Diagnóstico electoral, sin tratamiento ni  pronóstico

Pedro Sánchez interviene para valorar la victoria del PSOE en las elecciones generales (Fotografía PSOE).

España
José Luis Heras Celemín (29/4/2019)
Hace ya unos milenios que entre los médicos egipcios era costumbre que frente a un caso clínico, tras analizar los síntomas, tuvieran en cuenta tres aspectos que tenían naturaleza de compromiso profesional: Diagnóstico (definir dolencia). Tratamiento (curar o aliviar) Y pronóstico (Predicción de evolución). En la actualidad, la práctica médica sigue parecida, aunque mejorada con protocolos sanitarios (procedimientos). Pero tal proceder no es exclusivo de la actividad de sanitaria. Hay otras actividades que apetecen diagnóstico, tratamiento y pronóstico. Entre ellas está conocer el estado de la sociedad para aplicar tratamientos con los que conseguir unas evoluciones o pronósticos favorables.

Nuestra sociedad actual española acaba de conocer cuál es el estado real del momento decidiendo, o votando, entre los tratamientos que ofertaban las fuerzas políticas para conseguir lo que éstas aventuraban como pronósticos de futuro en las Elecciones Generales del 28 A. Eso son las Elecciones en democracia: Un chequeo de la voluntad de los ciudadanos para decidir entre lo que ofertan las fuerzas que pretenden dirigir la sociedad. Pero, porque está establecido así, el diagnóstico del estado social, indefectiblemente, condiciona los tratamientos a aplicar sin tener la certeza de que ambos, diagnóstico y tratamientos, merezcan la confianza que comprometía la profesionalidad de los sanitarios egipcios. Por ello, en estas elecciones, como en la mayoría de las que se celebran en democracia, lo único que hemos conocido es el diagnóstico electoral. Un diagnóstico que se reduce al conjunto de síntomas que los sociólogos y analistas extraen del resultado salido de las urnas. Con ánimo de estudio, veamos algunos de los síntomas que han salido de las Elecciones Generales del 28A:

– Fraccionamiento del electorado, al 50 % casi justo, entre opciones políticas: izquierda y derecha. Subdivisión de cada 50%, en el caso de la izquierda entre el PSOE y Podemos, y en el caso de la derecha entre PP, Ciudadanos y Vox. Ambos con la corrección debida a la Ley D’Hont y la situación de las demarcaciones territoriales que marca la Ley Electoral.

– Errores y aciertos de unos y otros, entre los que destacan: Pelea por el mismo espacio de distintas fuerzas (de izquierda y derecha) en posiciones equívocas o cambiantes. Calamitoso itinerario del PP, salido de un Congreso con fracturas y ostracismos, agravado con una campaña electoral absurda, propuestas ideológicamente confusas y a veces incoherentes, y unas listas electorales ilógicas. Evolución embarullada y zigzagueante de Ciudadanos, recién salido de una socialdemocracia en antigualla y en pos de un liberalismo con más pompa y proclamas que propuestas liberales puras. Destape de Vox, como partido político que se presenta como derecha pura, usando conceptos de patriotismo no es excluyente, coqueteando con motes xenófobos, próximos a consignas fascistas y a la búsqueda de los sentimientos primarios de identidad, igualdad entre sexos, seguridad, españolidad, etc. Acomodo a un nuevo estatus de Podemos, salido del 15-M, aclimatado a la condición de casta aristócrata de la izquierda y buscando un espacio sociológico en el que adaptar las viejas ideas revolucionarias a las prácticas de la izquierda clásica. Uso de la situación y el poder de un PSOE, bajo la dirección amoral de Sánchez, irrespetuoso con la historia nacional, con lealtad dudosa al Estado y supeditando los principios del socialismo e intereses nacionales a la narcisista voracidad ególatra de una cúpula poco noble y marrullera.

– Existencia de masas sociales independentistas, principalmente en País Vasco y Cataluña y con ramificaciones locales varias, alimentadas por un separatismo inconforme, sin voluntad de integración en el Estado común, buscando la quimera del aislacionismo, al límite de la Ley y generando una tensión variada, que raya en la violencia, para exhibir miserias.

– Falta de convicciones para buscar unidad nacional, solidaridad social, inter-territorial e  inter-generacional.

– Carencia de voluntad, en algunas capas sociales y parte del territorio nacional, para buscar un proyecto de convivencia dentro del Estado de Derecho actual, no cerrado y perfectible.

– Y necesidad de continuar con la dinámica y compromisos sociales, nacionales e internacionales del Estado, como miembro de la Unión Europea y parte de la moderna Aldea Global.

A grandes rasgos, con las correcciones que puedan convenir, esos son los síntomas que se aprecian. No son únicos, ni acaso los más significados. Pero son reales. Habrá que añadir los que saldrán de las elecciones próximas, que siguen a las pasadas del 28-A, Elecciones Autonómicas y Locales.

Con ellos a la vista, siguiendo el uso de los galenos egipcios, procede ver qué tratamiento conviene para atender o aliviar necesidades. Pero éste  ha de proponerlo y administrarlo, como Programa de Gobierno, el Ejecutivo que salga tras la Investidura que se logre en el Congreso de los Diputados, si se logra. De momento, no hay Gobierno, no sabemos cómo se va a formar, qué equipos se van a poder lograr, o, en función de cómo se forme, qué se va a proponer. En consecuencia, no procede suponer un tratamiento que ha de ser consecuencia del nuevo Gobierno.

En cuanto al pronóstico, se podría acudir a un ‘más de lo mismo’. Pero, ni aún echando mano de la bondad cándida de los puros se puede encontrar motivo para fiar el futuro. Las elecciones las ha ganado el PSOE que comanda Pedro Sánchez; y con él aparecen y reavivan los motivos de preocupación que parecen como síntomas y no valen como solución. Por eso, de momento, sólo Diagnóstico electoral, sin tratamiento ni pronóstico.





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Editor y Director: Eugenio Pordomingo Pérez. Editado en Madrid. ISSN 2444-8826

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