
España
Ángel Manuel Ballesteros (17/1/2026)
Hace medio siglo, el tono magistral con el inevitable acento alemán del idioma aprendido en la juventud, sonaba en el desacostumbrado Madrid a grandes fastos ni siquiera a medianos eventos: “Se sorprenderían si supieran el escaso número de congresistas norteamericanos que se han molestado en sacar el pasaporte o el reducido número de entre aquellos dirigentes capaces de decir sin equivocarse las principales capitales del mundo…”.
Kissinger resonaba implacable: la política internacional era cuestión de minorías, casi de diletantes. Había un conglomerado regido por la guerra fría, con las dos grandes potencias marcando las reglas, sólo flexibles en materias rayanas con lo esotérico como el espacio exterior, pero a ras de tierra las normas eran casi matemáticas.
España, borrada en dictaduras y neutralismos, con posibles récords históricos en ambos capítulos negativos, había recibido a Ike con la televisión recién inaugurada y se alineaba en el bando que años antes había finiquitado nuestro imperio y comenzaba a salir a la luz en un nuevo ciclo. Para colmo, su defensa la hacían los franceses, fue Jules Cambon, quien negoció el tratado de Paris, el conceptual 98, la liquidación de los restos coloniales, y tres centurias y media antes, el “moriré contento viendo el orgullo de España abatido”, que había confesado Richelieu y así fue aunque lo lograría su sucesor, Mazarino, nacido en la Italia hispánica. En 1973, cuando en España la política exterior era incipiente y de la mano norteamericana, y no existía mi materia favorita, los contenciosos diplomáticos, el otro sector a falta del anterior, era mi especialidad alternativa, las conspiraciones y los golpes de Estado y ahí nos entreteníamos académicamente: la conspiración, que se inicia en su ámbito propio, se materializa a través de la confabulación, del contubernio, se vertebra, perfeccionándose en conspiración o en conjura y asciende a complot y origina del golpe.… Pero a efectos prácticos la materia se agotaba enseguida: Carrero Blanco (“el influjo más o menos distante norteamericano con Kissinger en Madrid”, cuando fue la ETA, de la misma o similar manera que el mayor atentado terrorista en suelo patrio, en el 2004, no lo ejecutó la ETA sino unos fanáticos con turbante, aunque no lo llevaran puesto) desaparecía y con su final se iniciaba la descomposición del régimen, que al mismo tiempo completaba su personalidad internacional integrándose en Europa.
Nadie podía pronosticar que media centuria después, que ahora, inaugurando el 2026, un solo poder se erigiría en rector. Y que ensólo unos meses trastocaría el orden establecido. Era el juego de los ciclos cortos. Máxime cuando el `poder director había sido derrotado en sus guerras importantes, desde Corea a Vietnam, de manera parecida a como el todavía segundo poder había tenido que ceder ante los talibanes. Era también el juego de la ilógica diplomática y más acentuado por una aceleración sin precedentes. El trumpismo había actuado a nivel planetario y nadie estaba enfrente ¿cuál era su factor en juego? Entre la multitud de opiniones que escuché acerca de la actividad norteamericana, me pareció particularmente atinada la respuesta que le dio el diplomático español Javier Rupérez a un periodista ¿usted conoce a Trump? “Busca el negocio”, aserto que prima facie y vista una cierta reiteración, posible, aunque parcialmente, podría darse por bueno sin excesivos esfuerzos. Su neotérica diplomacia de los intereses. Y ello, claro, bajo la capa dialéctica del América first, en la proyección sobre Centroamérica del big stick de Roosevelt, de Theodore, no de Franklin Delano, de quien se ha dicho, vaya usted a saber con qué fundamento, que los adversarios-aliados en Yalta, en el reparto del mundo, conocían sus movimientos negociadores por las indiscreciones que sonsacaban a su esposa. Y aunque no fuera así, el oso soviético terminó implantando sus valores reñidos con los occidentales, en una importante, amplia y clave zona del mundo. Ya hace tiempo que hemos dejado escrito que Moscú no va a devolver a su estado original, los territorios conquistados en Ucrania.
