José Luis Rodríguez Zapatero

Sin Acritud…
Juan Torres (16/6/2026)
La reciente imputación del expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero está trufada de acusaciones sin pruebas y establecidas a base de presunciones no demostradas, pero no se puede negar que forma parte de un larguísimo reguero de frustraciones y desencantos producidos por dirigentes de izquierdas en casi todo el mundo. Incluso si mañana mismo se demostrase su completa inocencia en todos los cargos que se le imputan, no podríamos dejar de preguntarnos qué hacía entre comisionistas, entre corruptos y vende patrias alguien que se presenta como referencia moral de la izquierda, y qué necesidad tiene de dedicarse a ganar dinero en la frontera siempre sutil entre lo bien y lo mal hecho quien, al mismo tiempo, hace discursos como paladín de la igualdad, la transparencia y la justicia social.

Sea como sea que acabe el caso Zapatero, no será el último de frustración, vergüenza y decepción, como no ha sido el primero. Por eso creo que es un error seguir afrontando cada una de esas decepciones como hechos singulares. Son regulares porque responden a un patrón común, a un mal estructural que afecta a la izquierda de nuestro tiempo.

He tratado de analizarlo en el día a día desde hace años, en muchos artículos que están todos en mi página web (www.juantorreslopez.com) y en textos más extensos en alguno de mis libros. Especialmente, en Para que haya futuro (Ediciones Deusto, 2024), en cuya portada lo presenté como un libro que trataba de responder a una pregunta fundamental: ¿Cómo construir un mundo mejor cuando se extiende la extrema derecha para evitarlo y la izquierda no sabe cómo hacerlo?

En estas páginas, trataré de resumir todas esas reflexiones, no como una tesis definitiva, sino más bien como la provocación que es preciso realizar para llamar la atención y para ayudar a generar un debate que apenas se afronta en los términos radicales, de raíz, en que a mí me parece que hay que plantearlo.

A mi juicio, la izquierda que conocemos no da para más, y está a punto de dilapidar por completo todo su patrimonio cultural, ideológico y político del pasado. Ya no es un instrumento útil para transformar el mundo y es preciso cambiar de rumbo con urgencia porque la amenaza de violencia, caos y destrucción, como he analizado también en muchos de mis textos, es más fuerte que nunca en todos los rincones del planeta. De un planeta amenazado, como quizá nunca lo estuvo, por un ecocidio que perpetran grandes capitales sin otro fin que seguir obteniendo beneficio monetario y poder sin límites.

En estas páginas quiere presentar resumidamente dos tesis. La primera es que las izquierdas dejaron de ser transformadoras cuando abandonaron la construcción de sociedad y trataron de sustituir el contrapoder social por la mera ocupación institucional. Cuando perdieron el contacto cotidiano con la vida concreta de la mayoría social y quisieron combatir al neoliberalismo, lo hicieron (cuando, de verdad, lo quisieron combatir, porque buena parte de la socialdemocracia lo asumió y lo aplicó sin reservas) utilizando las mismas estructuras culturales, económicas y comunicativas que el propio neoliberalismo controlaba. Este es, a mi juicio, el error estratégico que explica gran parte de sus derrotas, de sus frustraciones y también del avance contemporáneo de la extrema derecha. La segunda, que a la hora de enfrentarnos a ese fracaso no estamos en un punto cero. Sabemos que sobre qué principios y de qué modo se puede transformar la sociedad y dónde están las experiencias reales que pueden enseñarnos los pasos que hay que dar para conseguirlo. Al mismo tiempo trato de ofrecer, por tanto, el doble plano que encuentro en la realidad: lo lamentable del presente de la izquierda, y la esperanza que puede encontrar quien la analice con luces largas y descubra en ella lo que el poder dominante trata lógicamente de ocultarnos.

