El médico pasa más tiempo ante el ordenador que consultando al paciente

Sin Acritud…
Samuel Luis Martínez Roebroek (2/12/2025)
En los últimos años, acompañando a mi hija con una enfermedad grave e irreversible, he aprendido cosas que nadie enseña. Una de las más claras -más duras- es esta: cuando el sufrimiento se vuelve radical, también lo hace el aislamiento. Y uno de los lugares donde ese aislamiento se revela con más crudeza es muchas veces en la propia consulta médica.

Médicos adjuntos y residentes. Profesionales jóvenes que entran, saludan de manera protocolaria, se sientan frente al ordenador y escriben. Preguntan sin levantar la mirada. Y escriben mientras uno responde.

Pero otras veces -y esto es aún más revelador- ni siquiera preguntan. Somos los padres los que tenemos que forzar la conversación, los que tenemos que preguntar para que nos digan algo.

No se trata solo de la ausencia de exploración física, ni siquiera de la frialdad. Se trata de que el médico ha dejado de usar la palabra, los ojos, la silla, la camilla y el fonendoscopio. Ha dejado incluso de tocar el cuerpo del paciente, de escuchar el relato, de implicarse en la experiencia del otro, de conocer el contexto.

Hoy, en demasiadas consultas, el cuerpo del paciente está presente, pero el del médico no. En su lugar, hay pantallas, formularios, protocolos, derivaciones…

Y detrás de todo eso, un profesional agotado, mal remunerado, desbordado. Un médico que -para protegerse- se distancia. Es comprensible: evita mirar porque mirar compromete. Y automatiza ese comportamiento, porque nadie le ha enseñado que es posible implicarse… sin colapsar.

Pero la implicación no es un lujo moral. Es el fundamento del acto clínico. Sin ella, no hay medicina: hay tramitación.

Y sí: es posible implicarse y luego desconectar. No es fácil. No es natural. Pero es posible si se entrena, si se acompaña, si se institucionaliza e incentiva el cuidado humanizado como parte del trabajo profesional.

Porque cuando se elimina toda implicación, el médico se vuelve una interfaz humana que sirve a una máquina de manera defensiva.

Y entonces la pregunta es inevitable:

«¿Qué diferencia queda entre ese médico y una inteligencia artificial que solicita pruebas sin ver, sin tocar, sin hablar?»

Albert Camus escribió que el absurdo nace cuando uno pide sentido y el mundo no responde. Y eso es exactamente lo que uno vive cuando el sistema médico se desentiende de la dimensión humana del sufrimiento: una forma pura de absurdo institucional.

No lo comparto como denuncia. Lo comparto como reflexión. Y me pregunto si esto es algo nuevo.

Porque el vínculo no es opcional. No es algo que se añade a la medicina: es su núcleo más profundo. La técnica puede curar. Pero solo la presencia puede sostener.

N. de ka R:
Samuel Luis Martínez Roebroekes Director médico en GÉNESIIS | Psiquiatra y psicoterapeuta.
El texto ha sido publicad originalmente en Linkedin.


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