España, 23-06-2017

Sin Acritud…

Si es que nunca aprenderemos…

Alberto Montero Soler (11-2-2008)
Resulta cuando menos curioso en un momento de crisis financiera como el actual encontrarse en la prensa con noticias como ésta: “Ocho entidades controlarán el riesgo por sí mismas”.

En efecto, el Banco de España va a conceder autorización a ocho entidades financieras españolas para que fijen sus propias normas de control del riesgo y establezcan, en función de ellas, el porcentaje de capital a mantener inmovilizado en proporción al crédito concedido. Ése es, sintéticamente, el contenido de la noticia.

Pero, ¿qué significa esto y qué implicaciones tiene? Básicamente quiere decir que el Banco de España, que ya se había visto privado de gran parte de sus funciones tras la cesión de la política monetaria al Banco Central Europeo con la entrada en circulación del euro, ahora, graciosamente, se deshace también de otra de ellas que es fundamental para prevenir que tengan lugar crisis como la estadounidense: la regulación y control del sistema financiero o, al menos, de parte de el mismo.

La implicación es evidente: se acabó la supervisión del Banco de España sobre ese ámbito tan delicado del negocio financiero y para esas instituciones. ¿Cómo se le puede ocurrir a alguien pensar que puede ser oportuno obligar a los bancos a tener inmovilizada una parte de sus reservas de forma preventiva por si aconteciera una crisis? Con los tiempos que corren, lo preventivo es un epíteto que en el ámbito financiero suena a anatema y sólo es de aplicación para las guerras. A los banqueros, por el contrario y frente a los “Estados canallas”, siempre se les atribuye la presunción de inocencia y la buena gestión de sus negocios, de los que cuidan con ese celo que nuestro Código Civil atribuye al buen padre de familia. Presunción que se mantiene hasta que estallan las crisis y, de repente, todo el mundo se pregunta cómo es posible que el buen padre de familia se dejara tentar por el afán de lucro y el espíritu avaricioso del que se nutre el capitalismo; como si estos fueran comportamientos que son ajenos a los pequeños y grandes banqueros del mundo.

De nada sirve que las crisis financieras de los últimos años nos muestren que éstas tienen mayoritariamente su origen en la falta o insuficiencia de regulación pública y/o en las argucias de los agentes del sector por escapar a las normas que imponen los reguladores cuando tratan de controlar más allá de lo que a aquéllos les parece razonable.

De nada sirve que la crisis de Enron o Worldcom en Estados Unidos pusiera de manifiesto la connivencia en la que se desenvuelven las relaciones entre empresas auditadas y empresas auditoras (en aquel caso, la prestigiosa Arthur Andersen), cuando de tapar agujeros financieros se trata.

Y de nada sirve tampoco pensar que el grado de control debería ser más elevado sobre las entidades con mayor volumen de negocio porque una crisis en cualquiera de ellas generaría un efecto contagio sobre el resto difícilmente controlable y, por lo tanto, de consecuencias más graves que si aconteciera en una entidad menor.

En definitiva, que la regulación pública de una actividad tan delicada como el negocio bancario nos parezca razonable, a la luz de la experiencia histórica reciente, resulta no ser un argumento de peso que deba ser considerado cuando se trata de establecer normas que velen por el interés general en materia financiera.

Por el contrario, sí que parece la política apropiada favorecer que los dueños del negocio se regulen a sí mismos obviando que, por definición, la banca gana más dinero cuanto más lo mueve de manera que toda regulación que le obligue a mantener preventivamente una parte de su capital en forma de reservas tiene un coste que no es del agrado de los banqueros y que, en la medida de lo posible, tratarán siempre de burlar.

En ese sentido, con esta bula concedida por el Banco de España, que debería ser el garante del interés público en esta materia, se les deja el campo libre a los grandes bancos y cajas de este país para que se autorregulen. Si se me permite el símil, algo semejante al pastor que deja el cuidado del rebaño de ovejas a cargo del lobo. Luego, que nadie se extrañe si alguna aparece muerta.

Eso sí, llegado el caso, ya verán como no faltan recursos públicos que inyectar en el sistema para evitar su colapso bajo la excusa de que lo que se trata de proteger son nuestros ahorros y, de paso, que la banca nunca pierda.

N. de la R.
Este artículo se publica gracias a la gentileza del autor, profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga, y miembro de la Fundación CEPS, que también pueden ver en “La Otra Economía”.



Prácticas municipales perversas

José Manuel Urquiza

José Manuel Urquiza

España
Juan Manuel Urquiza (7/10/2007)
Ante la opinión pública, en mi doble condición de ciudadano libre y de obligado contribuyente, me propongo denunciar, por este medio, de forma periódica y conforme se produzcan, lo que a mí me parecen abusos y perversidades del poder municipal establecido, con independencia de cual sea su signo político. Para que se sepan. Y también con el fin de provocar que alguien, con la autoridad necesaria, se vea obligado a poner coto, en la forma y medida que sean procedentes, a tales desmanes; aunque soy consciente de lo ilusorio de este último propósito.