La izquierda que fue
Durante décadas, las izquierdas fueron la proa del progreso humano. Es un hecho histórico y evidente. No ha habido ni un solo avance significativo en derechos, en libertades, en justicia social y conquistas democráticas que no haya sido impulsado, sostenido o arrancado por sindicatos, partidos progresistas y movimientos sociales de izquierda. En la gran mayoría de las ocasiones, a base de muchos y a veces sangrientos sacrificios. La jornada de ocho horas, el sufragio universal, la educación pública, la sanidad para todos, los derechos laborales, la seguridad social, las batallas contra las dictaduras, la descolonización, los derechos civiles, la igualdad entre hombres y mujeres (esto último no sin resistencia de demasiados hombres de izquierdas, todo hay que decirlo)… todo ese patrimonio de la humanidad que hoy damos por sentado fue conquistado contra la resistencia de quienes tenían interés en que nada cambiara, y se pudo conquistar gracias a las demandas y la presión organizadas de las izquierdas.

Y lo más notable es que a veces ni siquiera necesitaban gobernar para conseguirlo. Les bastaba su sola presencia social, era suficiente que existieran como fuerza organizada, como contrapoder real, como referente de lo que podía exigirse y de lo que era justo reclamar. Su mera existencia tensionaba a la sociedad, ponía en marcha a los colectivos, obligaba a los poderosos a ceder (no sin fuertes resistencias, desde luego) para no perderlo todo.

Las izquierdas históricas no eran solamente partidos políticos. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en las fábricas, en las asociaciones vecinales, en los sindicatos, en las cooperativas, en las escuelas públicas, en los ateneos culturales y en multitud de espacios cotidianos en los que la gente convivía, discutía, aprendía y se organizaba colectivamente.

Su fuerza no procedía sólo de sus ideas o programas sino de la sociedad que habían construido previamente. Compartían las condiciones de vida de las grandes mayorías sociales y formaban parte de su experiencia cotidiana. No hablaban desde fuera de la vida popular, sino desde dentro de ella.

Es cierto que hubo idas y vueltas, pasos adelante y pasos atrás, traiciones y derrotas, y también muchas veces la reproducción de lo peor que habían hecho los peores poderes. Es cierto que ha habido, sin duda, dictaduras de izquierdas; e izquierdas que han acabado con derechos y libertades, en lugar de alumbrarlos. Tampoco eso se puede negar. Pero el balance general de la historia fue inequívoco durante más de un siglo: cuando el progreso estuvo ligado a la justicia, a la igualdad y a la paz, fue porque las izquierdas lo empujaron.

Sin embargo, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado algo empezó a cambiar. Lentamente al principio, de forma acelerada después, las izquierdas dejaron de ser la punta de lanza del progreso, y se fueron convirtiendo paulatinamente en fuentes de frustración y de fracaso. Incluso cuando han gobernado, lo que ha ocurrido después ha sido con demasiada frecuencia desastroso, pues a menudo llevaba a situaciones aún peores que las previas: retrocesos en lo conquistado, desmovilización de las bases, pérdida de credibilidad, y a veces algo todavía más grave, la sensación de que la izquierda en el poder se volvía indistinguible de aquello que decía combatir.

Hay que decirlo con claridad. En las últimas décadas, las izquierdas se han convertido para demasiada gente en una fuente constante de frustración, de dolor y, a veces, incluso de vergüenza.

¿Por qué ha pasado esto? ¿Por qué la izquierda que durante más de un siglo fue motor del cambio se ha convertido en uno de sus principales obstáculos? ¿Por qué tantos dirigentes de izquierdas en los que se deposita la confianza defraudan tanto y tan a menudo, con una regularidad que ya no puede atribuirse a la mala suerte, ni a su carácter personal? ¿Por qué lo habitual es que las personas de izquierdas que nos gobiernan, nos representan en los parlamentos, o dirigen los partidos no se distinguen casi nunca de las de derechas en sus comportamientos públicos o personales? ¿Por qué no representan un tipo de ser humano diferente (como sí ha ocurrido con alguno de ellos, como Pepe Mújica, por ejemplo) sino que se transforman y clonan, a base de sueldos elevados, prebendas y buena vida?

