La confesión del falso cura que asaltó la casa de Bárcenas: «Madre, me pagaron por entrar en esa casa»

Enrique Olivares García, el «cura» qye asaltó la casa de los Bárcenas.

España
Lucas de La Cal y Javier Castro-Villacañas (18/12/2018)
. Todo sobre el ‘mandado’ que el comisario Villarejo habría enviado a la casa de Bárcenas para robar los pendrives del PP por 50.000 euros
. «Claro que no estaba loco», dice Rosalía Iglesias, secuestrada por él
. La agenda informática de Luis Bárcenas revela sus reuniones ocultas con los líderes del PP

Barrio de Los Tiradores, Cuenca, miércoles 12 de diciembre. Adoración Garcíaabre la puerta y se queda inmóvil en el rellano. Suspira. Tarda en responder. Pasan unos segundos hasta que acaba asintiendo con la cabeza al mostrarle la foto de su hijo Enrique. «No ha confesado a la policía la verdad de lo que pasó ni lo va a hacer. Pero al principio a mí me dijo que no estaba solo. Que le pagaron para entrar en esa casa y que había más gente detrás de lo que hizo».

Adoración tiene 94 años, conserva la nitidez mental y la fluidez en el habla. Su hijo, Enrique Olivares García (69 años), lleva cinco años y tres meses encerrado en una celda del Centro Penitenciario de Cuenca. Pero ahora se sabe que no estaba loco. Ni tenía «voces dentro de la cabeza», como dijo durante el juicio. Enrique era un mandado.

Su delitosecuestrar el 23 de octubre de 2013 a punta de pistola y disfrazado de cura a la mujer, al hijo y a la asistenta de Luis BárcenasSu misión fallida: conseguir los documentos del ex tesorero que comprometían a la cúpula del PP para «salvar a España de la crisis y de su Gobierno», según declaró después de ser detenido.

No era cierto. Porque, como ha reconocido su madre, Enrique no actuó solo. Era un hombre reclutado presuntamente por el comisario Villarejo y las cloacas del Ministerio del Interior para sustraer de la casa de Bárcenas tres pendrives que contenían informaciones que podrían perjudicar la carrera política de Mariano Rajoy, María Dolores de CospedalSoraya Sáenz de Santamaría y Javier Arenas. «Lo tenía todo preparado. Era un profesional y alguien le contrató», dice a Crónica, Rosalía Iglesias, la mujer del ex tesorero del PP.

Esta es una historia de presente y de pasado que podría haber inspirado un thriller de espías y mercenarios, lleno de mentiras y fechorías. La historia de un conquense de familia humilde, hijo de un albañil (Enrique) y de una mujer que fregaba los platos en un bar (Adoración), que no terminó el instituto pero al que le encantaba leer novelas de aventuras. Un chico solitario al que detuvieron por primera vez con 18 años por robar el bolso a una señora.

Un ladrón que en los años 70 trabajaba como albañil construyendo puentes durante el día y que por las noches practicaba su habilidad para abrir cerraduras asaltando casas y coches. Un estafador que se hacía pasar por discapacitado para pedir limosna, que manipulaba cuentakilómetros de vehículos de segunda mano en venta y que se sacaba una propina trapicheando con cocaína.

Un «buscavidas» -como le define un amigo de su barrio- con ocho antecedentes policiales que en los años 90 se fue a hacer las Américas. Y encontró el amor en México con una chica de Veracruz. Y se casó. Y tuvo dos hijos. Y a su madre le contó que trabajaba en un supermercado… aunque ese no fue su único trabajo.

«Lo vi en la televisión y lo reconocí. Nosotros lo tuvimos fichado hace mucho tiempo, identificado con un número, como a los demás. Hizo algún trabajo en Centroamérica y en

Latinoamérica». Es el testimonio de un ex agente del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) que estuvo en aquella época en México.

La fuente desglosa sin querer dar muchos detalles la función que cumplía Enrique, que por entonces también usaba otras dos identidades: Juan Manuel Muñoz Muñoz, nacido en El Arenal (Ávila), y Jesús Sánchez Rodríguez, en Cuenca. «Él y otros españoles tenían algunos contactos con gente del narcotráfico que nos ayudaban a conocer las rutas por donde salía la cocaína. Y de vez en cuando cumplían funciones de seguir a diplomáticos y empresarios españoles de los que queríamos saber por dónde se movían y con quién se juntaban», explica el ex espía.

Enrique se jactaba entre su gente de tener buenos amigos en el narcotráfico colombiano y mexicano y de haber combatido en Nicaragua junto a la guerrilla sandinista. «Fantaseaba mucho. Le vi semanas antes de que fuera a la casa de Bárcenas -Enrique volvió a España a principios de 2013, cuando se separó de su mujer- y estaba muy deteriorado y sin un duro», cuenta un amigo de Cuenca.