Comenzaré por tres medidas recientes, de amplia y fácil proliferación (no hace falta dar nombres), cuya adopción y puesta en práctica nada tienen que ver con el interés general de la población sino, exclusivamente, con el particular de sus autores y el del partido al que pertenecen, y cuya legitimad es harto discutible. A saber:



Biblioteca y Hemeroteca Nacional: entre Don Marcelino y Doña Rosa

José Manuel González Torga (25/8/2007)
Hay una legión de españoles que, en los últimos tiempos, han sido prejubilados en torno a los 50 años. En cambio Rosa Regás, que presume de pelirroja y de republicana, fue nombrada, pasados los 70 años, en 2004, directora general de la Biblioteca Nacional (nacional de España).

Era como una excepción a destiempo, ya que no solo carecía de antecedentes ad hoc, sino que, en 2001, había obtenido el Premio Planeta de Novela que alcanzaba entonces la nada despreciable cifra de cien millones de pesetas a la mayor gloria de tan conspicua representante de la gauche divina.

Con tales premisas, la labor de Rosa Regás al frente de la Biblioteca Nacional ensarta un despropósito tras otro.

Lo más sorprendente son sus manifestaciones asegurando que hace meses que no lee la Prensa y que “afortunadamente cada vez se venden menos periódicos”.

Desde el deseo, atribuido a Carrero Blanco, de que los periódicos se deberían dispensar en las farmacias y con receta, los más ancianos del lugar no recuerdan otra boutade tan semejante. Con el agravante de que la antigua Hemeroteca Nacional es -por decisión del último Gobierno de Felipe González– un departamento de la Biblioteca Nacional.

Algo después, el 16 de enero de 1998, este mismo periodista que hoy escribe, firmaba un artículo en “Abc”, titulado “Sin Hemeroteca Nacional”. La realidad es que nunca hemos estado tan sin Hemeroteca Nacional, como ahora, con el sustitutivo de aquel organismo, deglutida por una Biblioteca Nacional, en manos de alguien que ni aprecia ni lee nuestros periódicos.

A la disyuntiva entre un país sin periódicos o sin Gobierno  cabría parangonar, en caricatura, la alternativa entre un país sin periódicos o sin Rosa Regás. Por críticos que seamos con la Prensa, y debemos serlo, todavía hay clases en este terreno.

Editora, traductora y autora con alguna novela estimable, a juicio de opinantes ajenos a los círculos de bombos mutuos, tampoco es una primera firma. Entre los críticos del Círculo de Fuencarral, a la sombra satírica de “La Fiera Literaria”, ha sido clasificada entre los tremendistas folklóricos, subdivisión de los costumbristas actuales, paralela a los castizoplastas y los pornocasposos. Como se ve, por ahí no sale mal librada del todo.

Con otro toque de humor, para alguno de sus libros de no ficción, han trastocado sus apellidos –Regás Pagés– para aludir al corta y pega, con el juego “Ragés Pegás”. Combinado, en el fondo inocente, con su dosis de broma.

Peor humor tiene ella y lo puso de manifiesto cuando calificó de delincuentes a los funcionaros de la Biblioteca Nacional que la critican. Además no solo les calificó de delincuentes sino que los amenazó en sede parlamentaria: “Lo van a pagar” dijo, tal y como hubiera podido hablar un anacrónico señor de horca y cuchillo. En tres meses ya había liquidado a tres gerentes de la institución.

De hecho, no ha cesado a Don Marcelino Menéndez y Pelayo porque no llegó a tiempo. De ahí que la tomara con la estatua del polígrafo, a la que quiso desplazar y postergar.

Lo que pasa es que Don Marcelino y su estatua pesan mucho. Sus obras completas en la Edición Nacional (CSIC) son 67 volúmenes de grueso calibre.

Cuando Menéndez y Pelayo contaba 37 años, Leopoldo Alas “Clarín” debió de pedirle unos datos autobiográficos, que aquel le remitió. Entre otros figuraban los siguientes párrafos:

“Me gradué de Doctor en 1875 con la tesis que usted conoce “De la novela entre los latinos”; obtuve aquel año el premio extraordinario del Doctorado en oposiciones con Joaquín Costa, uno de los mejores estudiantes que he conocido en mi vida…”.

“En los años que van  desde el 76 al 78, en que hice oposiciones a la cátedra, viajé por Italia, Francia, Países Bajos y algo de Alemania, con una subvención que me dieron, primero el Ayuntamiento y la Diputación de Santander, y luego el Ministerio de Fomento. Vi muchas Bibliotecas, asistí a muchas clases, trabajé de firme”.

Basándose en la comunicación de Menéndez y Pelayo, “Clarín” comentó con garbo su trayectoria en  un artículo publicado en el periódico “La Publicidad”, de Barcelona, el 19 de febrero de 1894.