Estas son las preguntas que me propongo responder a continuación. No haciendo juicios morales (aunque también corresponda hacerlos) sino analizando el problema estructural que me parece obligado contemplar con luces largas para poder dar el tipo de respuestas que permiten recobrar el norte y avanzar hacia un horizonte de progreso, de libertades, de justicia y de paz.

El cambio que noqueó a la izquierda
Para entender el fracaso contemporáneo de las izquierdas es imprescindible comprender antes la naturaleza profunda del neoliberalismo. Porque el neoliberalismo no fue únicamente un conjunto de políticas económicas orientadas a privatizar empresas públicas, desregular mercados o reducir el tamaño del Estado. Fue mucho más que eso: una transformación civilizatoria.

Sus impulsores comprendieron algo fundamental: el verdadero poder histórico de las izquierdas no residía solamente en los parlamentos o en los gobiernos, sino en la sociedad organizada. Sabían que los sindicatos, los espacios comunitarios, los vínculos colectivos y la cultura solidaria eran las bases materiales y emocionales del contrapoder democrático.

Por eso la ofensiva neoliberal se dirigió precisamente contra ese terreno.

La primera respuesta fue brutal y violenta. En numerosos países de América Latina, África y Asia, las experiencias progresistas y populares fueron aplastadas mediante golpes de Estado, asesinatos, desapariciones y represión sistemática. El objetivo no era solamente derrotar gobiernos concretos, sino destruir físicamente a quienes organizaban el contrapoder social.

Pero muy pronto llegó una segunda fase todavía más sofisticada y eficaz: la revolución conservadora impulsada desde los años ochenta.

El neoliberalismo llevó a cabo una auténtica operación antropológica y cultural. No pretendía únicamente cambiar las políticas económicas, sino transformar la forma de pensar, sentir y vivir de las personas. Su objetivo era fabricar un nuevo tipo humano adaptado a la lógica del mercado.

Se destruyeron los grandes espacios fabriles donde miles de trabajadores podían organizarse colectivamente. Se precarizó el empleo y se individualizaron las relaciones laborales. Los antiguos trabajadores asalariados fueron convertidos en empresarios de sí mismos, obligados a competir entre sí y a asumir individualmente riesgos que antes eran compartidos socialmente.

Al mismo tiempo, se atacó política y culturalmente a los sindicatos, se privatizaron servicios públicos, se mercantilizaron ámbitos crecientes de la vida y se fueron destruyendo sistemáticamente los espacios comunitarios que sostenían los vínculos sociales.

Simultáneamente, en el plano cultural, se instaló una nueva moral social: la idea de que la libertad individual es el valor supremo; el éxito, un exclusivo resultado del mérito personal; el fracaso, responsabilidad individual; lo público, algo ineficiente, y el mercado mejor sistema que cualquier decisión colectiva.

El resultado fue la fabricación de lo que se ha llamado el homo neoliberalis: individuos aislados, convertidos en competidores permanentes, incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo y acostumbrados a interpretar sus problemas como fracasos personales y no como consecuencia de estructuras sociales.

Esto último fue lo decisivo. El neoliberalismo destruyó sistemáticamente las condiciones materiales, culturales y emocionales que hacían posible construir comunidad. Es decir, destruyó el terreno sobre el que históricamente habían operado las izquierdas.

Desgraciadamente, las izquierdas no supieron comprender plenamente la naturaleza de esa transformación y no le dieron la respuesta que hubiera sido necesaria.

La trampa en la que cayó la izquierda y de la que no ha sabido salir
El error más profundo y más persistente en el que han caído las izquierdas en las últimas décadas es de naturaleza estratégica y no moral. Tiene que ver con el orden que deben seguir las cosas, sobre qué debe preceder a qué.

Para entenderlo hay que ver primero lo que hace la derecha, porque la derecha no lo comete. Desde que se puso en marcha la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, la derecha usa la política para consolidar el poder que ya tiene sobre la sociedad. No necesita transformar la sociedad porque, en sus estructuras fundamentales, ya le pertenece. El poder económico, el poder mediático, el poder financiero, las grandes corporaciones, los fondos de inversión que deciden qué se produce y cómo, los medios que deciden qué hay que pensar y decir… todo eso es suyo antes de que empiece cualquier campaña electoral. La política, para la derecha, no es el instrumento del cambio. Es un instrumento de conservación y consolidación, el mecanismo que legaliza, legitima y protege el poder que ya ejerce en la sociedad. Es lo que mantiene y cementa el tipo de sociedad y las estructuras de poder que el capital necesita salvaguardar.

