
Internacional
Pedro Barragán (4/10/2026)
Durante años, la estrategia estadounidense de controles tecnológicos sobre China ha consistido en restringir el acceso del gigante asiático a los chips más avanzados y, sobre todo, a los equipos necesarios para fabricarlos, para frenar el desarrollo de una industria considerada estratégica en el crecimiento de la economía china. Los últimos datos chinos confirman que ese cerco no ha desaparecido, pero también muestran un cambio sorprendente. China está construyendo una industria de semiconductores cada vez mayor, más rentable y, sobre todo, crecientemente exportadora.
La velocidad resulta espectacular y en los primeros siete meses de 2026, China ha exportado circuitos integrados por 216.000 millones de dólares, un 99,5% más que un año antes. En apenas siete meses ha superado los 201.900 millones exportados durante todo 2025. Solo en julio las ventas al exterior alcanzaron 38.740 millones de dólares, con un crecimiento interanual del 116,6%.
La comparación con el automóvil permite apreciar la dimensión del fenómeno. China se ha convertido en la mayor superpotencia automovilística y en el primer semestre ha exportado alrededor de 5,3 millones de vehículos con un valor de 91,8 mil millones de dólares. Sin embargo, los circuitos integrados como estamos viendo ya superan holgadamente a los automóviles -en más o menos el doble de valor- para convertirse en la primera gran categoría de exportación china durante ese periodo.
Es un cambio considerable ya que la imagen de la nueva potencia industrial china está asociada en Occidente a BYD, los coches eléctricos, las baterías y los paneles solares. Pero silenciosamente los chips están adquiriendo una dimensión exportadora todavía mayor. En el primer semestre, el valor en yuanes de las exportaciones de circuitos integrados ha aumentado un 88,7% interanual, frente al 13,4% del conjunto de las exportaciones chinas.
El fenómeno tampoco se limita al comercio exterior y la producción china ha alcanzado 279.800 millones de circuitos integrados entre enero y junio, un 23,1% más, equivalente a más de 1.500 millones diarios. Y las últimas cifras tributarias sugieren una aceleración asociada a la inteligencia artificial, ya que entre enero y agosto, los ingresos por ventas de la fabricación de circuitos integrados relacionados con IA han crecido un 67,7%, frente a apenas un 7,3% para los ingresos industriales del país.
La industria está pasando de una estrategia esencialmente defensiva -sustituir chips importados- a otra ofensiva, vendiendo semiconductores chinos al resto del mundo.
La inteligencia artificial está acelerando esa transformación. Centros de datos, servidores, vehículos inteligentes, automatización industrial y entrenamiento de modelos están disparando la demanda mundial de capacidad informática y memoria. China dispone además de la ventaja, que ya ha demostrado en otras industrias, de disponer de un gigantesco mercado doméstico sobre el que alcanzar la escala, reducir los costes y financiar las sucesivas generaciones de tecnología.
Se crea así un círculo potencialmente poderoso donde más demanda genera más producción; la escala reduce costes; las ventas generan recursos para nuevas inversiones; y las mejoras tecnológicas permiten competir en mercados exteriores cada vez más amplios. Es la misma dinámica que convirtió a China en una potencia mundial en baterías, paneles solares y vehículos eléctricos.
Y aquí aparece la gran paradoja de la ofensiva tecnológica de Estados Unidos contra China. Desde 2022, Washington ha construido un entramado de restricciones destinado a impedir que China adquiera o fabrique los semiconductores más avanzados. Los controles afectan no solo a procesadores para inteligencia artificial, sino también a equipos de fabricación, software especializado, memorias de alto ancho de banda (HBM) y determinadas transferencias de tecnología.
Estados Unidos ha endurecido sucesivamente estas medidas según las anteriores iban fracasando. Tras las restricciones iniciales de 2022, amplió los controles en 2023 y nuevamente en 2024, incorporando nuevos equipos y tecnologías y añadiendo numerosas empresas chinas a la Entity List.
El resultado lo estamos viendo y mientras las restricciones dificultan el acceso chino a determinadas tecnologías de frontera, simultáneamente multiplican los incentivos para sustituirlas. Una tecnología extranjera que hoy puede comprarse, pero mañana puede quedar prohibida, se convierte en una tecnología para la que China tiene poderosos motivos estratégicos y económicos en desarrollar por sí misma.

Eso significa más inversiones en fábricas nacionales, más recursos para diseñadores chinos de chips y más demanda para fabricantes locales de equipos, de materiales y de componentes. Las restricciones estadounidenses no explican por sí solas el avance chino -detrás existen décadas de inversión, formación de ingenieros y una gigantesca demanda doméstica-, pero están reforzando los incentivos para acelerar la autonomía tecnológica.
China todavía depende del exterior en segmentos importantes y las restricciones estadounidenses continúan limitando su acceso a parte de la tecnología de frontera. Pero el objetivo de aislar o contener el crecimiento de su industria nacional ha fracasado y China no solo fabrica cada vez más chips, sino que los está exportando a una velocidad extraordinaria.
Los 216.000 millones de dólares vendidos al exterior en siete meses son quizás la señal más clara. Los automóviles chinos han transformado en pocos años el mapa mundial del motor. Ahora los semiconductores están creciendo aún más deprisa. Y, a diferencia del automóvil, el chip es la tecnología que alimenta prácticamente a todos los demás productos industriales.
El ascenso de los semiconductores tiene además una dimensión que trasciende las exportaciones y que está proporcionando la base industrial para el acelerado desarrollo de la inteligencia artificial china. La disponibilidad creciente de chips nacionales, centros de datos y capacidad de computación reduce progresivamente una de las principales vulnerabilidades del país y alimenta un ecosistema de modelos, aplicaciones y empresas de IA cada vez más amplio. Estados Unidos conserva ventajas en los procesadores de frontera y en parte del ecosistema tecnológico que los rodea, pero China dispone de fortalezas como son una gigantesca base industrial, un enorme mercado doméstico, abundancia de ingenieros y la posibilidad de integrar rápidamente la IA en automóviles, robots, fábricas y dispositivos electrónicos. La carrera, por tanto, ya no consiste únicamente en quién consigue fabricar el chip más avanzado o entrenar el modelo más potente.
También dependerá de quién sea capaz de producir inteligencia artificial a gran escala, abaratarla e incorporarla a la economía real. Y es precisamente en esa convergencia entre chips nacionales, IA e industria manufacturera donde China está construyendo uno de sus principales motores.
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