Aquel director santanderino de la Biblioteca Nacional fue catedrático universitario, académico de la Lengua, de la Historia, de Ciencias Morales y Políticas y de Bellas Artes. Consejero de Instrucción Pública, Diputado en dos etapas, Senador… una personalidad que podía glosar con buen talante “Clarín”, pero que pone de los nervios a Rosa Regás.

Hasta cuando el acerado escritor abomina del lado negro del Periodismo, que lo tiene, como eterno “incitador de rencores y miserias” o cuando bufa contra periodistas con la descalificación de “mala y diabólica ralea”, hay una grandeza en sus diatribas. No vienen dadas, como en el caso de Rosa Regás, por algo tan circunstancial como las informaciones u opiniones sobre el Gobierno de turno, al cual ella debe el cargo.

El célebre escritor portugués José María Eça de Queiroz tampoco regateó acusaciones a la Prensa, que conocía bien por dentro, ya que practicó el oficio; pero, en sus “Cartas de Fadrique Mendes”, remata el duro cuestionamiento en una de las misivas con un quiebro de despedida al amigo: “Perdona, tengo que ir a leer los periódicos”. Resulta compatible.

En definitiva, Don Marcelino, estudioso de los heterodoxos, tampoco dejaba de leer los periódicos en bloque. Lo  cortés no quita lo valiente.

Una conclusión final, salvada la frontera del tiempo: para pastorear los tomos de le Hemeroteca, mejor Don Marcelino que “Doña Rosa”.

N. de la R.
El autor, José Manuel González Torga, es periodista, Profesor de “Redacción Periodística” en la Universidad San Pablo CEU y Presidente de la Asociación Española de Hemerografía.

 

 



Proceso de traición

Antonino G. Gator El Coyote (14/04/2006)conde-don-julian
Se cuenta del maniobrero conde de Romanones que no le hacía ascos a la compra de votos, aunque, por supuesto, procuraba pagar lo menos posible a los electores de su feudo alcarreño. El jefe político directo del partido judicial, le informaba si el adversario se había adelantado a contratar el pago por algunas papeletas ante los comicios. La cojera de Romanones no le impedía movilizarse y averiguar cuánto había cotizado el otro candidato en liza.

– Tres pesetas, señor conde -contesta el paisano al salir de su hermetismo inicial.
– ¡Vaya, hombre!, se ha quedado corto. Venga, dame las tres pesetas, toma un duro y ¡claro está! vótame a mi.



Cuando el vigilado quiere supervisar al cancerbero

José Manuel González Torga (20/2/2006)
jose-manuel-gonzalez-torgaAquello de cuarto poder sonaba muy solemne; pero era algo exagerado. Tanto si lo anticipó Edmund Burke (1729-97) como si lo acuñó Lord Thomas Ratington Macaulay (1800-59) eran brindis interesados a los cronistas parlamentarios de la época. Otra cosa significaría en la pluma de Honorato de Balzac (Revue Parissienne, de agosto de 1840) ya que el escritor francés dedicó páginas envenenadas a la Prensa.

Realmente, en España, sólo hay un viejo periódico que participa directamente del poder, en sentido estricto: el B.O.E., continuador de la Gaceta de Madrid, fundada por don Juan de Goyeneche, hace más de tres siglos. En Guinea Ecuatorial, por cierto, a falta de un equivalente del B.O.E., las disposiciones oficiales hay costumbre de difundirlas por TV (cuando funciona).



La libertad de pensamiento ante un caso límite

Antonino G. Gator (27/1/2006)fusilamientos-2-de-mayo
La gran polémica nacional quedó abierta tras el discurso pronunciado y la sanción recibida por el teniente general Mena Aguado. Luego ha sido continuada por las tomas de posición de otros militares -en activo o retirados- de políticos, politólogos, periodistas y ciudadanos en general. Quedan, sin duda, flecos pendientes, al menos en el terreno de la elucubración, ejercitando la libertad de pensamiento.



Bolivia: Los derrotados

Andrés Soliz Rada  (23/12/2005)
Los separatistas de la oligarquía cruceña, uno de cuyos representantes es el presidente de la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO), José Céspedes (El Deber, 18-06-05), son los principales derrotados en las elecciones presidenciales del 18 de diciembre pasado, en las que Evo Morales, del Movimiento al Socialismo (MAS), obtuvo un triunfo inobjetable.

Estos disgregadores del territorio patrio se aprestaban a entregar a las



La Palabra

España
Rafael F. Navarro (19/2/2005)rafael-f-navarro
En un artículo publicado recientemente, he defendido mi profunda convicción de que la corrupción de la palabra supera con creces cualquier otra corrupción a la que están expuestos los políticos y en las cuales es frecuente que caigan con la consiguiente desaprobación de los ciudadanos.

Hay que enfrentarse, es verdad, contra la apropiación indebida de bienes que a todos nos afecta y hay que condenarla. Lo que yo defendía en ese artículo  es la mayor gravedad de la traición a la palabra dada. El dinero puede en muchas ocasiones ser




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