Ejército de reserva

Sin Acritud…
Ángel Luis Martín (12/7/2026)
El acuerdo impulsado por Giorgia Meloni y la primera ministra danesa Mette Frederiksen para endurecer la política migratoria europea, impulsar centros de retorno en terceros países —incluidos países africanos— y aumentar las deportaciones refleja un cambio de clima político en Europa. La cuestión migratoria se ha convertido en uno de los grandes problemas políticos europeos.

Los motivos son conocidos: presión sobre determinados servicios públicos, dificultad para proporcionar vivienda e integración a grandes flujos de llegada, problemas de marginalidad y, sobre todo, la percepción de una transformación demasiado rápida de las sociedades europeas.

La llamada «teoría de la sustitución», entendida como un plan organizado para reemplazar deliberadamente a las poblaciones europeas, no deja de ser una más de tantas  hipótesis imaginativas no verificadas.

Sí existe, en cambio, una transformación demográfica real provocada por la combinación de baja natalidad europea, envejecimiento e inmigración. Negar esta realidad alimenta precisamente a quienes pretenden convertirla en una teoría conspirativa. Esto es importante y conviene tenerlo muy en cuenta.

La extrema derecha está aprovechando políticamente este fenómeno. En numerosos países europeos crecen partidos nacionalistas que vinculan inmigración, delincuencia y pérdida de identidad cultural, utilizando en ocasiones un discurso abiertamente racista y xenófobo. El peligro consiste en que un problema real termine siendo utilizado para justificar la discriminación de personas por su origen, religión o color de piel.

Pero existe una contradicción en el extremo opuesto:

Una parte de la izquierda radical ha convertido la defensa de las fronteras abiertas y de una inmigración prácticamente sin restricciones en una cuestión moral, llegando en ocasiones a presentar la movilidad internacional como un derecho prácticamente ilimitado. Esto resulta difícil de conciliar con una tradición marxista fundamental:

Marx formuló el concepto de «ejército industrial de reserva» y Lenin desarrolló este concepto al analizar el funcionamiento del capitalismo. El capitalismo, según esta interpretación, necesita disponer de una masa de trabajadores disponibles que pueda incorporarse o salir del mercado laboral según las necesidades de la producción.

La consecuencia es evidente: cuanto mayor sea la masa de trabajadores disponibles para competir por los mismos empleos, menor puede ser el poder de negociación de los trabajadores, especialmente en los sectores peor remunerados. Como resulta obvio, el Capital es quien realmente necesita y se beneficia de este «ejercito de reserva».

Por ello resulta paradójico que sectores que se consideran herederos de la tradición marxista defiendan unas «puertas abiertas» o un concepto de «derecho a emigrar» sin preguntarse quién se beneficia económicamente de una disponibilidad prácticamente ilimitada de mano de obra.

El inmigrante no es un enemigo. Es también un trabajador y, muchas veces, una víctima de la precariedad. El problema es que el capital de hecho utiliza esa situación para aumentar la competencia entre trabajadores y debilitar las condiciones laborales no sólo de la población asalariada inmigrante sino de forma generalizada.

Una izquierda coherente debería defender simultáneamente los derechos de los inmigrantes y los derechos de los trabajadores autóctonos, exigir salarios dignos, combatir la explotación laboral y defender una inmigración legal y ordenada compatible con la capacidad de integración de cada sociedad.

Es decir, ni xenofobia ni ingenuidad:

Europa necesita una política migratoria realista: control de fronteras, vías legales de inmigración, protección efectiva del asilo, integración, lucha contra las mafias y expulsión de quienes no tengan derecho a permanecer.

El evidente problema de envejecimiento de la población europea y por ende, la necesidad de mano de obra inmigrante, se trata como si este problema fuera irresoluble, como si el destino lo hubiera decretado  inexorablemente. Por supuesto, esto no es así; de nuevo aparece la sospecha fundada de a quíen beneficia este envejecimiento: sí, es el mismo beneficiario del «ejercito de reserva», éste no existiría sin el otro.

Ángel Luis Martín

La extrema derecha crece cuando una sociedad percibe que existe un problema, una inestabilidad y las fuerzas democráticas se niegan a reconocerlo. La mejor manera de combatir al racismo no es negar los problemas derivados de una inmigración masiva, sino abordarlos  sin convertir al inmigrante en culpable colectivo.

Europa se encuentra así atrapada entre dos errores: la reacción xenófoba de una extrema derecha en auge y la ingenuidad de quienes confunden solidaridad con ausencia de límites y controles además de contradicciones con sus propias ideas de calado: una izquierda que se olvida del «ejercito de reserva,» una izquierda más o menos radical autodominada por clichés demagógicos que camina de forma suicida hacia el precipicio electoral  y le entrega el laurel de ganadora a una pragmática extrema derecha que tampoco será capaz de resolver los problemas porque su razón de ser última y esencial, es la vieja receta neoliberal imperante, hegemónica desde Ronald Reagan y Margareth Thatcher.


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