
Sin Acritud…
Eva Mayen (21/10/2026)
La alianza entre las grandes corporaciones tecnológicas y los poderes políticos y militares plantea una cuestión muy importante: el proceso hacia una concentración del poder informativo sin precedentes.
Google no es solamente un buscador. Con su inteligencia artificial, Gemini, y sus sistemas de respuesta automática, aspira a convertirse en intermediario entre la realidad y nuestra percepción de ella.
Durante décadas, los medios digitales han obtenido buena parte de sus ingresos mediante la publicidad. Pero si los ciudadanos dejan de visitar periódicos y revistas porque la inteligencia artificial les ofrece directamente resúmenes y respuestas, las visitas disminuyen, cae la publicidad y muchos medios pueden acabar desapareciendo.
El problema es evidente: la inteligencia artificial necesita las fuentes periodísticas de las que, al mismo tiempo, puede estar privando de sus lectores.
Google ya está experimentando con fórmulas para remunerar a determinados medios por los contenidos que utiliza en sus respuestas. El problema no es únicamente cuánto paga, sino quién decide qué contenidos merecen ser utilizados, destacados o remunerados. Los criterios de selección y la opacidad de los algoritmos pueden influir en la visibilidad de unas informaciones frente a otras. Si Google remunera a los medios por su afinidad ideológica en base a una determinada programación del algoritmo, la libertad e independencia informativa es un sarcasmo.
Si un reducido número de empresas controla simultáneamente la tecnología, los algoritmos, la selección de fuentes y la presentación de las respuestas, su poder superará al de los grandes grupos mediáticos tradicionales. Ya no será necesario censurar explícitamente una información: bastará con relegarla, omitirla o presentarla fuera de contexto.
El peligro adquiere otra dimensión cuando entran en juego los intereses militares y geopolíticos. Google ha participado en contratos tecnológicos relacionados con la defensa estadounidense y mantiene vínculos con proyectos militares. La relación entre empresas tecnológicas, inteligencia artificial y aparato politico-militar supone un peligro real, no hipotético, para los derechos y libertades.
En una guerra, una IA puede condicionar la interpretación de los acontecimientos, la percepción del enemigo y la legitimidad de las operaciones militares. En unas elecciones, puede influir en la agenda pública mediante la selección de datos, argumentos y fuentes. No hace falta que invente noticias: también puede ejercer poder mediante lo que decide no mostrar.
Y el problema no afecta exclusivamente a Google. Otras grandes empresas de inteligencia artificial participan en la misma transformación, aunque sus modelos, acuerdos comerciales y sistemas de funcionamiento sean diferentes.
La actual guerra comercial entre ellas y teniendo en cuenta a nivel histórico, sistémico, cómo se han desarrollado estos procesos, se producirán fusiones, alianzas, concentraciones de capital y el resultado final de un monopolio de hecho aunque de cara al exterior se mantenga la apariencia de una competitividad
El riesgo definitivo no es que una inteligencia artificial piense por nosotros, sino que unos pocos propietarios decidan, mediante ella, qué información estará disponible para que podamos pensar.
La democracia necesita pluralidad de fuentes, medios independientes, transparencia algorítmica, ciudadanos capaces de contrastar las respuestas automáticas con los documentos originales.
Si la información se convierte en una infraestructura controlada por intereses privados, económicos, políticos o militares, la libertad de pensamiento difícilmente puede sobrevivir. Las consecuencias sociales, políticas, culturales e incluso psicológicas, serían devastadoras, difícilmente imaginables.
Un informe del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo señala que los editores prevén una caída importante del tráfico procedente de los buscadores, mientras que investigaciones recientes han examinado el efecto de las respuestas automáticas sobre las visitas a los medios.
Google, por su parte, está probando programas de remuneración a editores.




