Alexander Krovavyj  frente a la iglesia de La Navata

Mi Columna
Eugenio Pordomingo (22/9/2026)
Lo que sigue es una historia de ficción. Cualquier parecido con personas, hechos o funcionarios reales es pura coincidencia…Sobre esta historia hay un librito en ciernes.

Un amigo mío, se ofreció a llevarme en su motocicleta hasta Madrid. Resulta que estábamos tomando el consabido café con churros, como casi todas las mañanas, en el bar conocido como Marcelino, sito en las cercanías de la estación de Renfe La Navata-Galapagar.

Allí suelen desayunar una serie de personajes variopintos, entre ellos, un profesor de Bellas Artes que va siempre acompañado por Blas, su pomeranio peludo —una preciosidad de can— y su sombrero de paja, que en estos aciagos días le preserva del sol. Del resto no comento nada, no sea que hiera su susceptibilidad. En general, buena gente; sabios ellos.

En Marcelino, Víctor, el encargado del bar, tiene todas las mañanas, a las 8:30, todo preparado: las plantas regadas, mesas y sillas colocadas, la máquina italiana de café a punto y churros y porras a gusto del cliente.

A lo que iba. De camino a Madrid, en ese artilugio de dos ruedas —la incomodidad es evidente—, presenciamos cómo, en la rotonda que da acceso a la Nacional 6, dos coches de la Guardia Civil, precedidos por otros dos —estos sin el luminoso, pero sí con sirena—, iban a toda velocidad, uno detrás de otro.

Sin salir de nuestro estupor, visibilizamos dos helicópteros en la misma dirección.

Nos dio la impresión de que estaban persiguiendo a otro vehículo, pero no supimos nada más. Los medios de comunicación, todos, no recogían lo sucedido.

¿Sería una de tantas persecuciones como ahora vive nuestro país?

Mi curiosidad y la del amigo sirvieron para que, en el café del día siguiente, en Marcelino, por supuesto, aquello fuera asunto de debate. Y ahí se hizo un hueco la polarización ideológica.

Curioso yo, llamé por teléfono a un conocido con el que circunstancialmente parloteo sobre asuntos de interés mutuo: la política y el devenir del mun+do.

Como digo, llamé a mi amigo, pero no atendía la llamada, algo que no es habitual en él, excepto cuando viaja a tierras lejanas, casi siempre zonas en conflicto, lo cual despierta mi morbo.

¿A qué leches habrá ido Alexander a Siria, Afganistán, Irán, Guinea Ecuatorial, el Sáhara Occidental…?

Disculpen, pues no he dicho quién es el tal Alexander, de apellido Krovavyj.

Los medios de comunicación no se han hecho todavía eco de lo que voy a describir. Me lo ha contado Alexander por teléfono desde Moscú.

Conocí a Alexander en Marcelino. Su dueño, un octogenario muy activo mentalmente, es un pozo de conocimientos. Parece que dormita, pero qué va. Está sigiloso; se entera de todo, de lo que ve y oye, como de lo que pasa en su entorno —su querida Navata— y de los asuntos internacionales. Como digo, un pozo de sabiduría.

Pero a lo que vamos.

Alexander iba por allí de vez en cuando, acompañado de un precioso perro, un husky siberiano, blanco como la nieve. Los dos, perro y amo, permanecían impasibles: él, degustando su consabido vodka con naranja mientras daba sorbos a su taza de café.

Yo acudía casi todas las mañanas a tomar unos churros con café y coincidía con Alexander sobre las nueve. Nos saludábamos, pero poco más.

Pero la casualidad, que no existe, es simplemente una palabra, nos unió.

Era un martes y Marcelino cierra ese día por descanso semanal. Yo no me di cuenta de que era martes y acudí a repostar energía. Y allí estaba Alexander y Marx —así se llama su perro—, esperando a que Víctor pusiera en marcha la cafetera italiana.

Tras los consabidos buenos días, yo le propuse ir a Galapagar a desayunar. Aceptó encantado.

Pero había un problema: el husky siberiano me miraba de tal manera que daba miedo. Y eso que a mí los animales me dan menos miedo que los humanos.

Alexander me invitó a subir a su coche, una ranchera llena de libros, carpetas, herramientas… y yo qué sé. Lógicamente, me senté delante con él, pero al rato Marx no hacía más que darme con el hocico en el brazo y en la pierna. Tras los empujoncitos, yo veía cuatro grandes colmillos.

—Le has gustado —dijo Alexander.

Y yo pensé, temblando, si no sería para saciar su apetito.

Pero no, qué va. Le empecé a acariciar la cabeza y me di cuenta de que era un buenazo o de que yo le había caído bien. Deseché con celeridad que fuese una artimaña suya para jalarme. Pero no: nos hicimos amigos enseguida.

Ante un café en el bar La Bendita, regentado por un joven matrimonio chino, empecé a conocer cosas, asuntos de la vida de Alexander. Pero, sobre todo, se centró en un aspecto muy hogareño.

Resulta que en su bloque —una urbanización enorme en La Navata— no le solucionaban un problema que tenía.

—¿Qué es? —le pregunté.

—Pues una cosa muy simple, señor Eugenio. En invierno, sobre todo los fines de semana, huele mi casa a leña quemada, que al principio es un olor que me recuerda a las dachas —casas— de mis padres. Pero al poco rato se hace irrespirable. Tengo que abrir las ventanas para poder respirar a gusto. Y así llevo dos o tres años.

—¿Y los vecinos qué hacen? ¿No hay junta de vecinos…?

