
Sin Acritud…
Ángel Luis Martín (7/6/2026)
Suele distinguirse entre dos grandes tradiciones del nacionalismo europeo,es decir del controvertido concepto de Nación, asociadas a la tradición “alemana” y “francesa”. Su distinción obedece a dos tomas de posición divergentes ideológicamente: la Nación como continuidad cultural orgánica (alemana) o como comunidad política voluntaria (francesa).
Tales concepciones han sido consideradas unilateralmente pero también se han mezclado históricamente. El modelo alemán está relacionado con pensadores como Johann Herder y Johann Fichte: se entiende la Nación como pueblo histórico unido por la lengua, cultura, memoria o tradiciones; un “espíritu del pueblo” (volksgeist) anterior al Estado. La pertenencia nacional no depende del racionalismo sino de una herencia cultural histórica. La dimensión emotiva, el “alma nacional” es un factor esencial evidente.
Las circunstancias históricas de una Alemania aún fragmentada políticamente y con aspiración a su unificación nacional en la segunda mitad del siglo XIX inciden en la creación de este modelo.
El concepto francés está basado en los valores de la Revolución de 1789 y en el pensador Ernest Renan: “La Nación es un plebiscito cotidiano”. No se corresponde con una etnia o cultura sino con una comunidad de ciudadanos, unas leyes e instituciones y una voluntad política compartida. Sus principales rasgos serían: la ciudadanía, el universalismo, el racionalismo ilustrado, la soberanía popular y el Estado como base de la Nación.
Consecuentemente, existe una contraposición entre ambas ideas. De forma simplificada es posible aducir un frente abierto con el Romanticismo y el Racionalismo Ilustrado situados en posiciones antagónicas. Por supuesto, las cosas son bastante más complicadas e interesantes y las circunstancias históricas de todo tipo son determinantes.
El fenómeno actual de la inmigración en Europa ha reabierto, de forma muy problemática, esta contraposición conceptual que parecía ya superada.
Los aspectos emocionales frente a los aspectos racionales resucitan la vieja disputa en el presente de Europa y también en USA. Lo emocional y lo racional forman parte indisoluble de la mente humana. No es posible el descarte de ninguno de ellos. La armonía de ambos supone un desafío si se desean soluciones reales. La exacerbación de uno de ellos en detrimento del otro conlleva el desastre: la radicalidad nacional emocional desembocó en la Segunda Guerra Mundial con las atrocidades por todos conocidas y la radicalidad tecnificada racional que ahora hegemoniza el presente y está en acelerada expansión amenaza con crear una sociedad alienada en manos de una minoría sin principios morales mínimos.
En cuanto a la inmigración, el concepto tradicional alemán ha resurgido de nuevo con fuerza: “una inmigración masiva puede transformar la identidad nacional; la integración no sería solo jurídica; la cohesión requiere continuidad cultural”.
Este modelo actualizado insiste en los límites migratorios y la preservación cultural.
La visión universalista de la tradición francesa basa la identidad nacional en los valores políticos comunes y en su actualización presente ve la inmigración como necesidad ante una población europea envejecida y positiva respecto de la economía.
Un análisis que aúne los elementos racionales con los emocionales por medio del uso adecuado y equilibrado del raciocinio tendría en cuenta lo siguiente: una inmigración demasiado rápida o masiva puede fragmentar la cohesión social; son hechos evidentes y demostrados en la Historia que las culturas autóctonas pueden ser sustituídas; las diferencias culturales de calado obstaculizan la integración; el concepto de ciudadanía con todos los derechos es la base de una nación civilizada; la formación de organizaciones supranacionales democráticas deben servir para evitar los conflictos y fomentar el progreso mutuo preservando las identidades culturales diversas y soberanas políticamente mientras así lo decidan libremente sus poblaciones.
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