
Mi Columna
Eugenio Pordomingo (5/5/2026)
A través de la revista Nueva Ciencia descubrí que la Universidad de Granada (UGR) ha “aprobado un documento estratégico clave, que busca impulsar el español como lengua académica y científica a nivel internacional”. La idea surge como consecuencia de “la necesidad de contrarrestar la limitada presencia del español en la producción y transferencia de conocimiento especializado, a pesar de su gran número de hablantes en el mundo y la creciente demanda de certificaciones”.
La vicerrectora de Internacionalización, Inmaculada Marrero, de la UGR, afirma que el papel de esa “estrategia es la internacionalización académica (…) fomentar el español como lengua válida para la transmisión de conocimiento científico y tecnológico”.
En enero de 2025, el Consejo de Gobierno de la UGR aprobó un documento titulado “El español como lengua académica y científica internacional”, que marca una estrategia hasta 2031.
El objetivo principal es fomentar el Español Académico e impulsar la publicación científica en español en medios y plataformas universitarias, además de fomentar el español como lengua de enseñanza universitaria y transferencia de conocimiento.
Sin duda, el inglés domina la comunicación científica, lo que limita la presencia del español en publicaciones. Hay escasez de terminología científica en español, lo que afecta incluso al desarrollo de la IA en este idioma. Y algo siempre olvidado: coordinar acciones con universidades iberoamericanas.
Desde su mausoleo en la Iglesia de San Ildefonso del Convento de las Trinitarias Descalzas, en Madrid, calle Lope de Vega, don Miguel de Cervantes posiblemente se alboroza, alegra y regocija, pensando que el tiempo de abandonar la educación bilingüe y el despiadado y abusivo uso de anglicismos va camino de su fin.
Ante la abrumadora influencia de todo lo anglosajón (Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, Australia y Nueva Zelanda), siempre hay resquicios por los que se filtran ideas. Y eso acontece con los idiomas. La lengua, el idioma, es un componente fundamental de la identidad nacional, actuando como un pilar de cohesión que promueve la unión de una comunidad, a la vez que transmite su cultura e historia.
Un hecho importante para que el inglés se consolidara como lengua global fue la recomendación que hizo la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) en 1951, presidida por el estadounidense Edward Warner. El argumento para esa “recomendación” fue que la aviación comercial debería tener un solo idioma de comunicación para garantizar la seguridad, reducir malentendidos y estandarizar procedimientos ante el auge de los viajes internacionales.
La supremacía tecnológica y operativa de EE. UU., y el Reino Unido se impuso. Contribuyó también la estructura sintáctica rígida y conjugaciones verbales simples, ausencia de género gramatical en sustantivos y un vocabulario híbrido de origen germánico, latino y francés, según los manuales al uso.
Pero lo cierto es que tras la Convención de Chicago en 1944, Estados Unidos y el Reino Unido fabricaban la mayoría de los aviones y controlaban las rutas aéreas. A partir de ahí, la influencia del inglés fue creciendo. Incluso se impuso como idioma en la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero. El inglés se ha consolidado como lengua de trabajo predominante en la UE y lo hablan los parlamentarios y funcionarios. Le siguen el francés y el alemán, el resto casi no cuenta.
En la actualidad, cualquier artilugio técnico, manuales, las señales de tráfico, la medicina y el comercio internacional, mayoritariamente en inglés. Por supuesto, toda la programación informática y técnica va en inglés.
Hasta en la enseñanza el inglés ha conseguido implantarse. España es un modelo de cesión en ese quehacer. La llamada inmersión lingüística se ha hecho un hueco importante, pero la realidad muestra que la educación bilingüe no ha sido el éxito esperado. Según diversos docentes y familias, los resultados no siempre cumplen las expectativas; algunos llegan a decir que “ni aprenden inglés ni la materia. Una cosa es aprender el idioma inglés y otra estudiar materias, como la historia, la economía o la ciencia, en la lengua inglesa.
Un paseo por las ciudades españolas nos muestra la influencia del inglés: megafonía en los transportes públicos (Renfe), rótulos de establecimientos de restauración, competiciones deportivas, eventos musicales, etc.
Uno de los primeros políticos que se hundió en las procelosas arenas movedizas de echar por tierra el español y abrazar desesperadamente el idioma inglés, fue la expresidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre. Un aciago 8 de septiembre de 2008, le vino en gana cambiar el nombre de la famosa Pasarela Cibeles por el de Fashion Week Madrid. El pretexto fue que así la moda femenina española tendría mayor proyección internacional. La siembra de ese cambio dio sus frutos. Varias marcas de diseñadores y creativos abrazaron la idea.
El desplazamiento del español no responde tanto a identidades territoriales como a decisiones culturales y educativas que convendría revisar críticamente.
¿No supone un empobrecimiento cultural dilapidar esta riqueza? ¿Por qué menospreciar nuestra cultura y nuestro idioma?
Quizás convendría recordar, como testimonio de nuestra tradición lingüística, los Cartularios de Valpuesta o las Glosas Emilianenses, bien guardadas en el Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla, en La Rioja. No como reliquias del pasado, sino como recordatorio de que una lengua no solo se hereda: también se defiende.
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