
España
Ángel Luis Martín (8/8/2026)
Pocas páginas de nuestra historia resultan tan sorprendentes como la vivida en los campos soviéticos de Oranki, Boróvichi y Spassk, donde antiguos enemigos de la Guerra Civil compartieron el mismo destino. Allí coincidieron prisioneros de la División Azul, capturados combatiendo junto al ejército alemán, con republicanos españoles que, tras refugiarse en la Unión Soviética después de 1939, fueron víctimas de las purgas estalinistas. Acusados de espionaje, trotskismo, «desviacionismo», derrotismo o simplemente de resultar sospechosos para el régimen, terminaron deportados al sistema del Gulag. Entre ellos había también mujeres y algunos niños españoles, internados junto a sus familias en durísimas condiciones.
El hambre, el frío y los trabajos forzados hicieron lo que las armas no habían conseguido. Algunos divisionarios enseñaron a los recién llegados cómo sobrevivir en el Gulag, compartieron alimentos, intercedieron por ellos ante la administración soviética e incluso cedieron parte de sus escasas raciones a mujeres y niños. El capitánl Teodoro Palacios simbolizó aquel inesperado acercamiento al recordarles que, antes que vencedores o vencidos, todos eran españoles.
Por su parte, los republicanos ayudaron a los divisionarios como intérpretes ya que dominaban la lengua rusa.
Un hecho documentado es que cuando se producía un fallecimiento, acudían de conjuntamente republicanos y divisionarios al sepelio: todos los españoles eran enterrados juntos.
Al parecer las disputas y controversias ideológicas se mantenían pero a la vez se establecieron redes de solidaridad, incluso de organización resistente y casos de amistad afectiva.
En 1954, el barco Semíramis puso rumbo a Barcelona con los últimos repatriados. En el mismo barco viajaban divisionarios y republicanos supervivientes del cautiverio soviético. Cuando surgieron críticas hacia estos últimos por parte de personas que esperaban el barco, varios divisionarios salieron en su defensa de forma airada. Once años de hambre, enfermedad y cautiverio habían transformado la enemistad en respeto.
Quizá ninguna reconciliación fue completa. Pero, en el lugar más inhóspito imaginable, el Gulag soviético demostró que el sufrimiento compartido podía tender un puente donde la Guerra Civil solo había dejado trincheras.
N. de la R:
La palabra gulag es un acrónimo ruso que significa «Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correccional» (Glavnoye upravlenie ispravitelno-trudovykh lagerei), sistema de campos de concentración y de trabajos forzados de la antigua Unión Soviética.
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