Así, quizá, sobre esas variables el mundo avanza a trompicones sin que dé la impresión de que haya una contraparte operativa de suficiente altura. De que la estrategia de alianzas no funcione ni siquiera a niveles elementales. Y todo ello, lo que tal vez sea su característica mayor, en un escenario impensado hace sólo meses, los ciclos cortos, y donde el pronóstico no puede escapar al terreno hiper resbaladizo.
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Lo primero que tiene que hacer Madrid es calibrar con semijusteza -“la diplomacia es la primera de las ciencias inexactas”, había acuñado el conde de Saint Aulaire observando el reflejo crepuscular de las aguas en el lago circundante desde su palacio- su papel actual en el agitado mundo de las relaciones internacionales, donde su cotización oscila como potencia media- alta, valor corregible hacia el alza por mor de los grandes parámetros que históricamente la acompañan, desde la privilegiada situación geográfica, hasta el idioma de casi quinientos millones de hablantes a ambas orillas del Atlántico, pasando por la historia, “el mundo puede recorrerse por tierras de Felipe”, que patentó Lope de Vega, o los grandes estadistas y tratadistas que la llevaron a ser primera potencia mundial a nivel planetario y cofundadora del derecho internacional al más noble de los títulos, la introducción del humanismo en el derecho de gentes, y la impulsión ital del mestizaje, y a descubrir históricamente el Nuevo Mundo, con todo lo que conlleva, y…
La exigencia de despegue, la básica, la inicial, es liquidar, en sentido ambivalente, o al menos encauzarlas, nuestras controversias territoriales, las seis, los tres contenciosos, Gibraltar, el Sáhara y Ceuta y Melilla, más las islas y peñones, y los tres diferendos, Perejil, Las Salvajes y Olivenza, cuya nomenclatura, sistemática y tratamiento, no me cansaré de decir, cierto que casi en vano, que han sido ideados por mí, tal vez nemine discrepante desde Marruecos a Argentina, donde colaboro en Las Malvinas-Gibraltar, que no son lo mismo, pero ahí estamos, en las causas que creemos justas. Y donde nunca parece estar de más la prudente advertencia de mi amigo y colega argentino, Jorge Lidio Viñuela: “O nos atraemos a los kelpers o el 2033 está a la vuelta de la esquina y los ingleses son capaces de crear otro Estado como los que ya han hecho por aquellas latitudes”.
Aquí, hoy, sólo dos cuestiones por la coyuntura, el peso ominoso, implacable de la coyuntura en política exterior, ya que los sigo en profundidad y sin éxito, en mis balances periódicos. Gibraltar, donde los acuerdos para la prosperidad compartida, ya están sólo prácticamente a falta de las preceptivas ratificaciones para completar el desaguisado, porque lo que tiene que perseguir/conseguir España, es -aparte de relanzar el preterido Campo de Gibraltar, lo que constituye tarea tan factible como obligada para un país con las potencialidades económicas del nivel del nuestro- superar las desvíos, recovecos y bifurcaciones, que jalonan el iter hacia la llave que pende de la puerta del castillo del pendón gibraltareño, y hacer valer la ortodoxia:
Gibraltar es un territorio no autónomo pendiente de descolonización, amén de ser la única colonia en Europa y tierras adyacentes, nótese que el otro territorio no autónomo pendiente de descolonización en la zona es el Sáhara Occidental.
El pasado 31 de octubre, las Resolución Trump en Naciones Unidas, con una redacción complicada para el penholder y adláteres –“se ha pretendido conseguir la cuadratura del círculo”- ha inclinado la balanza peligrosamente, avalando la autonomía ofrecida por Marruecos a los saharauis como la opción “seria, realista y factible” o algo así en tamaña retahíla, para la resolución del contencioso, hacia la que hay que tender negociando sobre ella y en aras del principio de autodeterminación, que se cita hasta dos veces. Lo dicho, “la cuadratura del círculo”. La Resolución 2797 se ha adoptado por elocuente mayoría, 11 síes, entre ellos los grandes países europeos y España, tres noes y la abstención de Argelia. Es decir, casi sin rechistar al “negocio”de Trump, a su abierta neopolítica de los intereses, ampliando el pacto de Abraham, al incluir a Marruecos como aliado de Israel en el convulso mundo árabe, mediante la puesta en bandeja del Sáhara Occidental a Rabat.
