Imperator Donald Trump

Sin Acritud…
Ángel Luis Martín (1/5/2026)
Un desconocido sapiente (rara avis), dotado además de una sencillez exquisita (muy rara avis), dijo que cuando a un cocinero le denominan “chef” y él mismo así se autonombra, siendo incapaz de hacer un huevo frito, las cosas del mundo mal andan. La expresión facial de este sapiente era triste cuando adujo que comprendía que el gentío juzgara exagerado su aserto e incluso difamante y desestabilizador.

El humilde sapiente conoce muy bien los vericuetos ocultos de sus congéneres. Sabido es que el mar no puede apreciarse si se está dentro de él, confundido en él.

El humilde sapiente está fuera, no se sabe si por sapiencia o experiencia o destino, de sus congéneres; de hecho no los considera como tales. Ello no le impide sentir empatía, todo lo contrario. El sapiente humilde lo comprende todo: dobleces, traiciones, falsas sinceridades, deseos, hipocresías, brutalidades; nobleza, desprendimiento, cariño, honestidad. Todo entremezclado en una misma bolsa palpitante agitada por el viento impredecible.

El humilde sapiente no puede ser un cordero pero tampoco puede ser un lobo.

Así que decidió tomar la senda del alejamiento en paz. Desde lo lejano sólo es posible ver la amplitud del mar, es decir el movimiento convulso de los congéneres con los que no puede convivir motu proprio.

No puede prescindir del deseo curioso de la contemplación, de la observación de los lobos y los corderos, de la demencia que invade a ambos. Aún se indigna al ver esos rebaños de pupilas serviles en unos casos y en otros, de anhelante necesidad por tener pastor, líder o liderillo, sea macho o sea hembra: un “chef” que les ofrezca el alimento deseado todos los días o el mínimo sustento para seguir viviendo, o el automóvil y el apartamento soñados que les procure significarse por encima del resto de corderos aunque bajo sus ropajes elegantes persista el aroma de lana sudada.

Los corderos no saben cocinar, no se les ha permitido cocinar. Tampoco lo desean. Están convencidos que esa tarea solo es posible si el “chef” y sus ayudantes la realizan.

El rebaño tiene el privilegio de escoger entre dos o tres “chefs” y sus respectivos restaurantes con sus numerosos ayudantes muy especializados en relaciones personales clientelares. Se les paga con largueza y sin recato; no se hace ascos a amiguetes, amantes, esposos o esposas, primos próximos o lejanos.

Este “chef” ofrece pienso de chocolate, aquel pienso de fresas.

Pero no hay chocolate ni fresas para todos los corderos y el pienso no es bueno nunca, escaso siempre. Algunas migajas selectas son concedidas porque es conveniente fomentar envidias y favorecer la competitividad entre el rebaño. Los lobos se llevan casi todo. Al fin y al cabo, el restaurante del imprescindible líder o liderillo, el “chef”, es propiedad sagrada e nalienable de los lobos que se ocultan en el bosque.

El humilde sapiente, desde su lejanía sabia, ve todo ese delirante amasijo dinámico como una gusanera.

Últimamente, algo sorprendente ha golpeado su observación curiosa: los lobos se dejan ver a la vista de todos, incluso se muestran ufanos, altaneros y locuaces. Han ocupado el puesto del “chef” que estaba a su servicio.

El sapiente piensa que quizás sea debido al tedio del depredador lobuno satisfecho: viene a su imaginación Calígula, el emperador, caprichoso, cruel, dado a excesos de todo tipo.

Vislumbra a Donald Trump vestido con túnica romana y laurel sobre su cabellera.

No, no es el tedio o el capricho del lob  privilegiado.

Algo muy importante, muy decisivo está ocurriendo. El sapiente lo intuye, sólo lo intuye. Y decide que ha llegado el momento de alejarse todo lo que pueda. Riéndose, se ve a sí mismo, como un pasajero en una nave interestelar de Elon Musk que viste también una túnica de patricio romano y vive rodeado de una guardia pretoriana de androides con inteligencia artificial: están diseñados con una apariencia aria hitleriana indudable.

El sapiente no soportaría la compañía. Así que renuncia a su fuga a ninguna parte y decide seguir la misma suerte de los corderos, a quienes tampoco soporta.


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