
Sin Acritud…
Ángel Luis Martín (10/9/2026)
El arte nació con el ser humano. Antes de que hubiera museos, academias o mercados de arte, ya había alguien dibujando sobre una pared, tallando una piedra o transformando un objeto para darle un significado distinto. No era solamente una cuestión de belleza. Había detrás una necesidad más profunda: representar, comprender y transformar la realidad.
Esa necesidad sigue estando presente en el artista contemporáneo. Solo han cambiado las preguntas y los materiales. La realidad social, la política, la filosofía, la ciencia, la tecnología o incluso los objetos más vulgares de nuestra vida cotidiana pueden convertirse en materia de creación. El artista mira lo que los demás miramos y descubre algo diferente.
En buena medida, ahí comienza el trabajo de Elisa Pardo Puch.
Su obra se construye a partir de elementos que pertenecen a nuestra experiencia cotidiana: tejidos, hilos, costuras, dibujo, patchwork, formas geométricas, objetos y materiales humildes. Pero precisamente esa elección resulta significativa. En una época dominada por la producción industrial, por la velocidad y por la reproducción casi infinita de las cosas, Elisa Pardo Puch recupera el valor de hacer.
Hacer con las manos.
Cortar. Unir. Coser. Repetir. Construir.
Son acciones sencillas, pero cargadas de significado. Cada una exige tiempo, atención y contacto directo con la materia. Frente al objeto fabricado en serie, aparece la pieza singular. Frente a la uniformidad industrial, la pequeña diferencia. Frente a la velocidad, la espera.
Por eso en su obra lo artesanal no parece una mirada nostálgica hacia el pasado. Es algo mucho más contemporáneo: una forma de preguntarse qué hemos perdido en una sociedad en la que prácticamente todo puede producirse, copiarse y consumirse a una velocidad vertiginosa.
Elisa Pardo Puch dirige además su atención hacia lo que normalmente no ocupa el centro del escenario. Lo precario, lo imperfecto, lo irregular, lo cotidiano e incluso aquello que convencionalmente calificamos como feo encuentran un lugar en su trabajo. No pretende necesariamente convertirlos en algo hermoso. Hace algo más interesante: nos obliga a reconsiderar por qué los habíamos considerado carentes de valor.
Ahí aparece una dimensión casi política de su obra, aunque no necesite expresarse mediante consignas. Cambiar el valor que atribuimos a las cosas también es una forma de cuestionar el orden establecido.
Un tejido puede dejar de ser simplemente un tejido. Una costura puede convertirse en una línea. Una acumulación puede transformarse en estructura. Una repetición puede hablarnos de la producción en serie, de los hábitos sociales o de la propia necesidad humana de ordenar aquello que nos rodea.
Y en esa tensión entre orden e imperfección se encuentra buena parte de la personalidad de su trabajo.
La geometría intenta imponer una estructura; la mano introduce el accidente. La repetición busca la igualdad; el trabajo manual produce diferencias. El objeto parece querer convertirse en algo perfecto, pero la materia se resiste.
Quizá esa resistencia sea precisamente una de las cosas que más nos interesan hoy.
Vivimos en un mundo que pretende eliminar la imperfección: imágenes retocadas, productos idénticos, algoritmos que predicen nuestros gustos, máquinas capaces de reproducir formas con una precisión absoluta. Frente a todo ello, la huella de la mano adquiere un nuevo valor.
No porque lo manual sea necesariamente mejor que lo industrial, sino porque nos recuerda algo elemental: detrás de las cosas existe un proceso, un tiempo y una persona.
La formación de Elisa Pardo Puch en Bellas Artes, su posterior especialización en ámbitos relacionados con el arte contemporáneo y el diseño, sus experiencias internacionales y su presencia en diferentes espacios expositivos y residencias artísticas forman parte de una trayectoria que ha ido construyendo un lenguaje propio.
Pero quizá su obra pueda entenderse mejor desde una pregunta sencilla: ¿qué sucede cuando volvemos a mirar aquello que creíamos conocer?
La respuesta está en sus materiales y en sus formas. Lo cotidiano deja de ser cotidiano. Lo humilde deja de ser insignificante. Lo imperfecto deja de ser un defecto.
Y entonces comprendemos que el arte no siempre necesita inventar un mundo nuevo.
A veces basta con mirar el mundo que tenemos delante hasta descubrir que nunca lo habíamos visto realmente.
«Suculenta Araña» es el título de la exposición, puede disfrutarse en Ronda de Toledo 16, Madrid.
De 16 a 21 h.
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