
España
Ángel Luis Martín (5/9/2026)
En su intervención en el Congreso de los Diputados, durante el debate sobre la crisis migratoria de Ceuta, Ione Belarra recurrió a una comparación histórica particularmente desafortunada: equiparó el internamiento de los republicanos españoles en Argelès-sur-Mer, tras la derrota de la República en 1939, con la situación de los inmigrantes llegados a Ceuta.
La comparación no es simplemente discutible. Revela un preocupante desconocimiento de lo que fue realmente Argelès y banaliza el sufrimiento de miles de republicanos españoles.
Argelès-sur-Mer fue uno de los principales campos de internamiento establecidos por las autoridades francesas para los españoles que cruzaron la frontera durante La Retirada, huyendo de la victoria franquista. En febrero de 1939 había alrededor de 275.000 españoles internados en los campos franceses, y Argelès y Saint-Cyprien concentraban inicialmente cerca de dos tercios de ellos.
Fue un campo de concentración rodeado de alambradas, sometido a vigilancia militar y situado en una playa desnuda, donde los recién llegados tuvieron que sobrevivir prácticamente a la intemperie. No había instalaciones suficientes, escaseaban el agua potable y los medios higiénicos, y el frío, el hambre, el hacinamiento y la falta de saneamiento favorecieron la aparición de epidemias.
Por Argelès llegaron a pasar decenas de miles de republicanos españoles. Entre ellos había combatientes republicanos, pero también mujeres, niños, ancianos y civiles que huían de la guerra y de la represión franquista.
Y hay algo fundamental que no debería olvidarse: aquellos hombres no habían llegado allí simplemente como inmigrantes buscando una vida mejor. Muchos eran combatientes republicanos derrotados que habían luchado en una guerra civil; otros eran civiles que huían de la represión y del avance de las tropas franquistas. Habían atravesado los Pirineos exhaustos, después de años de guerra, hambre y persecución.
Algunos de aquellos republicanos volverían a combatir poco después contra el nazismo. Muchos participaron en la Resistencia francesa y en la lucha contra la ocupación alemana.

Por eso resulta especialmente desafortunado utilizar Argelès como simple recurso retórico en un debate sobre inmigración.
Se puede defender una política migratoria determinada. Se puede denunciar una llegada masiva a Ceuta, exigir al Gobierno que controle las fronteras o reclamar una política humanitaria con los inmigrantes. Todo eso es perfectamente legítimo pero a la señora Ione Belarra hay que decirle que no todo vale y la demagogia barata mucho menos.
Argelès fue consecuencia de una tragedia histórica concreta: la derrota de la República española, el exilio de centenares de miles de españoles y la improvisada reclusión de muchos de ellos en condiciones miserables.
Utilizar aquel episodio para construir una analogía política sobre la inmigración actual puede resultar eficaz como golpe retórico, pero es históricamente pobre y moralmente desafortunado.
Y más aún cuando quien lo hace pretende representar una tradición política que reivindica la memoria republicana.
La memoria histórica no debería utilizarse como una caja de herramientas para fabricar metáforas parlamentarias. Argelès merece algo más: conocimiento, respeto y memoria.
Porque aquellos republicanos españoles no necesitan que nadie convierta su sufrimiento en una comparación de conveniencia. Necesitan que se recuerde exactamente quiénes fueron, por qué huyeron y qué padecieron detrás de aquellas alambradas.