Cuando la derecha llega al gobierno no necesita transformar nada porque el mundo que quiere ya existe. Solo necesita defenderlo, extenderlo y blindarlo contra cualquier amenaza. Y para eso, el poder institucional es suficiente, porque el resto del poder, el poder real, el que decide las condiciones de vida de la mayoría, ya está en manos de quien debe estar. La derecha política sólo lo utiliza por delegación para lo que hay que usarlo, y cuando un político de derechas se sale de la partitura escrita para ello, tiene los días contados.

La política de la derecha está concebida para reaccionar ante la amenaza del cambio y neutralizarla. Coopta a los dirigentes para que sepan dividir a los sujetos y desviar la energía transformadora hacia conflictos que no amenazan las estructuras de poder. Fabrica el miedo que paraliza y la resignación que desmoviliza. Se diseña para contener a la sociedad, para domeñarla e impedir que se desarrollen los impulsos de cambio que siempre existen en ella, para que el sufrimiento y la injusticia que los producen inevitablemente no encuentren expresión organizada y capacidad real de transformación.

La izquierda, en cambio, no tiene ese poder previo. No controla los mercados financieros ni los grandes medios ni las corporaciones transnacionales ni los organismos internacionales que fijan las reglas del juego económico global. El mundo que quiere construir no existe todavía, o existe solo en embrión, en los márgenes, en las grietas del sistema. Por eso, la izquierda se hunde y fracasa cuando se empeña en querer transformar la sociedad haciendo política como lo hace la derecha, actuando simplemente desde el gobierno y las instituciones.

La izquierda ha intentado usar la política para transformar la sociedad cuando su tarea real es exactamente la inversa: transformar la sociedad para cambiar la política. Ha confundido el orden de las cosas y ese error de orden trae consigo todos los demás.

Cuando una izquierda llega al gobierno sin haber transformado previamente las relaciones de poder en la sociedad, se encuentra en una posición radicalmente distinta a la de la derecha cuando gobierna. Esta puede hacerlo con el viento a favor: los mercados, los medios, las instituciones financieras internacionales, los grandes poderes económicos trabajan en la misma dirección que sus políticas porque comparten los mismos intereses. La izquierda, por el contrario, gobierna siempre con el viento en contra pues esos mismos poderes trabajan activamente para limitar, revertir o neutralizar cualquier política que amenace sus intereses.

En esas condiciones, gobernar sin haber construido previamente un contrapoder social suficiente permite, si acaso, gestionar más o menos bien, pero no transformar con mínima profundidad. Se puede administrar el sistema existente con la mejor voluntad y, en el mejor de los casos, con más atención a los más vulnerables, y muchas veces incluso con más eficacia y éxito que la derecha, incluso para los capitales. Pero, de esa forma, las estructuras permanecen intactas y lo esencial no cambia. Y mientras eso ocurra, cualquier cambio que no haya convenido podrá ser revertido sin problema por otro gobierno.

Hay que ser justos y reconocer que las izquierdas que se propusieron llevar a cabo experiencias transformadoras, incluso moderadas, se han encontrado con un poder que juega sucio, que es violento cuando lo necesita, que instrumentaliza la justicia, que usa los medios como arma, que mueve los mercados para disciplinar a los gobiernos díscolos. Eso no puede olvidarse cuando se habla de fracasos de la izquierda. Pero tampoco puede ser la excusa que impida el análisis honesto de sus errores. Porque estos existen y son tan importantes como la represión externa para explicar el patrón de los fracasos.

