
Oviedo (España)
Espacios Europeos (16/9/2026)
Hay gente que ve una bandera arcoíris y ve un peligro. No un peligro físico, naturalmente: una bandera no pega, no muerde y, salvo que uno padezca una imaginación particularmente desordenada, tampoco contagia nada. Pero hay quienes, al parecer, necesitan arrancarla, insultar a quienes la llevan y terminar repartiendo golpes.
Eso es lo que ocurrió en Oviedo: Un grupo de jóvenes de extrema derecha agredió a varios jóvenes por portar una bandera arcoíris. Hasta aquí, el asunto podría parecer otro episodio de violencia política, sumidos como estamos en una peligrosa vorágine de polarización. Pero hay algo revelador: una bandera no es amenazante ni violenta en sí misma, un trapo de tela es eso, un trapo de tela; los chavales que la portaban tampoco mostraron violencia alguna porque resistirse a que les quitaran la bandera no es violencia. Lo que significa esa bandera sí, en cambio, provocó una reacción de salvaje violencia física.
Después llegó la segunda parte de la historia: la explicación política. El alcalde de Oviedo, Alfredo Canteli, se refirió a los agresores como «chavales» y afirmó que no creía que fueran «mala gente». También habló de escuchar «las dos versiones».
Como si hubiera que escuchar la versión del puño y la versión de la cara que recibió el puñetazo. Como si la bandera arcoíris hubiera provocado una reyerta entre dos ejércitos igualmente armados.
Hay momentos en los que la equidistancia deja de ser prudencia y empieza a parecer una forma de mirar hacia otro lado y se convierte en complicidad. Si el dislate se emite por una autoridad, el asunto se torna muy grave.
El extraño miedo a la homosexualidad
Resulta inevitable recordar a Gregorio Marañón y sus reflexiones sobre Don Juan, la masculinidad y la sexualidad.
Marañón estudió la psicología sexual y planteó cuestiones muy interesantes. Entre ellas aparece una idea especialmente sugerente: la posibilidad de que determinadas formas de rechazo obsesivo e incluso violento de la homosexualidad, tengan relación con conflictos internos, inseguridades sexuales o una homosexualidad reprimida.
No significa que todo homófobo sea homosexual reprimido, la realidad humana es bastante más compleja y es fundamental el tipo de educación recibido, la ideología, la presión social de grupo, etc. Pero el argumento del doctor Marañón tiene una solidez evidente.
¿Por qué alguien necesita odiar con tanta furia aquello que supuestamente no le afecta?
La persona heterosexual segura de su sexualidad no necesita demostrarla golpeando homosexuales. No necesita arrancar banderas. No necesita gritar consignas contra ellos. No necesita convertir la sexualidad ajena en una cuestión de honor masculino.
Quizá el problema no esté en aquello que se odia, sino en aquello que uno teme encontrar dentro de sí mismo.
Pablo Picasso fue un hombre heterosexual, con una vida sentimental y sexual intensísima y conocida. Y, sin embargo, no necesitó construir su heterosexualidad sobre el desprecio al homosexual.
Es más: su universo artístico estuvo lleno de ambigüedades, erotismos y representaciones que desbordaban las convenciones sexuales de su tiempo. Es decir, un heterosexual no necesita ser homófobo para sentirse heterosexual.
Parece una obviedad. Pero convendría recordarla en una época en la que algunos confunden masculinidad con testosterona política y heterosexualidad con licencia para agredir.
La bandera y el espejo
Quizá por eso el episodio de Oviedo tenga un valor simbólico mayor que el de una simple pelea callejera.
Una bandera arcoíris no obliga a nadie a ser homosexual. No obliga a nadie a cambiar sus costumbres. No obliga a nadie a compartir una determinada ideología o inclinación sexual. Solo proclama que quienes sí lo son tienen derecho a existir públicamente sin ser apaleados. Y si esa simple afirmación provoca tanta furia, quizá el problema no esté en la bandera. Quizá esté en el espejo.
Porque hay odios que nacen del miedo. Y hay masculinidades tan inseguras que necesitan golpear a otros para quizás huir de su propia sexualidad amenazante, de su propia vida frustrada, de su necesidad de pertenencia a algo aunque ese algo sea barbarie y patología mental.
«Son chavales. No creo que sean mala gente», manifestó el alcalde de Oviedo, en referencia a los agresores. Y con estas palabras, la violencia se instala en una esfera de poder. El mal se coloca el ropaje institucional.
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