra tradición lingüística distinta, cuando tiene algo nuevo u original que brindar” [6](Cfr.: Justicia y racionalidad, cap. XIX: tradición y traducción, Eunsa, Barcelona, 1997).

El mecanismo es, mutatis mutandi, siempre el mismo, se le quitan como ha hecho el ex Rey de España hablantes al español y se aumentan los del inglés. Se denosta y critica el nivel intelectual y científico de los hispano parlantes en función de la mayor jerarquía de los hablantes en inglés. Se bastardea la propia lengua castellana afirmando, sin pruebas, que carece de los instrumentos técnico-lingüísticos para poder expresar adecuadamente los avances informáticos y científicos de la actual sociedad. Se coloniza el castellano con términos traídos del inglés con razón o sin ella con lo que se logra el achatamiento del nivel expresivo propio.

La salida de esta lamentable situación la podemos  barruntar  leyendo la carta personal ese buen investigador, Quintín Racionero: “Muy bueno tu artículo sobre Lenguaje y Política. Ya que ninguna iniciativa puede esperarse de los políticos, tampoco será razonable esperarla de aquellos eventos que organizan los políticos. O sea, que de las grandes conferencias internacionales sobre el español, los diversos fastos sobre la coordinación de las academias latinoamericanas, las actividades del Instituto Cervantes y demás parentela sabemos que nada va a salir. En estas circunstancias, ¿por qué no tomamos la iniciativa nosotros mismos –por ejemplo: los filósofos, quiero decir, los no comprometidos con las subvenciones oficiales–, nos juntamos un buen día en algún lugar de nuestro mundo hispanohablante y empezamos a dar caña? Un abrazote, Quintín” (24/9/10). ¡Contundente!. Se nota que es más filósofo que nosotros porque en cuatro líneas explicó lo que nosotros en cinco artículos previos.

Hablando de filosofía, recuerdo el esfuerzo enorme que le constó al filósofo venezolano Ernesto Maíz Vallenilla junto con otros de lengua castellana, lograr que sea aceptada la lengua española como lengua filosófica y así poder presentar en los Congresos Internacionales de filosofía las distintas ponencias también en castellano.

¡Escuchen: Esto ocurrió recién en 1983 ¡ Como anécdota puedo contar que a propósito de ese Congreso, el XVIII  mundial de filosofía realizado en Canadá, tuvimos que presentar una ponencia en francés Le protreptique: esquisse de lecture sur l`idée d´ordre natural, porque no se aceptaban hasta ese año ponencias en español.

Como observación geopolítica podemos decir que siendo el inglés el idioma del imperialismo talasocrático que rige hoy en el mundo, el español que fue un idioma imperial [7] aunque no imperialista, es la lengua que mejores y mayores posibilidades de oposición eficaz brinda. No sólo porque está ya instalada con 45 millones de hablantes en el interior, en el área pivote o heartland del imperialismo sino porque ocupa todo su patio trasero o backyard. Al respecto debemos recordar nuevamente el trabajo de Samuel Huntington, denominado El Reto hispano donde afirma que en Estados Unidos existen hay dos pueblos, dos culturas y dos lenguas que no son compatibles, pues expresan cosmovisiones diferentes.

Saquen ustedes sus conclusiones y piensen si hay o no una batalla lingüística que dar. Y así al hombre hispano le recordamos la enseñanza del mayor sociólogo brasileño, Gilberto Freyre, cuando afirma: “lengua y cultura hispánica no se refiere tan sólo a los valores de un pasado de gloria, sino a las posibilidades de un futuro de aventura hispánica”.[8]

Mientras que lector europeo de lengua francesa, portuguesa, rumana e italiana le reiteramos nuestra intuición: el avance del castellano como lengua de trabajo internacional es el avance de sus propias lenguas.[9]

El español como categoría metapolítica, esto es, como una gran categoría que condiciona el accionar político concreto, tiene que ser estudiado como tal en el mundo contemporáneo y reivindicado por los suyos en el manejo del “arcano” y de la “decisión política”.

La guerra semántica
Es sabido que el uso y manejo de los términos y las palabras encierra la forma de expresar un pensamiento o un sentimiento, que, al final, determina una forma de ser y vivir. Es por ello que afirma el adagio: quien no vive como piensa termina pensando como vive. Esta identidad entre ser y pensar que exige la sana ética es la que viene a transformar hoy la guerra semántica.

