
España
Ángel Luis Martín (15/7/2026)
Los ex presidentes, como Mariano Rajoy, acaban convertidos en «jarrones chinos»: valiosos, difíciles de colocar y, en teoría, meramente decorativos. Pero algunos jarrones, por lo visto, han decidido bajarse de la repisa y lanzarse a la política internacional. El artículo del expresidente sobre la selección francesa de fútbol ha conseguido lo que parecía improbable: provocar una tormenta política a un lado y otro de los Pirineos.
Rajoy sostiene que Francia posee una selección extraordinaria, pero que apenas hay franceses en ella, una afirmación que muchos han interpretado como una referencia al origen africano de buena parte de sus jugadores, franceses de nacionalidad y, en muchos casos, nacidos ya en Francia o descendientes de varias generaciones de inmigrantes. La respuesta del Gobierno francés ha sido inmediata, reivindicando el modelo republicano de integración y poniendo a caldo a don Mariano, dotado de la fina ironía gallega casi siempre incomprendida. Marine Le Pen, situada en la extrema derecha francesa, ha tomado distancia y criticado también la columna futbolera de don Mariano.
Toda esta polémica enlaza con un tema que desarrollé en un artículo publicado el 17 de junio de este año, titulado Las dos tradiciones del nacionalismo europeo y e –fenómeno de la inmigracion: la diferencia entre dos conceptos de nacionalismo europeo histórico. El modelo francés entiende que la nación la forman los ciudadanos que comparten unas leyes y una República, con independencia de su origen étnico. El modelo alemán clásico, surgido en el siglo XIX, vinculaba la nación a la sangre, la ascendencia y el origen. Dos formas muy distintas de responder a una misma pregunta: ¿qué convierte a alguien en francés?
Ahora bien, conviene formular otra pregunta menos profunda y quizá más incómoda. ¿Acaso lo que ha escrito Rajoy no es exactamente lo que comentan cada día miles de ciudadanos en un bar, un mercado o una sobremesa? La diferencia está en quién los pronuncia o escribe. La opinión de un expresidente no es una opinión cualquiera: pesa más, viaja más lejos y produce consecuencias. Tiene repercusiones y a la vista están.
Quizá por eso los jarrones chinos deberían seguir siendo, al menos en parte, jarrones. La prudencia, la mesura y cierta diplomacia forman parte del equipaje de quien ha ocupado la presidencia de un Gobierno. Porque cuando un jarrón deja de adornar el salón y decide entrar en el terreno de las relaciones entre Estados, aunque estoy convencido que tal cosa no era la intención de don Mariano sino un sencillo dejarse ir pasional de forofo, ya no estamos ante un jarrón decorativo, sino ante un jarrón de alto voltaje.
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