Once años antes, en 2002, su rastro apareció en Argentina, en la provincia de Salta. La policía le había detenido por estafar a más de 50 personas junto con otros dos socios. Habían publicado anuncios ofreciendo falsos trabajos en España y pedían dinero para cubrir la ficticia tramitación de la documentación pertinente. En su pasaporte tenía sellos de EEUU (Miami),

Colombia, Bolivia y Nicaragua.
Enfermo de la cabeza
«Cuando se marchó a México estuve años sin saber nada de él», recuerda Adoración, su madre. «No sé nada de su vida». La anciana va a visitar a Enrique prácticamente un sábado al mes a la cárcel de Cuenca. Le lleva en coche su otra hija, nacida de su segundo matrimonio después de que el padre de Enrique falleciera de un ataque al corazón. «Mi hijo ahora está muy mal [sufrió un ictus hace unos meses]. Está enfermo de la cabeza y de una mano, que no puede abrirla  y  casi no puede hablar», dice la mujer.

Añade que Enrique hace mucho que no tiene ninguna relación con sus hijos. «Cuando regresó de América no volvió a trabajar. Se vino a vivir conmigo y casi no salía de casa. Me ha contado a medias lo que hizo. Sé que lo que pasó en Madrid fue entre dos o más. Alguien le contrató», reitera.

Miércoles 23 de octubre de 2013. Enrique se levantó temprano. Desayunó y se enfundó una camisa y pantalones negros. En un maletín metió una pistola modelo British Bulldog con un tambor de cinco balas, un alzacuellos, un paquete de bridas, un rollo de precinto, un par de guantes de tela, un bote de pegamento, otro de crema limpiadora de artículos de plata y un recorte de un artículo de EL MUNDO con una fotografía de Luis Bárcenas acompañado del siguiente titular: «A grandes males, grandes remedios».

La madre, nonagenaria: «A mí me dijo que no estaba solo, que había más gente detrás»
Cuando sonó el telefonillo del cuarto piso del número 32 de la madrileña calle de Príncipe de Vergara, Rosalía Iglesias estaba tomando una infusión. Victoria, su empleada del hogar, terminaba su almuerzo en la cocina. Fue ella quien contestó al aparato.

-Señora, hay un cura del obispado en el portal que viene a entregar un cuestionario de Instituciones Penitenciarias sobre la petición de libertad de su marido.

-Dile que suba y recoge lo que traiga.

Enrique, disfrazado de cura, se plantó ante la puerta y al percatarse de que alguien le observaba por la mirilla, insistió con seguridad.

-Soy yo, del obispado. Traigo los papeles de Instituciones Penitenciarias.

Victoria le abrió la puerta. Fue entonces cuando el inesperado sacerdote le aclaró que tenía que hablar con la señora de la casa para rellenar un cuestionario. Al oír esto, Rosalía, que estaba escuchando detrás de una puerta, hizo acto de presencia e invitó al insospechado páter al interior de la vivienda. Se sentaron los dos en el salón y Victoria regresó a la cocina. Ahí comenzó la plática del falso clérigo, que resultó de lo más convincente:

-Yo normalmente no acudo a los domicilios de los presos, salvo los que se encuentran en tercer grado, pero este caso es especial. Tengo que comprobar el entorno familiar. ¿Cuántas personas viven aquí habitualmente?

-Somos cuatro: mi marido, mi hijo, la persona de servicio y yo -contestó Rosalía.

-¿Y cuántas personas hay en este momento en casa?

-Mi hijo, Victoria y yo.

-Pues tienen que estar presentes todos, ya que tengo que hacerles preguntas a cada uno de ustedes.

Rosalía se levantó y llamó a Victoria. Después avisó a su hijo Guillermo, que se encontraba descansando en su habitación. Una vez juntos, los tres se colocaron frente a frente ante el singular inquisidor.

Por el asalto con pistola y alzacuellos fue condenado a 22 años de cárcel

La charla duró unos 20 minutos. Enrique lo sabía todo de ellos. Los estudios de cine de Guillermo en Nueva York. El país de origen de Victoria, República Dominicana. Los desvelos de Rosalía por la situación de su marido, en prisión desde junio de ese mismo año.

-¿Le molesta que encienda un cigarrillo, padre? -preguntó con naturalidad Rosalía.

-Para nada, yo también me voy a encender uno -contestó Enrique.

Y fue en ese momento, al abrir su maletín y sacar un revólver, cuando el hasta entonces servicial sacerdote preocupado por presos y familiares presentó su rostro remozado de Judas con collarín:

-¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Se acabó el teatro! Ni soy cura, ni vengo del obispado, ni tengo nada que ver con Instituciones Penitenciarias. Os mato a los tres si no me entregáis los documentos que Bárcenas guarda en esta casa y que sirven para derrocar a Rajoy.