Si los medios masivos de comunicación, y los periodistas a su servicio, se han transformado en los nuevos filósofos de la sociedad de consumo, en los que hacen el discurso de la sociedad en su conjunto, nos imponen los términos y las designaciones, nosotros, el pueblo llano, estamos soportando una agresión semántica. Así cuando nos hablan de pent house en lugar de ático; de Estado Islámico en lugar de Daesh, como los buenos árabes lo designan; de América Latina en lugar de Iberoamérica, de libertad de vientres en lugar de aborto; de hombre de color en lugar de negro; de no vidente en lugar de ciego; de abusador en lugar de violador; de hombre y mujer en lugar de varón y mujer; de email en lugar de correo electrónico; de parking en lugar de estacionamiento y de miles y miles de términos trastocados y malversados, podemos afirmar que estamos padeciendo una guerra semántica.

El gran poeta Leopoldo Marchal afirmó: no olvides que cuando se elige un nombre, se elige un destino. Y esto se aplica no solo a los nombres de personas sino para la designación de las cosas y las situaciones, sean políticas o personales.

Hoy desapareció como por arte de magia el término revolución en los discursos políticos; la palabra gente reemplazó a la de pueblo y género reemplazó a mujer. Las palabras generadores en el uso y comprensión de texto han sido reducidas de 80 a 15. Y esto  por sugerencia de un famoso educador mundialista como Paulo Freire, con lo cual estamos produciendo semi analfabetos.

Alberto Buela

Aristóteles define al hombre por la palabra: el animal que ejerce la palabra.

Pues por ella nosotros sabemos quiénes somos y qué son las cosas. La palabra nos revela a nosotros mismos (el psicoanálisis, la confesión) y nos revela el mundo exterior, la naturaleza de las cosas que conocemos a través de la definición. Pues definir es delimitar algo en lo que es.

La palabra abre un mundo y, al mismo tiempo, limita ese mundo cuando lo hace comprensible. Esta es la riqueza que nos viene a robar la guerra semántica que padecemos.

Esta guerra semántica tiene un antecedente ilustre que fue Federico Nietzsche cuando afirmó que: no existen hechos, sino interpretaciones. Porque negó la existencia de alguna verdad o conocimiento permanente o indubitable ya que todo depende de aquel que interpreta.

Al negarle a la palabra la capacidad de designar caemos en un relativismo nihilista en donde todo se mide, como dice el refrán, de acuerdo al cristal con que se mire.

Es por eso que un gran filósofo como Hans Gadamer le respondió: la hermenéutica es no creer en ninguna traducción sino en interpretar la palabra viva. Así en la  recuperación del uso genuino de las palabras y de los términos estará la tarea de todos aquellos que no quieran ser reducidos de hombres a homúnculos en esta guerra semántica.

Rajoy: “lo único importante es la economía y que mi hija hable inglés”

N. de la R.
El autor es profesor de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires (UBA). El Manifiesto.

[1] Merece ser mencionado acá el Movimiento internacional lusófono dirigido por Renato Epifanio, con quien estuvimos, y que desde el 2008 trabaja en la difusión y normalización del portugués en  los ocho Estados que lo tienen como lengua oficial (Portugal, Brasil, Mozambíque, Angola, Sao Tomé e Príncipe, Timor Oriental, Guinea Bissau, y Cabo Verde) y en los cuatro enclaves (Macao, Goa, Damao, Dadra y Diu) que suman un total de 251 millones de personas. Es que la expansión del portugués beneficia al castellano como la de éste a aquél, pues forman un mismo katechon al avance del inglés. Los franceses tendrían que apercibirse de este beneficio colateral, pero no están en condiciones ni intelectuales ni espirituales de hacerlo. En este sentido es notable el esfuerzo de la inteligencia italiana profunda, que maneja el castellano de suyo, sin dejar de lado la expresión riquísima de la lengua del Dante.

[2] Ugarte, Manuel: El destino de un continente, Bs.As., ed. docencia, 2008, p. 191

[3] Op. cit. p.173

[4] Lenguaje y política, revista Disenso Nº 7, Buenos Aires, otoño 1996

[5] Lenguaje y política II, en Internet

[6] McIntayre, A: Justicia y racionalidad, cap. XIX: tradición y traducción, Eunsa, Barcelona, 1997)

[7] Es dable notar que España no fue un imperialismo que solo busca el dominio y la explotación de los pueblos sometidos sino que fue mas bien un Imperio, pues usufructuó pero dejó una cultura con su lengua, religión e instituciones políticas. Hablando con propiedad España fue un Reino. América propiedad del Rey y nosotros súbditos de la corona.

[8] Freyre, Gilberto: A propósito de lo hispano y su cultura, Cuadernos del Ateneo, Bs.As. 1969

[9] Un filósofo italiano de primerísimo nivel como don Erico Berti de Padova observó sabiamente: en las comunicaciones internacionales y académicas no es necesario dejar de hacerlo en italiano cuando se realizan en Francia, España, Portugal o Iberoamérica, no olvidemos que somos primos hermanos.

 


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