—Los cojones —me soltó—. Eso es un “patio de corralas”, como soléis decir aquí. Marujeo y marujeo, ellas y ellos. La verdad es que solo acuden a la junta de vecinos los nuevos y los o las que “controlan el cotarro”.

A Alexander se le veía molesto, cabreado, harto. Era un hombre curtido, frío, calculador. De eso me di cuenta cuando me dijo:

—Me los voy a llevar por delante…

Me miró con unos ojos que daban miedo.

—Tómate otro brebaje de esos —le dije.

—No es un brebaje, señor Eugenio. Es vodka con naranja. Vodka ruso, naranja española.

De regreso me invitó a su casa. Parecía un museo moscovita de antes de la Revolución de Octubre: arpa de boca folclórica, arpa de mandíbula, principiantes, balalaikas, muebles, cerámica, plata, oro, mucho lujo y cultura. Pero a mí, la verdad, es que me parecía una horterada. Pero bueno…

Alexander puso en funcionamiento un samovar, especie de cafetera rusa, para deleitar nuestro paladar, mientras varias carpetas de escritos, documentos y denuncias se acumulaban sobre el problema que tenía: el olor a leña quemada.

—Mire, señor Eugenio —la erre de señor retumbaba—, tengo dos escritos dirigidos al Ayuntamiento y no me contestan desde hace tres años. Un día me acerqué al Ayuntamiento y la respuesta fue: “Estamos con ello”.

Alexander se sirvió otro vodka —con este iban tres o cuatro, no sé— y a mí me puso una tisana.

En su despacho tenía algunos cuadros de corcho donde se apilaban armas de la Segunda Guerra Mundial: pistolas, sables y cuchillos. Él los miraba con deleite.

De repente soltó:

—Pero no, nada de lo que hay aquí lo voy a emplear con ellos…

Y me miró con la cara de un vengador, el hombre que ha cumplido su promesa de cargarse a alguien por algún mal que le han hecho.

Me fui a mi casa con más intranquilidad de la que podía imaginar.

—Dios, ¿qué va a hacer este tío? —me dije.

Pasaban los días y no sabía nada de Alexander Krovavyj.

Pero, de improviso —habían pasado unos dos meses—, recibo una llamada telefónica de Sofía Smirnov, una amante de Alexander.

—Señor Eugenio —la erre vuelve a resonar con fuerza—, Alexander regresó de España de forma urgente, pero tras un tiempo aquí, ahora, de repente, se ha marchado. Su avión acaba de salir del Aeropuerto Internacional de Moscú-Sheremétievo. Creo que mañana estará allí. No creo que vaya a su piso de La Navata. Él le contará los motivos de su salida y regreso. Yo le pido que usted le ayude.

Me quedé sumamente preocupado.

—Camarada, mejor señor Eugenio —las erres eran más duras aún que antes—, he cogido un apartamento en San Lorenzo de El Escorial. Cuando pueda, llámeme al móvil que sale en pantalla. Ahora tengo otro teléfono. Es urgente.

La cita era en El Sol sale para todos, un café-restaurante de lujo. Allí estaba Alexander. Me dio un abrazo que casi me parte en dos.

Y empezó a contarme:

—Amigo Eugenio —ya no estaba la erre, mejor—, tuve que salir de España de forma urgente. Los chicos del SVR —inteligencia exterior— y el GRU —inteligencia militar— me ayudaron a salir de Madrid. Una odisea.

Me persiguieron desde La Navata hasta Barajas. Pero nuestros muchachos son muy “profesionales” y lograron que Turkish Airlines me embarcara con destino a Rusia.

Le cuento —me dijo, frío y calculador—: invité a tomar café a cuatro de las personas que me “estaban jodiendo la marrana”, como dicen ustedes. Un hombre y tres mujeres.

Encendí la chimenea, recuerde que era febrero, y les puse galletitas Digestive, que sé que les gustan.

Eugenio Pordomingo

—¿Y…?

Esperé una respuesta que tardó en llegar.

—Pues que el monóxido de carbono se iba acumulando. Para que el olor a leña quemada pasara desapercibido puse un ambientador. Y, entre sorbo y sorbo, acompañado de una plática sosa sobre las mentiras de Pedro Sánchez, el marcador de monóxido subía y subía.

El camarada-director de servicios especiales me aprovisionó del aparato medidor y de los ambientadores. Es que en el servicio somos unas máquinas: funcionamos a la perfección.

—Con el pretexto de echar una meadita y preparar más café, abandoné la habitación y cerré la puerta. Lo tenía todo preparado. Ventanas cerradas herméticamente, cristales antibalas para evitar una posible llamada de auxilio…

A la media hora entré. Estaban todos con una cara de felicidad que era un placer verlos.

Era la llamada “muerte dulce” a causa del monóxido de carbono.

¡Estaban todos fritos, cual pajaritos!

De repente, Alexander se levantó y empezó a saltar de alegría.

—¡Lo conseguí, lo conseguí! —no paraba de saltar.

—¡Alexander!, ¡Alexander! —le dije—, tenga cuidado, que estamos en un salón público y, a pesar de que hay poca gente, le pueden escuchar.

Se sentó, me agarró con sus manazas las manos y, mientras apretaba, decía:

—Ahora a por los del Ayuntamiento. “¡En eso estamos!”, me dijeron. ¡Vosotros sí que vais a estar…!

A la vez, se tocaba la sobaquera, donde se podía apreciar un bulto.

Salí a toda prisa. Vomité y vomité en el váter.

Cogí un taxi y me fui a mi casa.

Le dejé en el bar, pegando saltos.

Dos días después, la noticia ocupaba las primeras páginas de la prensa nacional:

¡Múltiple asesinato en La Navata, Galapagar!


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