España, 18-06-2018

¿Europeos para arreglar África? Pues, no: Los propios africanos

Esclavitud.

Guinea Ecuatorial
Eyi Nguema Mangue (23/5/2018)
Es bastante habitual que entre colegas y amigos o vecinos discutamos sobre la situación de nuestro mundo: léase país o continente. En estas recurrentes discusiones, siempre hay quien sugiere o se muestra convencido de que la única forma de que nuestros países puedan avanzar es devolviendo las riendas de nuestro destino a los europeos. Defienden esa idea alegando que los europeos tienen una buena hoja de servicios: sus países están mejor organizados. En Europa hay democracia, respeto a los derechos humanos y se vive bien. Por lo que si ellos se ponen al frente de nuestras sociedades, las cosas irán mejor.

Si bien es cierto que este puede parecer un planteamiento razonable o lógico, la inexorable realidad es que no puede ser más equivocado. Veamos:

Los europeos han sido gestores directos de nuestros países (incluso de nuestras vidas, ya que nos vendían y nos utilizaban como al resto de animales) desde que los portugueses bordearon áfrica y Colón llegó a América. En todo este tiempo no se preocuparon por nuestro bienestar ni desarrollo. Se limitaron a coger aquello que les pareció útil para su prosperidad y no era otra que nuestra capacidad de trabajo. Durante tres siglos nos compraron y vendieron como esclavos para faenar en sus campos y viviendas e infraestructuras a cambio únicamente de mantenernos con vida. No es necesario recrear aquí las condiciones de esta “vida”. Y lo peor de aquella etapa (tres largos siglos) es que sirvió para cimentar nuestro actual retraso con todas estas consignas racistas que constituyen nuestro principal lastre. También conviene subrayar que desde el principio de la trata de negros, ya había gente (tanto negros como blancos) que luchaba y denunciaba contra esta situación por considerarla injusta e inhumana. Lo cual significa que aquella situación se desarrolló en un contexto de plena conciencia de los atropellos que se estaban cometiendo.

A partir de la revolución industrial y finales del siglo XIX. Las cosas cambiaron: las máquinas empezaron a realizar el trabajo que antaño hacían miles de hombres y, por otra parte, se empezaba a necesitar mucha materia prima para la industria. Así que, de nuevo, los europeos miraron hacia nuestras tierras; en esta ocasión ya no era para capturar esclavos (eso estaba desfasado, lo que interesaba ahora eran las materias primas y no la mano de obra), sino para establecer colonias. De norte a sur y de este a oeste (a excepción de Etiopía) nuestro continente fue infestado de establecimientos europeos con el único propósito de extraer los recursos naturales y llevárselos para su opulencia.

Fueron más de 60 años de gestión directa de nuestros países, que en realidad se tradujeron en una explotación brutal y sin contemplaciones. En todos estos años, en estos países europeos (Inglaterra y Francia, concretamente) ya se sabía de la democracia y de los derechos humanos. Ya se sabía de la educación y de la ciencia como instrumentos imprescindibles para el desarrollo de toda sociedad. Ya tenían grandes universidades en sus tierras como Oxford o la Sorbona. Sin embargo, no crearon universidades en las colonias ni establecieron sistemas educativos orientados a promover el desarrollo y el bienestar de los nativos. La educación que se desarrolló tenía por objetivo facilitar la explotación de los recursos y derruir las culturas ancestrales suplantándolas con el cristianismo e instalando un caos ético y de valores.

Durante la colonización, al menos, en el caso de Guinea Ecuatorial (y no fuimos ninguna excepción) los nativos (indígenas), al igual que el resto de cosas que hubiera en nuestra geografía, éramos propiedad del gobernante de España o de quien delegara. El sistema implantado durante la colonia discriminaba legalmente a los nativos. No teníamos ningún derecho, sobre todo frente al europeo. Y desde luego, todo estaba pensado y organizado para subyugar al nativo: para garantizar que estuviera siempre en desventaja y que viviera eternamente muy por debajo del nivel de los europeos. De nuevo, todo eso contó desde el principio con el rechazo de ciertas personas (africanos y europeos). Por lo que estas nuevas barbaridades también se cometieron adrede.

Guinea Ecuatorial: guardias coloniales.

En la actualidad, todos somos conscientes, en mayor o menor medida, de que el mundo lo controlan las grandes empresas. Es un control fáctico que impera en todo el mundo. Por lo que en nuestros países africanos no somos ajenos a esta realidad. Pues, bien, aquí las grandes empresas son propiedad de los occidentales (europeos y americanos) y en ellas los jefes de verdad, los que cortan el bacalao, son occidentales y todos sabemos muy bien el trato que le brindan a los nativos. Que no es precisamente un trato de respeto o un trato de poder considerar que se quiere nuestro progreso. Y también señalar que estas grandes empresas inciden de lleno en el sistema político mundial. Es decir, los políticos en plaza lo son por connivencia con las grandes empresas que operan en su territorio.

Por lo que la situación actual de nuestros países, de la que nos quejamos, está en buena medida enmarcada por los europeos.

Lo que sucede es que la realidad es inexorable. Y la realidad es que cada uno resuelve sus problemas. Por tanto, la responsabilidad de sacar a áfrica del atraso en el que se encuentra es sólo nuestra: los africanos. Nadie debe venir ni va a venir de ninguna otra parte del mundo para salvarnos. Debemos hacerlo nosotros mismos.

Con eso estamos diciendo que la iniciativa y la voluntad de mejorar nos corresponde exclusiva e intransferiblemente a nosotros. A partir de ahí, toda ayuda o colaboración, venga de donde venga, sea de la forma que sea será imprescindible. Porque tampoco se trata de reinventar la rueda, sino de hacer lo que otros ya han hecho y hacen.

Fuente: Radio Macuto.


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