Hay que decirlo con claridad por muy doloroso que sea. Actuando de esa forma que he comentado, las izquierdas no solo fracasaron a la hora de resistir al neoliberalismo. Cuando las izquierdas renuncian a proponer un mundo diferente y se limitan a proponer gestionar mejor el mundo existente, no solo traicionan su razón de ser. Han sido incapaces de movilizar la energía social transformadora que es su única fuente de poder real.

Un pensamiento viejo impide a las izquierdas entender cómo funciona el mundo que quieren cambiar
Las grandes corrientes de la izquierda han compartido durante décadas una concepción lineal y mecanicista de la historia. Han creído que el cambio es algo ineluctable como resultado de las contradicciones del capitalismo, y que las fuerzas del progreso avanzan inevitablemente. Bastaría con impulsar esas fuerzas reforzándolas desde dentro del sistema o con provocar la revolución para que el mundo nuevo surja como por generación espontánea.

Es una concepción errónea, como tantas veces se ha demostrado, porque ignora algo fundamental. El sistema capitalista es un sistema complejo que evoluciona de modo contradictorio y caótico, que da idas y vueltas y mezcla lógicas de muy diversa naturaleza. Y, por otro lado, los cambios sociales que se llevan a cabo en su seno no los promueven fuerzas abstractas e impersonales, sino seres humanos concretos, imperfectos, contradictorios y vulnerables, que tienen libertad, sentimientos y emociones, y que se interrelacionan no siempre con coherencia entre sí.

Lo que la ciencia de los sistemas complejos nos enseña, y que las izquierdas no han incorporado a su forma de pensar la política, es que el cambio en estos sistemas no se puede decretar ni esperar pasivamente. Es inevitable, pero no automático; y, sobre todo, no tiene una dirección predeterminada. Los sistemas complejos evolucionan por regeneración constante de sus elementos, sometidos a una dinámica de cambio permanente y gradual que hace imposible que permanezcan idénticos a lo largo del tiempo. El capitalismo ya ha ido muchas veces más allá de sí mismo a lo largo de la historia, y lo nuevo que lo superará ya está naciendo dentro de lo viejo, en estado embrionario, aquí y ahora. Pero eso no significa que el cambio vaya necesariamente en la dirección deseable. En todo sistema social conviven fuerzas de transformación y fuerzas de resistencia que se combaten entre sí, y el resultado depende de cuál de ellas logre imponerse. El sistema dispone de resortes de defensa capaces de absorber, neutralizar o revertir los cambios que se inician. Por eso los procesos de transformación no son lineales, no se producen a saltos, ni tienen el éxito asegurado cuando se inician: van y vienen, avanzan o abortan, se frustran o se consolidan según la fuerza relativa de quienes los impulsan y de quienes los resisten.

Esto tiene una consecuencia política directa que las izquierdas han ignorado sistemáticamente. El cambio hay que construirlo activamente, conociendo bien cómo funciona el sistema, sabiendo dónde y cómo actuar para reforzar las fuerzas de transformación y debilitar las de resistencia. No basta con tener razón o el mejor programa; y ni siquiera con ganar elecciones. Hay que saber en qué punto del sistema se puede incidir con mayor eficacia, qué tipo de acción produce efectos que se multiplican y cuál los dispersa, cómo sostener el impulso cuando el sistema activa sus mecanismos de defensa. Eso requiere una concepción del tiempo político que va mucho más allá de los ciclos electorales, y una comprensión de la realidad social que las izquierdas, prisioneras de su pensamiento mecanicista y de su urgencia electoral, no han desarrollado.

La renuncia al relato y la aceptación del marco que le impone la derecha
Las izquierdas mantienen su proverbial capacidad intelectual para discutir sin fin entre ellas y poner todo en cuestión. Pero esa energía no se ha dirigido a construir un nuevo relato civilizatorio de gran alcance sino a reciclarse a sí mismas cientos de veces, a debatir internamente y a matizarse mutuamente sin descanso.

Juan Torres

Las izquierdas han renunciado a ser portadoras y portavoces de una Ilustración que ilumine al conjunto de la sociedad. No disponen de un relato común y han dejado de liderar las grandes causas que pueden atraer a todo tipo de personas y generar las mayorías sociales que son imprescindibles para poder transformar la realidad.

