Soledad Gallego-Díaz. Fotografía de Wikipedia

Internacional
Soledad Gallego-Díaz (15/2/2024)
La ONU nunca fue tan débil como ahora. El Consejo de Seguridad, un instrumento para la paz, es incapaz de hacer frente a la barbarie

Los seres humanos quizás quieran ser buenos, pero son perfectamente conscientes de los grados de maldad (rapiña económica, tortura, limpieza étnica, genocidio, crímenes de lesa humanidad) de que son capaces. Para hacer frente a ese hecho, esos mismos seres humanos impusieron en la política normas democráticas y crearon instituciones internacionales destinadas a afrontar la maldad en un escenario mundial y a exigir a sus responsables rendición de cuentas. Por eso es tan importante que las instituciones internacionales nacidas a raíz de la II Guerra Mundial se mantengan sólidas, y por eso es tan dramático que la principal de todas ellas, la ONU, esté fracasando tan estrepitosamente en estos inicios del siglo XXI en su objetivo fundamental:  preservar la paz, proteger la infancia y a los refugiados. Nunca como ahora se ha visto a la ONU tan impotente y a su secretario general tan cabizbajo.

En su último discurso, António Guterres reconoció que el Consejo de Seguridad, el principal instrumento para la paz de la ONU, está paralizado, incapaz de hacer frente a la barbarie que se desarrolla desde hace meses en varios puntos del mundo y muy especialmente en Gaza. Ni el angustioso discurso de Guterres ni prácticamente la ONU en pleno han sido capaces de imponer un alto el fuego, vetado por Estados Unidos.

El Gobierno de Israel lleva cinco meses imponiendo un castigo brutal a una población civil inerme, con el resultado de cerca de 100.000 víctimas; 28.000 muertos, 11.000 de ellos niño, y 67.000 heridos y mutilados, de los cuales, 27.000 son menores. Naciones Unidas no ha sido capaz siquiera de lograr la llegada de suficiente ayuda humanitaria para los dos millones de habitantes de la Franja, ni de defender sus propias organizaciones sobre el terreno. Colegios, centros de refugiados e instalaciones de la ONU, hospitales, bombardeados y arrasados, periodistas asesinados en sus casas. De todos ellos debería responsabilizarse Naciones Unidas, y por todos ellos exigir responsabilidades. Pero ni tan siquiera ha sido capaz de proteger a su agencia para refugiados en Palestina, UNRWA. Produce un mínimo consuelo saber que el Gobierno español ha sido coherente con sus obligaciones humanitarias, aumentando incluso su aportación económica a la Agencia.

Sea como sea, de lo único que va a dejar memoria la ONU es de su completo naufragio, y son inconscientes quienes crean que algo así no tendrá dolorosas consecuencias, también para ese mundo que no quiere darse por enterado de lo que está sucediendo.

“Nuestro mundo ha entrado en una era de caos”, se lamentó Guterres. Pero lo que sucede en Gaza no responde a una era caótica, ni tan siquiera al brutal atentado terrorista de Hamás, sino a un plan perfectamente organizado por parte de un Gobierno extremista y ultranacionalista que planea hacerse con territorios mediante la expulsión de sus actuales habitantes, y hacerlo con total impunidad.

El informe publicado en la revista Foreign Affairs por Aluf Benndirector del extraordinario periódico israelí Haaretz, deja perfectamente claro cómo Benjamin Netanyahu lleva mucho tiempo planeando la ocupación y “limpieza étnica” de Gaza y Cisjordania, y cómo ha ido arrastrando a la sociedad israelí a esos planes, de la manera en que la historia demuestra que se hacen esas malvadas cosas, paso a paso.

Solo esa indiferencia cruel explica que la sociedad israelí aceptara en 2018 la propuesta de Netanyahu de definir por ley a Israel como el “estado nación del pueblo judío”, de manera que solo los ciudadanos israelíes judíos tienen reconocidos determinados derechos, mientras que los ciudadanos árabes israelíes pasan a pertenecer a un grupo subordinado.

Decenas de miles de israelíes judíos, con la memoria viva, se opusieron a esa ley y siempre despertará admiración que haya israelíes valientes que en un ambiente de acoso proclamen que debería existir un único Estado Israelo-palestino, con iguales derechos para todos sus ciudadanos, una idea que procede de los años cuarenta y cincuenta, pero que siempre ha tropezado con la violenta oposición de los sectores religiosos y nacionalistas más radicales.

Israel no nació como un Estado religioso, pero, ojo, sí lo hizo en la sala de partos de esa misma ONU que está a punto de demoler y que fue el lugar donde se firmó su partida de nacimiento y se guarda el registro.

NOTA:
Soledad Gallego-Díaz, periodista española, nacida en Madrid, autora de numerosos artículos y libros, ha sido directora del diario El País.  

Fuente:
El País.