
Mi Columna
Eugenio Pordomingo (2/5/2026)
Luisito había vuelto a casa con treinta y cinco años. Y no venía solo…
¡María, escuchas el traqueteo que hay en la habitación de Luisito! – gritó sobresaltado Pepe a su mujer-, y la pobre María, que dormía placenteramente, le susurró: ¡Pareces bobo, Pepe, pues qué va a hacer por la noche y en su cama!
Y es que Luisito calza 35 años y desde hace unos días ha vuelto al hogar paterno. Lo ha hecho con su pareja. Los dos habitaban en un modesto pisito por el que pagaban 800 euros mensuales, aparte del gas, la luz, los dos móviles, la televisión… La nevera parece un esqueleto: mucho pan Bimbo, mantequilla, algún paté y poco más. La carne y el pescado son quincenales. Con la disculpa de que la glucosa es mala para el organismo la fruta escasea. En fin, que los pobres andan un tanto flojos de bolsillo.
La decisión de refugiarse en casa de los padres de Luis se debe a que su casero les ha subido el alquiler 300 euros mensuales.“Podría haberos subido 500, pero sois majos y no quiero perjudicaros”, les soltó el dueño y amo de su hasta ahora hogar.
Luis trató de consolar a su mujer: no te preocupes, encontraremos solución. Y Pepita, con más sentido común, rompió a llorar. Luis se acercó a ella, le besó el cuello y abrazó sus pechos. Pepita, explotó, pero cómo puedes tener ganas… Es que no te das cuenta de que dentro de poco podemos estar debajo de un puente.
Lo del puente le asustó. Le traía malos recuerdos. Había tenido un encuentro fortuito con una persona que se “alojaba” debajo de un puente.
El hombre, más o menos de su edad, dormía debajo de ese viaducto cercano a una carretera, en plena ciudad. Se cubría con unas sucias mantas cubiertas con plásticos. Era de noche, Luis le tocó suavemente el hombro. Quería ayudarle.
El hombre, se sobresaltó. No te preocupes, solo quiero ayudarte. ¿Te parece que tomemos un café? Gracias –le dijo- pero es que si dejo esto –se refería a sus menguadas pertenencias- me lo pueden robar o quemar.
Luis se acercó a un bar cercano y pidió unos bocadillos y dos cafés. Entre bocado y sorbo, el vagabundo le comentó que trabajaba de reponedor en un Super; era una suplencia. A Luis le pareció un hombre culto, eso sí, apesadumbrado por la vida que desde hace tres años llevaba. Estaba preparando oposiciones a Policía Nacional, estudiaba en una biblioteca pública en la que le permitían asearse.
El recuerdo de ese hombre atormentaba a Luis. Ahora veía cercano el día en que él y Pepita podrían verse en esa situación. Con el salario de los dos no podían seguir en el apartamento en el que moraban.
Las discusiones y los silencios tensos se volvieron habituales, hasta que Luis tomó una decisión.
En una hamburguesería, ante dos Big Mac con patatas fritas, Luis le puso al tanto de la situación que tenían encima y lo que había decidido: He hablado con mis padres, les he puesto al tanto de nuestra situación y nos han ofrecido vivir con ellos. Se –continuó- que no es lo que habíamos proyectado, pero la cosa se nos pone negra. Con lo que nos pagan no nos llega. Apenas pagamos el alquiler y ya no podemos ahorrar ni pensar en tener un hijo.
Es una de las muchas historias a las que conduce la sistémica de desigualdad existente, con bajos salarios, largas jornadas e inestabilidad en el trabajo. En esa situación de precariedad se encuentran miles de parejas de jóvenes. La historia de Luis y Pepita no es una excepción.
Las cifras de emancipación de jóvenes en España son las más bajas desde que se tienen datos estadísticos: un 14,5%. La peor de la UE. Acceder a una vivienda es prohibitivo. Los salarios son muy bajos. El 99% de un salario medio se dedica al alquiler de un piso y no digamos la compra, esa opción está mucho más lejana.
El artículo 47 de la Constitución Española recoge lo siguiente: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos”. Artículo que, por desgracia, no se lleva a efecto.
¿Para cuándo una respuesta ciudadana contundente a esta desvergüenza? Quizás se animen cuando Feijóo llegue al poder. Seguro.
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