Vayan a la partición, amigos, en aras de la realpolitik. Ahora, el ministro de Exteriores de la RASD es el capaz Mohamed Beissat, que ya hace década y media, cuando acompañaba al entonces presidente Abdelaziz, me escribía, “yo te tengo un respeto y admiración fuertes… tu eres la persona ideal para el asunto”, ante la indolencia de más de un oficinista que influían en los destinos de España. “Español de piel tostada” que cantaba Foxá, y con su poesía, las personas que me acompañaban, bajo las estrellas y sobre las dunas, cuando yo fui el primer y único diplomático que me ocupé de los 339 compatriotas que allí quedaron tras nuestra salida, a los que censé, en lo que quizá fue una de las mayores operaciones de protección de españoles, peninsulares e insulares, de las Canarias, del siglo XX. Ni Mohamed VI va a ceder más porque implicaría un golpe de Estado contra el trono, el final de la dinastía alauita, ni el Polisario puede aceptar menos, integrándose en la gran autonomía ofrecida por Rabat, porque a la larga o a la corta la identidad saharaui se iría debilitando, la entidad de “los hijos de la nube” se extinguiría, desaparecería la RASD. El reparto parece ser una suerte de solución salomónica, también para mis amigos marroquíes, que me disfrazaron como un distinguido sidi mudo, siendo uno de los contados europeos que, a la manera de los viajeros europeos clásicos del XIX, introdujo la cabeza bajo el catafalco de Idris I, fundador de Fez, origen de Marruecos. Yo nunca olvidaré a Hassan II, el dosificador de los tempos con España, sus palabras y sus escritos en aquellos crepúsculos calmos y azules del añorado Rabat.

España tiene que reforzar, que consolidar su europeísmo, gracias al cual gozamos de un progreso notable, político, social y económico. Disfrutamos de un antes y un después. Pero lo tiene que hacer con la debida dignidad, sin negligencias y ya que ponemos la mano receptora, cumpliendo rigurosamente la normativa contable sin incurrir en déficits fuera de lugar, utilizando y distribuyendo los fondos como corresponde. Cuando yo empecé a actuar en cooperación internacional, principiando los 80, comenzábamos a pasar de receptores a donantes. Es lo que tiene que hacer, además de alinearse diplomáticamente con sus socios, la que es cuarta economía de la UE. Y junto al europeísmo, los valores occidentales, atlánticos, nucleados por la Casa Blanca. Ahí, en el capítulo negativo, no parece que en el horizonte contemplable, la OTAN vaya a cubrir Ceuta y Melilla, aparte de que las modernas doctrinas de las intervenciones fuera de zona de la Alianza Atlántica, quedarían atenuadas ante la entente ashington/Rabat, la más antigua y sólida de USA con el mundo árabe. Y sea dicho de paso, el conflicto palestino, ahí asimismo el testimonio sefardí, requiere indefectiblemente la desaparición de Hamás.
Y siempre Iberoamérica, donde las relaciones, como con Portugal, tienen que ser las mejores. No se trata sólo de una cuestión de prestigio. El lobby iberoamericano constituye una fascinante entidad hacia la que es posible y obligado tender. Ese ideal, un poderoso grupo de presión iberoamericano en Naciones Unidas, ante los organismos internacionales, a la búsqueda de un pasado esplendor, y que vengo propugnando desde hace tiempo, justificaría con suficiencia el papel de España en política exterior.
Cerrando esta breve recapitulación, va de sí que se imponen relaciones bastantes de España con todos los países y a su frontispicio, por supuesto, los derechos humanos. El universalismo español no puede tener otros límites y matizaciones que las vinculantes circunstancias tan visibles que eximen de ulterior comentario. Y desde luego, el comercio exterior tiene que figurar en el arsenal diplomático del Estado, con China como cliente preferente, no sólo en cuanto potencia económica top, sino también para contribuir al equilibrio de las grandes potencias, al multipolarismo, factor incuestionable hacia la armonía mundial.
N. de la R:
Ángel Manuel Ballesteros es diplomático y escritor. Ver más en Wikipedia.
Este texto nos llega desde Ávila, La Serradilla, Navidades del 2025.
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Ángel Manuel Ballesteros, España, gibraltar, Guinea Ecuatorial, Política Exterior de España, Sáhara Occidental




