
España
Ángel Luis Martín (14/7/2026)
Hay políticos que, cuando un trabajador enferma, parecen indignarse más con el parte médico que con la fiebre. Alberto Núñez Feijóo ha decidido disparar contra las bajas laborales y, de paso, sembrar sospechas sobre quienes las prescriben. Como si el problema de España no fuera la enfermedad, sino el diagnóstico.
Hay frases que envejecen antes de salir del micrófono. Porque convertir al trabajador enfermo en sospechoso y al médico en cómplice es una alquimia política que solo logra un milagro: enemistarse a la vez con quienes trabajan y con quienes los curan.
Uno se pregunta qué brújula electoral puede señalar semejante rumbo. Si se trata de estrategia, parece diseñada por el enemigo. Y si es convicción, desprende un inconfundible aroma a capataz de plantación: ese viejo reflejo de mirar al asalariado como si descansar por enfermedad fuera un lujo y no un derecho.
Resulta paradójico que quien aspira a gobernar un país cuestione, con tanta ligereza, el criterio de quienes sostienen cada día el sistema sanitario. El médico deja de ser un profesional para convertirse, según esa lógica, en un notario de la pereza. Y el enfermo, en un acusado que debe demostrar su inocencia.
La política exige sentido de la realidad. Cuando se pierde, el discurso deja de parecer firme para sonar simplemente escandaloso. No hay mejor manera de regalar votos al adversario que decirle a millones de asalariados votantes que su salud estorba y los médicos merecen sospecha.
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