Y lo que es peor, más grave y paradójico, han dejado que la derecha se apropie de los valores que habían nacido como universales, en la mayoría de los casos gracias al impulso original de las izquierdas y de los movimientos progresistas de diferente tipo. Sorprendentemente, gran parte de las izquierdas han considerado durante mucho tiempo que valores como la libertad, la democracia, los derechos humanos, la soberanía, la seguridad eran «burgueses» y meros instrumentos del sistema. Los desdeñaron, sin darse cuenta de que son precisamente las principales armas de defensa de los más desfavorecidos, y sin entender que quien los hacen suyos controla el sentido común. El terreno donde se gana o se pierde la batalla política real y la posibilidad efectiva de cambiar el mundo.

El resultado es devastador. Mientras la derecha, y sobre todo la extrema derecha, se apropia del lenguaje de la soberanía, la seguridad y la identidad para ofrecer respuestas simples y falsas frente al miedo que sus propias políticas han generado, las izquierdas se enredan en debates identitarios y culturales que solo tienen pulsión en las periferias y que resultan incomprensibles, cuando no directamente hostiles, para los verdaderamente desposeídos.

Las izquierdas no solo han dejado de ser portadoras de propuestas de sentido común, sino que han dejado el sentido común en manos de las derechas y se han instalado en la gestión de las identidades particulares. Han dejado de soñar en grande y así han perdido la capacidad de movilizar a las mayorías.

La tribalización que diluye a la izquierda
El neoliberalismo construyó un mundo global convirtiendo en ecuménicos o universales los valores del mercado, la competencia, el individuo soberano y la lógica del beneficio. Las izquierdas, mientras tanto, han troceado su discurso y las reivindicaciones que defiende. Se han convertido en una especie de mercadillo persa en donde cada tribu trata de vender su identidad al resto, con tal de que se identifique con algún grupo de interés, por socialmente insignificante que sea.

La fragmentación se ha producido de la peor manera posible: generando microidentidades que responden a reivindicaciones legítimas en sí mismas pero que no conforman ni una lengua franca, ni una presencia colectiva y sinérgica. Tribus que hablan dialectos distintos, que no simpatizan entre sí, que se enfrentan con antagonismos casi siempre insuperables. En mi libro Para que haya futuro contabilicé, mal contados y como poco, 16 modalidades de ser de izquierdas, 24 tipos de feminismo y 27 ecologismos. Puesto que todos los partidos progresistas, prácticamente sin excepción, se definen como de izquierdas, feministas y ecologistas, se deduce que hay más de 10.000 identidades distintas posibles o formas de serlo.

Esa taxonomía proyectada casi ad infinitum de las izquierdas hace que cada reivindicación se subdivida, se matice y se deba enfrentar a cada una de las variantes hasta generar un mosaico ininteligible de partes que no se reconocen entre sí y del que es imposible que nazca un alma común, un modelo civilizatorio, una humanidad diferente.

De esa forma es como las izquierdas se han hundido en otra época (que ellas mismas han contribuido a crear) como la que describió Alejo Carpentier en El siglo de las luces: «hecha para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus.»

Lo que queda cuando todo esto se asienta es la sustitución de la lógica de la transformación por la lógica de la representación. Se deja de preguntar cómo se cambia el mundo para preguntar a quién representa cada cual. Y como la respuesta a esa pregunta divide en lugar de unir, la política de izquierdas se convierte en una competencia entre identidades que no se hablan entre sí, que generan un ruido incomprensible para la mayoría de la población, y que dejan el terreno libre para quien ofrece un relato simple, aunque sea completamente falso.

La izquierda se ha hecho tribal y materialmente irreconocible como portadora de un proyecto conjunto de liberación y transformación de sentido común que pueda ser asumido por las más amplias mayorías sociales.

Juan Torres es economista y catedrático del Departamento de Análisis Económico y Economía Política de la Universidad de Sevilla (España). Su último libro es Para que haya futuro. Una hoja de ruta para cambiar el mundo (2024)

 

Fuente:
Globalter.


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