Seis ojos de asombro se centraron en la pistola, un arma sin marca, ni modelo, ni número de serie pero, eso sí, bien cargada con cinco cartuchos metálicos manipulados y perfectamente preparados (según se acreditó en la prueba pericial del juicio) para matar a quien se le pusiera por delante. Rosalía, con gran entereza, sacó fuerzas y se enfrentó al salteador:

-¿Quién te ha mandado? ¿Cómo te atreves a entrar en mi casa vestido de cura? Sal de aquí inmediatamente y déjanos en paz.

-Te voy a pegar un tiro aquí mismo si no me das los pendrives que tu marido tiene guardados y que sirven para demostrar la corrupción del PP y de su Gobierno…

Ahora, cinco años después, Rosalía Iglesias recuerda para Crónica lo que sucedió aquel 23 de octubre. «Yo me enfrenté a él porque perdí el sentido del peligro. Me di cuenta enseguida de que el falso cura era una persona mandada por alguien. No era un ataque a título individual.

Claro que no estaba loco ni perturbado. Sabía lo que estaba haciendo y lo que quería obtener».

Este episodio alcanza una nueva dimensión a medida que se van conociendo nuevos datos. El digital Okdiario desveló esta semana que Enrique iba a cobrar 50.000 euros si conseguía la información sensible y que le dieron 10.000 euros por adelantado. Un dinero que salió de los fondos reservados del Ministerio del Interior.

Su objetivo era apoderarse de los múltiples documentos en poder de Bárcenas con anotaciones y facturas relacionadas con la financiación irregular del PP. Es la conocida como operación Kitchen, que investiga la Audiencia Nacional y en la que presuntamente participaron los comisarios José Villarejo (en la actualidad en prisión) y Enrique García Castaño (también imputado).

La Dirección General de la Policía ha reconocido la existencia de la operación -en la que participaban 80 agentes del Área Especial de Seguimiento, que también intentaron robar el atestado del secuestro- tras levantarse el secreto por el Consejo de Ministros: «De los indicios recopilados hasta el momento se conoce que en dicha operación han participado funcionarios adscritos a la Dirección Adjunta Operativa de la Policía, así como a la Comisaría de Información… Existiendo la constancia de la utilización de colaboradores, alguno de los cuales recibía una remuneración periódica a cambio de información facilitada».

Llevaba encima 600 euros. Habría cobrado 10.000 por adelantado de fondos de Interior

Rosalía Iglesias insiste en que ahora «encajan pieza a pieza muchas de las cosas que sucedieron entonces». «Quiero que se encuentre a los que están detrás de todo», dice. Ella no quiere dar importancia al acto de valor que tuvo su hijo Guillermo cuando logró deshacerse de las bridas con las que el asaltante los había maniatado a todos y pudo reducirle de un cabezazo: «Fue nuestra salvación. Yo le grité a Victoria: «¡La pistola, coge la pistola!» y la pobre salió corriendo descalza a la calle con el arma pidiendo auxilio. Yo salí al balcón gritando socorro. Fue entonces cuando entraron en casa varias personas y después llegó la policía».

Uno de los dos abogados que participó en la defensa de Enrique Olivares durante el juicio en la Audiencia Provincial de Madrid fue Gerardo Evangelio. «No puedo desvelar quién nos contrató y pagó. Sólo quiero decir que Enrique no está en sus cabales, todo lo que se está publicando ahora es un chiste», afirma el letrado.

Burlas de madrugada
Pero Rosalía Iglesias tiene claro que el secuestro no fue obra de un loco: «Se hizo creer a toda España una versión oficial, a la que contribuyeron todos los medios de comunicación: fuimos víctimas del asalto de un perturbado que olía a alcohol, que era un chiflado… Y todo eso llevó a que fuéramos objeto de broma y burla durante meses. Varias noches, de madrugada, nos llamaban al telefonillo de casa y nos decían que era el cura, que si le podíamos abrir».

«Se intentó quitar importancia al secuestro. Lo cierto es que estuvimos a punto de morir. Nos maniataron, nos amenazaron, nos golpearon. El cura nos dijo cómo se iba a escapar, por dónde iba a salir. Incluso para demostrar su impunidad me cogió el bolso y sin guantes empezó a tocar todos mis objetos personales. «Mira lo que me importa dejar huellas». Me gritó para intimidarme. Ahora quiero que se sepa la verdad. Que se averigüe todo».

Rosalía desvela que en la Comisaría le dijeron que Enrique llevaba 600 euros en el bolsillo. «También nos aseguraron que el arma estaba perfectamente manipulada para disparar y matarnos. Sabía lo que hacía».

A Enrique Olivares le condenaron a 22 años de prisión. Y acaban de trasladarle a una cárcel de Madrid para tratarle mejor de su enfermedad. Ésta es su quinta Navidad entre rejas. La Navidad de un hombre que ahora apenas puede hablar, de un albañil estafador, de un delincuente que fue espía del CNI y que cumplió ( y falló) su última misión a sueldo del Ministerio del Interior.

Fuente: El Mundo.





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